lunes, 30 de diciembre de 2013

¿Qué ocurre con los poetas chilenos de la Generación del 20?




Escribe Carlos Amador Marchant

En más de una ocasión Jorge Teillier manifestó que al paso del tiempo han sido muchos los poetas significativos que quedan silenciados mientras otros así no catalogados van ocupando sistemáticamente esos espacios.
El rescate de éstos, sin embargo, llega en su momento, o mejor dicho, la mano de la verdad siempre asoma en la vida de los humanos.
De la Generación del 20 fueron varios los poetas y prosistas chilenos que quedaron aislados en el tiempo y sus nombres, más ahora que la tecnología ha permitido el afloramiento de cientos y cientos de artistas de la palabra, a veces parecen estar recluidos en celdas impenetrables por donde el interés de los lectores escasamente llega.
Es posible que también haya influido en esto la vida agitada de los comienzos del siglo 20, la mundana, el desorden existencial entre ellos y la unificación al sufrimiento y la soledad. Por otro lado, si bien es cierto ya había fallecido prematuramente otro de los inmortales como Carlos Pezoa Véliz (1879-1908), y el apego y desapego a las normas estilísticas muchas veces juegan mala pasada. Lo concreto es que este grupo hasta nuestros días es más conocido como “El grupo de Neruda” o bien como lo denominara el poeta Pablo de Rokha: “La banda negra”, haciendo alusión punzante a este parnaso que se reunía en cafetines y bares.
“Poesía hecha de sentimientos, no de razonamientos”, expresa en una crónica Teillier. Estos fueron los poetas que se formaron en las primeras Fiestas de la Primavera, siempre unidos a la Universidad de Chile y su Federación de Estudiantes y al mismo tiempo en aquellas revistas de época como Juventud y Claridad.
De acuerdo a estadísticas casi la mayoría de ellos tuvo corta vida y sus obras no lograron consolidarse, pero unido a esto la desilusión circundante y la vida trágica gatillaron fuerte.
Se trató de una generación complicada. Baste para esto citar a dos poetas: Alberto Valdivia (El Cadáver Valdivia) y Joaquín Cifuentes Sepúlveda (El Ratón Agudo).
Pero hubo más en esta lista: Alberto Rojas Jiménez, Romeo Murga, Víctor Barberis, Rubén Azocar, Raimundo Echevarría Larrazábal, Juan Egaña, Armando Ulloa, Oscar Sepúlveda, Alejandro Galaz, entre varios otros; lista interesante para comenzar a estudiar y reactualizarla.
Tenemos ante nosotros a un grupo de hombres, de creadores que entraron en el olvido, salvo algunos estudios tímidos que empiezan a aparecer en improvisadas publicaciones o en diarios de varios años atrás. Pero todo queda ahí, en el intento, y todavía no se comienza a ejecutar un trabajo serio sobre estos poetas.
Joaquín Cifuentes Sepúlveda estuvo en esta tierra sólo 29 años y lo vivió todo, hasta la cárcel, que al decir de muchos de sus pares correspondió a un encarcelamiento injusto. Poeta nacido en la región del Maule fue tal vez uno de los más cercanos a Pablo Neruda, incluso al libro “Crepusculario” del Nobel de Literatura, se le dictaminan muchos acercamientos al estilo de “El Ratón Agudo”.
Vida allegada al sufrimiento y al desamparo, Cifuentes Sepúlveda terminó sus días en Argentina. El recientemente fallecido Premio Nacional de Literatura 2002, Volodia Teitelboim (fallecido el 2008), en su libro “Neruda” editado por Sudamericana en el 2003 (Página 117) retrata a este poeta en una forma más cruel que con deseos de rescatarlo del aislamiento: “Es un maestro de la cantina, un rey de la blasfemia, el que imparte a sus discípulos, como un apóstol del vino, las llamadas enseñanzas de la hombría criolla. El hombre ha nacido para tomar, para fornicar, para desafiar lo establecido. Tenía algo de anarquista primitivo. No dibujaba claramente la frontera que lo separaba del hampa. Era el predicador de una terrible y envolvente hermandad. Manejaba el lenguaje flamígero. Era el bardo del verbo insultante. El sucesor de todos los mal hablados de la historia, un fuera de la ley manejador de cuchillos y de frases como relámpagos, un semianalfabeto que tenía la sabiduría que viene de abajo cuando ésta se traduce en negación individualista, salvaje y sin destino”.
Pero Neruda hace, sin embargo, de su amigo una defensa férrea en los momentos en que está recluido: “Joaquín Cifuentes Sepúlveda….su sólo nombre es un verso”. Más aun, en su obra póstuma rescatada por el verdadero amor de Cifuentes (en Argentina) “El Adolescente Sensual” prologado por Jorge González Bastías, en el poema denominado “Ausencia de Joaquín”, el Nobel de Literatura dice: “Desde ahora, como una partida verificada lejos,/en funerales estaciones de humo o solitarios malecones,/desde ahora lo veo precipitándose en su muerte,/y detrás de él siento cerrarse los días del tiempo.”…
Andrés Sabella, por su parte, dice de Cifuentes Sepúlveda: “Hombre armonioso, tuvo el don de cambiar de lugar a las estrellas y reemplazarlas por rubíes calientes; hombre con vocación de fuego, su poesía creció lo mismo que una garra de azufre contra las cosas. Era, entre nosotros, el esposo de la soledad y nadie podía disputárselo……”
El poeta nació en San Clemente, en Talca en 1900 y a temprana edad emigró a Santiago. Curiosamente desde el año 1920 al 22 publicó cuatro de los cinco libros que se le conocen: “Letanías del dolor”, “Esta es mi sangre”, “Noches” y “La Torre”.
En su corta vida el poeta viajó por distintos lugares de Chile hasta desembocar, luego de salir de prisión, en el vecino país de Argentina, lugar donde conoció a su amada quien le publicó junto a otros amigos el libro póstumo “El Adolescente Sensual”.
Se concuerda en que, al paso de los años, comienzan a redescubrir a este poeta de mirada callada y temeraria. Sus versos, tal vez bañados de un romanticismo lejano, lo retratan en su sensibilidad. Está vivo, y en sus andanzas no sólo nos dejó el legado de las tragedias, depresiones y del amor verdadero, sino también la posesión de ser y caminar como poeta.
80 años después de la muerte de Cifuentes Sepúlveda, que es más de una vida generacional en Chile, y aunque los libros de él no se encuentran en librería alguna, lo único que hemos buscado es estrechar la mano de este creador del Maule, y por qué no decirlo, caminar y auscultar las huellas por donde anduvo entregando su voz, las amargas noches y la esperanza de reencontrarse con la vida, después de la muerte.

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