viernes, 20 de diciembre de 2013

El Hotel Colón después de 120 años.


Escribe Carlos Amador Marchant

Se me ocurrió pasar por el Hotel Colón exclusivamente porque me dije que allí había no sólo una parte de las almas de este mundo (porque las hay en cualquier edificio antiguo de Valparaíso), sino más bien debido a que alguien, en una esquina, me había hablado a hurtadillas de esas cosas que hacen los del teatro, que sus voces quedan, por lo profundo, en los rincones, por lo locuaz de sus voces, por lo neurótico de sus vidas. Aunque, los preclaros literatos dejan algo más en el mundo, porque son ellos los que componen muchas obras representadas, posteriormente, por los actores.
Con todo, debo decir la verdad, me acerqué a aquel sitio atraído por la belleza que dicen los estudiosos, de la Sarah (con H) Bernhardt.
Dicen que era bella y que su olor a mujer traspasaba los portales de las mentes. Sólo eso?. Por este motivo fui a caminar al interior lúgubre del actual Hotel Colón?. Hotel otrora, uno de los más céntricos de finales del siglo 19 y ahora transformado en un sitio de fotocopias y oficinas diversas y en donde ni las moscas dan el saludo mañanero.
Es cierto. Fui sólo por la Bernhardt. Para ver si esas escaleras de mármol ya pisoteadas y repicoteadas me traían las imágenes de esa mujer que ahora ya debe estar transformada en polvo, en tierra de la tierra, en la mentira de esta vida que se transforma de la noche a la mañana, en cruel, cruel, sueño, sueño, de Calderón de la Barca.
No pude sentarme a observar sus rincones en el suelo como gusto hacerlo. Me mantuve parado dentro del otrora hotel. Viejo, olor a madera antigua. Miré sus cuartos, los números de los cuartos, la fachada de los cuartos, el color de sus puertas.
Dije y me dije y pronuncié palabras para adentros. ¿Aquí estuvo Sarah ?. Antes, casi al llegar a la radio de la Universidad de Valparaíso, observé el color verde de sus muros. Los encontré modestos para poder decir que era el mejor hotel de la bella época. Incluso, por los contornos del pasaje Almirante Martínez, sus ventanales me parecieron muy bajos para dar seguridad a tan ilustres visitas. ¿Cosas de épocas?. Ummm…¿será que los delincuentes, los malévolos, no estaban cerca de las grandes atracciones mundiales como ahora?. Es un decir.
Con todo, la Sarah Bernhardt estuvo ahí, en ese hotel, a su llegada al puerto por el año 1886. Vino a Chile a los 42 años, con su atractivo de siempre, aunque muchos pensaban que ya estaba en su ocaso. La diva tenía unos ojos azules maravillosos y una personalidad a prueba de balas. Audaz. Entró por el Estrecho de Magallanes en medio de la furia del mar y se mantuvo en nuestro país realizando veinticinco presentaciones. Valparaíso pudo verla en alrededor de siete. Otras tantas las ejecutó en Santiago, Talca y en Iquique.
Su popularidad era tal que a su llegada al puerto la recibieron más de mil personas. Todos querían verla, palparla, escuchar su voz.
Al Hotel Colón la llevaron en coche y luego le ofrecieron un cóctel a todo dar. Recorrió las más importantes calles de Valparaíso, las caletas de pescadores. Pero las paredes del Hotel Colón, de propiedad de un tío, sintieron su voz, palparon su olor, acogieron su risa.
La Bernhardt se presentó en el Teatro de la Victoria, que venía siendo uno de los más elegantes del continente, con un gran escenario, bares y un cuanto hay para el confort de sus visitantes. No podía ser de otra forma. La famosa actriz llegaba a darle más prestigio a ese recinto un mes después de su inauguración. Ahí presentó “La dama de las camelias” de Alejandro Dumas y “Fedora” de Sardou.
Quienes la vieron actuar se dieron cuenta que su fama no era regalada, sino que se trataba de una artista que transmitía sensibilidad, que se posesionaba del personaje, que tenía una gran elasticidad de movimientos.
Si bien es cierto la fama y el dinero sobraban, Sarah no tuvo un buen pasar por este mundo. Tampoco el Teatro de la Victoria que se desplomó en el terremoto de 1906 sobreviviendo sólo algunas estatuas. Nueve años después, la Bernhardt lisiada, sufre la amputación de una pierna. Tenía 74 años de edad.
El Teatro de la Victoria estaba ubicado en la Plaza Simón Bolívar, frente a la actual Biblioteca Severín, dedicada en la actualidad al esparcimiento de los niños.
La diva falleció en 1923 e incluso alcanzó a incursionar en el cine mudo apareciendo en una decena de películas.
Una parte de la historia y la presencia de Sarah Bernhardt, quien tuvo a famosos artistas dentro de su vida sentimental, entre ellos Víctor Hugo, quedó en Valparaíso.
Y este Hotel Colón, con su fachada verde, incólume frente a los terremotos del puerto, es uno de los escenarios que vio transitar a la actriz por sus escaleras y pasillos.
Cuando salí de aquel recinto, tras oler y observar cada uno de sus rincones, saludé a un amigo. Me preguntó qué andaba haciendo por esos lados. Por supuesto no dije nada y me uní al estruendoso bullicio de la calle. No había caminado más de una cuadra y giré para observar de lejos, nuevamente, el antiguo edificio. Me pareció verla. ¿Estaría ella en uno de sus ventanales?.

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