viernes, 20 de diciembre de 2013

Cuando pienso en la cabeza de Couve.


Escribe Carlos Amador Marchant

No es difícil imaginar a Couve caminar por orillas y avenidas de Cartagena. Está ahí, en todos los recovecos del balneario, el desolador balneario de invierno y la locura de esos veranos.
He visitado Cartagena varias veces y en los últimos años junto a artistas de la Universidad de Playa Ancha. La primera vez que llegué a ese lugar quise conocer, como muchos, el sitio donde descansa Huidobro. Nunca pude. La hora de llegada y la desinformación no permitieron el cometido. Pero el caso de Couve es distinto. Al escritor y pintor al mismo tiempo lo siento en los rincones y la humedad de ese sitio. Parece que se adueñara de los momentos donde el aire y el frío de la costa impregnan las casas. La imagen del escritor pareciera quemar por su tristeza indescriptible, su lejanía de nada o casi todo. Pero él no está solo. Lo acompañan los que logran compenetrarse en sus obras, los que han entendido que sus escritos comienzan a trasladarse hacia una plenitud desbordante.
Es posible que en su obra póstuma el artista haya tratado de descifrar una serie de incógnitas que arrastró por su vida. Si bien el título es decidor: “Cuando pienso en mi falta de cabeza”, a la vez construye laberintos donde su cráneo o su cerebro dibujan imágenes que muchos no logramos entender en un ser común y silvestre.
Lo cierto es que Couve no fue un hombre común y silvestre. Quienes lo conocieron afirman o lo dibujan como un hombre alejado del mundanal, capaz de encontrar silencios en este mundo donde escasea. Sus alumnos lo recuerdan saliendo de sus clases en la universidad, alejarse sin mirar a nadie, sin permitir que alguien le insinuara alguna consulta.
La vida de este artista estuvo rodeada de búsquedas, de ésas que queman y que terminan por incendiarlo. Más de alguna de sus obras lo tuvieron al borde del desquicio. Pero aquí, en su póstuma, viene todo el potencial que llevaba amarrado en su cerebro, los demonios, sus visiones en torno al mundo, sus ansias de pertenecer y proponer una literatura muy propia.
“Cuando pienso en mi falta de cabeza” trae de nuevo los personajes de su “Comedia del Arte”, por algo lleva el subtítulo de “Segunda Comedia”. Camondo, el pintor que buscó la perfección y encontró que la vejez se le aferraba a la carne. Marieta, la fiel modelo que envejece y va viendo que su figura forma parte de una tierra difusa. El mismo Sandro, su discípulo, o la hija de un famoso pintor de apellido Moya.
La falta de cabeza está complementada por varios capítulos o mini capítulos, casi comunes en Couve, quien hacía su trabajo buscando la mayor reducción de sus palabras. Aquí Adolfo Couve no sólo busca su cabeza de cera, sino que se transforma en un hombre desesperado que se pregunta dónde puede estar ella, en qué otro cuerpo, en qué época. Es pues, al decir de sus biógrafos, la obra más complicada del autor, y la que más dice de su vida y sus búsquedas. Es pues, además, el libro que escribió y que nunca vio publicado.
Adolfo Couve nació en Valparaíso en 1940 y se quita la vida frente al balneario de Cartagena cuando tenía cincuenta y ocho años.
Escribió más de diez libros en treinta años y todo lo que hizo fue interpretarse en esta vida, verse a sí mismo, encontrarse con murallas y buscar la forma de caminar. “En él nada sobra”, expresan quienes siguen sus textos.
Precisamente, “Cuando pienso en mi falta de cabeza”, dice su despedida, dice que todo lo que caminó estaba trazado por una mano que fue la de él, como una muerte conjurada, como un pan que lleva en su diestra.
Pero no sólo sus seguidores actuales manifiestan que es “uno de los escritores más extraños y originales de nuestra literatura”. También lo dice el mar de Cartagena, su sombra, los espacios de ese balneario.

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