miércoles, 18 de diciembre de 2013

Buscando raíces y maltrecho


Por Carlos Amador Marchant


Busco raíces y cuando logro tal cometido retorno herido, maltrecho, acalorado. ¿Será que esto está relacionado con trastornos de un pasado o trastornos de un futuro? Es probable.
Concretamente, y como muchos lo han reafirmado, busco soledad de orillas de playas para abrir ojos a una realidad existente o no.
Ayer, como si fuera hoy, encontré textos lejanos y me transporté a laberintos desconocidos, al niño que ya no está o que sigue existiendo.
Estos libros remotos, muchos extraviados en largos viajes por el territorio nacional, simplemente descansan en un rincón polvoriento de la mente.
En la Escuela Santa María, en el lejano e histórico recinto de Iquique, cae a mis manos un texto con facha de libro, como para decir que por vez primera, distingo lo que es apretujar en los brazos algo con ese nombre.
Fue en 1964, por razones de un premio de aplicación, en la antigua educación primaria. Concuerdo que a los nueve años de estar pisando los contornos de este planeta, cualquier individuo no se da cuenta lo que tiene en sus manos. A mí me ocurrió lo contrario. Supe que era un libro, que me lo habían obsequiado los profesores y los apoderados y que, al mismo tiempo, había que cuidarlo.
De ahí a saber si el texto era bueno o malo, ese es otro cuento.
Hacía una década que el escritor británico había partido para siempre de la Tierra. Yo, en cambio, ignorante de todo acontecer literario mundial, lo sentía vivo y repetía su nombre. James Hilton había fallecido en 1954 tras nacer a comienzos del siglo 20. Hilton fue un escritor exitoso y vio reconocida su obra a muy temprana edad. Si bien es cierto su nombre está relacionado fundamentalmente con su trabajo de ficción “Horizontes perdidos”, a los veinte años edita la novela “ Catherine Herself" y la mayoría de sus libros fueron considerados best sellers dando, además, temas para exitosas películas. No está demás decir que Hilton vivió y trabajó en Hollywood y hasta ganó un Oscar en 1942 por el guión de la película "Señora Miniver".
Sin embargo, no fueron estos libros los que palpé en mis años primarios, sino más bien aquella obra que al paso del tiempo ha sido leída y vista en el cine y en la televisión por diferentes generaciones: “Goodbye, Mr. Chips" editada en 1934. Aquella vida del profesor rural y la sencillez de explorarla, fueron las exposiciones que marcaron los caminos de súplica y redención.¿Quien no aspira a vivir una vida de tranquilidad y espera la muerte con una cultura distinta, sin miedo a lo desconocido?.
Si bien “Adiós Mister Chips” fue un libro que guardé en los cajones de los primeros muebles de mi casa paterna, también se fue perdiendo en el tiempo hasta extraviarse en los viajes por el territorio.
Ignoro por qué fue ese título el que optaron los profesores y apoderados transformar en regalo. No sé si fue porque en ese tiempo veían en mí a un futuro maestro de escuela o a un poeta que entregaría ojos y luz a distintos caminos. Nunca logré descifrar esa incógnita.
Pero había comenzado esta crónica exponiendo la búsqueda de raíces. Había dicho que siempre cuando logro este cometido salgo maltrecho, acalorado. Quise exponer y traer a Hilton como uno de mis comienzos en lectura: ¿recordar para salir maltrecho?. No fue esa la idea. Más tarde, por cierto, vinieron otros muchos autores: Balzac, Baudelaire, Voltaire, France, Dostoievski, Chejov, etc, etc.
Pero esas raíces que a uno incomodan, esas verdaderas ofensas al espíritu, están relacionadas con lo que se ejecuta en la vida y luego no puede borrarse.
Que no te encuentres con nada antiguo ha de ser la consigna, que no quede ningún papel sobre el escritorio o guardado en cajas de más de treinta años, que las hormigas y termitas carcoman los recuerdos.
Porque quiera o no, celebro que miles de papeles o textos antiguos se hayan extraviado por los caminos. De lo contrario, como en más de una ocasión le ocurrió, una especie de escalofrío inundará el cuerpo y un vago y maltrecho calor golpeará el rostro del presente.
La Escuela Santa María ha de ser el lugar que alberga miles de recuerdos. La escuela donde penaban por las noches, el sitio de aquellos niños que hoy caminan por el mundo con más de cincuenta años a cuestas.
En una de esas salas quedó Hilton apretujado con mi primer libro.
Y ahora que han pasado las avenidas por las piernas, sólo queda mirar hacia delante como si la vida comenzara ahora y siguiera siempre su rumbo.

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