sábado, 21 de diciembre de 2013

Joroba por exageradas luces en nuestro suelo patrio



Escribe Carlos Amador Marchant

…..“ mercado desregulado (o sea, sin control suficiente), imperante en la práctica en todo el globo, pero en Chile “con un 20% de exageración”, por lo menos, si parafraseamos a Joaquín Edward Bello”. (Armando Uribe Arce, fragmento de presentación libro “Letras Anarquistas”-2005))

Estoy seguro que en la testera de mi país hay quienes buscan pintar con colores atractivos los rincones. Lo dicen los lectores, muchos de ellos ya cansados de ver y escuchar actividades circenses en el entorno.
No hablaré en esta ocasión de minas, de cerros, de mineros, que hoy por hoy ya casi al finalizar el 2010, han sofocado hasta llegar a la paranoia.
Creo, y es lo que el común de la gente piensa (sólo que este ciudadano común nunca es escuchado), que hay que centrar la mirada (por no decir “poner el ojo”) en el cinismo constante que se arremete por las calles de nuestro territorio. No es sólo el tema (importante tema) de los mapuches y su larga historia tergiversada, sino el pecaminoso asunto de los despidos laborales. Se habla por un lado de la disminución de la cesantía, y por el otro, en el más audaz silencio de la noche, en los viernes sorpresivos, se despiden trabajadores que quedan en la más completa indefensión. Tampoco se puede dejar atrás la cantidad de demandas internacionales contra el Estado chileno en temas de Derechos Humanos.
Chile es un país de grandes recursos, con mucho dinero, y sin embargo la pobreza, la discriminación aciaga siguen avanzando como el aceite.
Andrés Sabella, ”el duende”, se atrevió en tiempos complicados para la sapiencia, gritar en sus conferencias con sílabas flamígeras: “La historia miente, hermanos, y seguirá mintiendo”.
Las actividades circenses a la que hice alusión al comienzo de esta crónica, está, por cierto, encargada de poner un manto a los verdaderos problemas de un país que ha sufrido desde su nacimiento. Por ende, la imagen misma, se trastoca.
En la esquina de mi casa de infancia, y permítanme un ejemplo de épocas, siempre he de recordar a un zapatero regordete a quien apodaron “bailarín zambo”, precisamente por su tez afro y esa extraña conformación de las piernas. El remendón, que aparte de reír constantemente tenía el don o el defecto de hablar mucho, se sentaba junto a nosotros (teníamos trece años) y nos decía que “el primer poeta chileno, el primero que nació en tierras nuestras, había escrito versos en el siglo XVI alejados de una realidad. “El bailarín zambo”, sin duda, poseedor de una educación desconocida, era un buen lector de libros de viejos. Se refería, por cierto, al prominente y preclaro Pedro de Oña, autor del “Arauco Domado” como un encargo de García Hurtado de Mendoza, quien no quedó contento con la anterior publicación de Alonso de Ercilla.”La Araucana”. La idea fue dejar a Hurtado de Mendoza como domador, conquistador y pacificador de Chile. La palabra “domado” ya es peyorativa. Además “el medio está infielmente pintado; de Oña no vio la naturaleza chilena, y su flora y fauna son anacrónicas y a veces ni referidas a hoy serían correctas” (Alfonso M. Escudero).
Estamos hablando de trastocar realidades y al mismo tiempo hablamos de circos, que se hacinan, en la actualidad, en los micrófonos y en las pantallas que entran a los hogares.
Por otro lado, y continuando con este mismo tema, me preocupan los que profesan sentirse “salvadores de Chile”, aquellos que quieren estar en todas, que utilizan los medios propagandísticos y al final no hay ningún aval que señale si llegará a puerto seguro en cuanto a una ayuda real para la sociedad nuestra.
Están los que padecen el panorama del terremoto de comienzos de año y que han visto con extrema lentitud un apoyo certero a sus pérdidas. En cambio, para las autoridades hubo otras situaciones más interesantes en donde ganar la gloria. A los de allá, ya les tocará su turno.
Me preocupan los cambios bruscos, casi traumáticos, donde se guía a la gente por el camino de los símbolos, los logotipos. Sabido es que en todas las reparticiones públicas se estableció estampar el Escudo Nacional como el distintivo oficial. No hablo de algo absurdo, hablo de brusquedad, y ésta última acompañada de una serie de interrogantes que tienen que ver con nuestra idiosincrasia. ¿Se avanza en el camino de reencontrarnos y saber quiénes somos, de dónde provenimos?. Porque han sido cientos los debates en torno a los símbolos que nos representan, incorporándose voces relevantes de nuestra intelectualidad, donde, y hay que decirlo, no se ha claudicado en torno a manifestar que los animales expuestos en el escudo no representan al pueblo chileno. Con esto no hablo de fobia contra la fauna territorial, muy por el contrario, se trata más bien de avanzar para poner en forma definitiva cartas sobre la mesa que alumbren y estipulen el tema verdadero de nuestras raíces como pueblo.
Chile es un país de larga historia, pero donde los capitales han estado siempre obstaculizando avances, obstaculizando ideas. Chile es la casa con dueños solapados que han peleado constantemente, que se han hecho zancadillas para establecer decisiones interdictas, mientras los moradores, los que levantaron los cimientos, son mantenidos replegados. Antes y después de la Guerra del Pacífico, pasando por la Guerra Civil del 91, este país junto a los mismos personajes citados anteriormente, han sido capaces de anular, acorralar y hacer llegar al suicidio a varios mandatarios.
Unido a la excesiva mentira, unido a las viejas tácticas propagandísticas: ¿seremos capaces de llegar a ser una nación verdaderamente desarrollada?.
Me preocupa el tema del populismo ansioso, de meter a la misma olla las expresiones “chilenidad” con “nacionalismo”. El hacer una ensalada con el amor a la patria y el patriotismo, mientras se pisotean desde doscientos años las raíces, el árbol genealógico, los derechos del ser humano.
Traen las tres campanas de la Iglesia de la Compañía de Jesús para ser expuestas después del macabro incendio de 1863 donde murieron calcinados más de dos mil feligreses, mientras por más de un siglo se silenciaron los verdaderos motivos del desastre. Ni hablar de lo que querían hacer con las cápsulas de los mineros rescatados.
Sin embargo, igual que el cuento de final feliz, siempre será posible tener esperanzas para cambiar el rumbo de este suelo. Nuestro Premio Nacional de Literatura, Manuel Rojas, dijo al respecto “Todo ser humano, por miserable que sea su condición, tiene una esperanza, pequeña o grande, noble o innoble, inalcanzable o próxima, pero esperanza al fin. Una parte de su ser vive en y de esa esperanza, se alimenta de ella y en ella” (Revista Babel,1948).

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