sábado, 21 de diciembre de 2013

La Ferri en el bolsillo de mi paletó


Escribe Carlos Amador Marchant

Curiosamente esta mujer entró en nosotros, en muchos de nosotros, tras esa década del 70 que siempre está iluminada en la ventana, y no se fue nunca. Nunca.
¿Por qué me encapricho escribiendo sobre una cantante que interpretó unos cuantos temas que se hicieron populares, que enamoró, por cierto, a millones de colegiales y que al mismo tiempo era una rubia hermosa y espectacular?. La respuesta salta de inmediato desde este sagitario que llevo y me lanzo al abordaje.
Gabriela Ferri, debo decirlo con franqueza, encandiló mis pasos en la etapa de los 15 años. No sólo la recuerdo a ella, sino sus melodías frente a las costaneras de diferentes ciudades.
Con esa voz ronquita, con la sensualidad que emanaba desde la televisión en blanco y negro que nos llegaba de Italia y, por supuesto, con esos versos que siguen retumbando los oídos: “Se acaba ya la tarde, la última que queda….y nuestros ojos que están callados, lloran de pena…”.
Recuerdo y concuerdo ser partícipe de esta voz que me perturba, y haber paseado por puentes de legendarias ciudades chilenas acompañado por una tropa de jóvenes, mientras el aire de la costa golpeaba rostros y las salpicaduras del mar humedecían ropajes. Eran momentos en que junto a estas canciones observábamos tímidamente a una chica, la chica de caminar gracioso, la que gesticulaba, la que reía, a la que encontrábamos electrizantemente hermosa.
Y es precisamente por esto, es por esta razón que la voz de Gabriela Ferri me acompañó en noches desesperantes de la pubertad, con esos deseos locos de salir a buscar a la muchacha que había visto tras los puentes, de olerla, de palparla sin importar si eran las tres o cuatro de la mañana, de respirar junto a ella, de hurguetearla, de rasguñar la vida sin saber lo que era, precisamente, la vida, es que a esta Ferri la llevo guardada en el bolsillo de un paletó arrugado que no uso (o tal vez sigo usando) desde esa época.
Los años, en cambio, fueron pasando como pasan los cardúmenes en las noches australes. Junto a éstos zapatearon otras generaciones. Y llegaron, pues, otros ritmos, y llegaron otras ideas, y vinieron y se establecieron movimientos libertarios, cabellos larguísimos, la palabra paz, la palabra flor. Y como si algo o alguien remecieran mi arquitectura, sin darme cuenta un día cualquiera, me fui apartando de Gabriela Ferri.
Los tiempos actuales nos jugaron una mala pasada. El aceleramiento por buscar y encontrar cosas, el constante e inconstante tráfago, nos puso, de la noche a la mañana, una especie de pizarrón blanco.
Sin embargo, y curiosamente, con la Ferri me ocurre algo distinto, algo a lo que podría llamar “extraño”: cada cinco o diez años me la vuelvo a encontrar. Parece que me esperara, con los brazos cruzados como reclamándome.
Aún estando viva, volvía a ella sin saber siquiera si seguía cantando o si se había retirado ya de los grandes escenarios italianos.
Ad porta de los veinte años, comencé a leer con cautela, para ganar tiempo al tiempo, para ordenar ímpetus por la escritura, a los poetas malditos franceses. Más tarde, y en forma desordenada, entran a mi casa Víctor Hugo, Pushkin, Gógol, Byron, Zolá, France, Bretón, Carpentier, Nobokow, hasta reencontrarme con la literatura de la segunda mitad del siglo veinte. Y en cambio, y en cambio, cada cierto tiempo retrotraía acontecimientos y volvía a la etapa de los tres lustros con ése: “Se acaba ya la tarde….la última que queda…”
Por esta razón, pasado el siglo 21, con la tecnología aferrada a nuestras manos, con las comunicaciones instantáneas, con esto de “lanzar un silbido y ser escuchado en un segundo en Francia, en Rusia, en España”, se me ocurre revisar videos de Gabriela Ferri. Es en este momento que me encuentro con el pasado de nuevo. La veo cantar con su belleza de antaño, mostrando esos ojos vivos, llameantes, unidos a la voz sensual que me electrizó en la pubertad.
Revisé todos.
Lo hice sin vacilar ni un segundo, sin temor, sin esconder esa pena eterna del pasado. Veo, ahora, con estupor, el paso de los años en ella.
Ya tenía más de sesenta años y la observo hinchada, con una voz extraviada seguramente desde mucho tiempo atrás. Veo, en este último video, al público italiano, a los generosos italianos aplaudiendo a su diva, aquélla que quiere cantar como en sus buenos tiempos.
Al verla con esa imagen de sus últimos días, sin haber tenido noticias de ella por varias décadas (sin olvidarla) y al mismo tiempo trayendo siempre a mis días la etapa de los quince años, persiguiendo a esas muchachitas hermosas en los puentes costaneros de mi norte, quise comprender por qué un día del 2004 se lanzó al vacío desde su departamento.
Gabriela Ferri tuvo algo que ni ella misma entendió: una voz melancólica, una voz que busca respuestas en la vida y no las encuentra
Enamorado eterno de Gabriela, de esa voz que me perseguirá debajo y encima de los ríos, traigo al presente mi corazón latiendo acelerado cuando escucho Radio Cooperativa del 2004: “La cantante italiana Gabriela Ferri, de 63 años, se suicidó el sábado cuando se arrojó desde el balcón de su departamento -ubicado a siete metros de altura- en la localidad italiana de Viterbo.
Según información divulgada en la prensa peninsular, la artista sufría de una severa depresión que la aquejó en los últimos años”.

2 comentarios:

Vitalia Ardiles dijo...
Hay varias cantantes italianas muy interesantes, Iva Zanicci, Gigliola Cinquetti, y casi contemporánea la estupenda Rafaella Carra,además de cantar precioso es una excelente bailarina, creo que debe ser la sangre penínsular que hace que las donas italianas se conviertan en divas eternas como la Loren y otras.A mi encanta mi queridisíma Orianna Fallacci,no sé si cantó alguna vez, pero me fascina como escribe, es muy interesante.
Además las mujeres italianas se dice que son las mejores mamma del mondo....mamma mía.
caz dijo...
Hufffff!!! Que buen escrito.
Hay mucho sentimientos y recuerdos metidos en el...
Gracias Carlos, trajiste muchos recuerdos de una bella época, cuando todo estaba por hacerse, decirse o escribirse en la historia... Triste final el de la diva, que apuro su marcha, quizás, cansada de la decadencia...
Paletó... cuanto tiempo que no encontraba esa palabra, ni dicha ni escrita... Gracias!

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