viernes, 20 de diciembre de 2013

Directores de diarios y algunas cuchufletas



Escribe Carlos Amador Marchant


Los poderes en el mundo son cada día más poderosos, o tal vez siempre fueron iguales guardando las proporciones y la cantidad de habitantes en el mundo.
El hombre se crió y se creó mirando al demente del lado, soportándole sus bajezas hasta caminar cabizbajo por las calles sin encontrar respuestas a sus cavilaciones.
Desde cuándo soy tan poca cosa y desde cuándo el de más allá es tan grande cosa. Desde cuándo no puedo hacer mis labores con cierta libertad sin encontrarme con la mirada del otro ó el látigo ardiente oscilando en el aire. No hay respuestas, pero sí existen realidades y testimonios que se ven a diario en algunos medios informativos, aunque no todos (lamentable) se abren a la verdad.
En mi peregrinar por este asunto de las letras, cientos de cosas y casos, testimonios, bajezas, he cargado en mi espalda de norte a sur, de este a oeste, en el consabido territorio largo y raquítico.
En los diarios donde me desempeñé en distintas zonas de Chile, y donde, por cierto, ocupé los mejores momentos de mi paso por este planeta, entre las humoradas constantes (es bueno trabajar riéndose), también hubo momentos en que la impiedad danzaba presurosa.
Citando las penosas o tenebrosas (puesto que no es hermoso perder un trabajo), recordaré a un amigo que se había titulado en la Universidad del Norte de Antofagasta. Era pequeño de estatura, pero ágil como los felinos. Su trabajo periodístico, por cierto, lo hacía bien. Un día cualquiera, por esas cosas del destino, de este destino que a veces nos golpea en el lomo, estando en uno de sus turnos semanales de corrector de prueba, da a conocer para una ceremonia oficial entre el consulado de Chile y Perú, el nombre del cónsul boliviano en vez del que correspondía al país del Rimac. A la mañana siguiente, muy temprano, es llamado a la oficina del director y fue cesado de sus funciones. Probablemente este error involuntario pudo haberse solucionado con una urgente Fe de Erratas, pero los llamados telefónicos de los afectados fueron terribles y constantes hasta desembocar en esta drástica determinación.
Estaba, sin duda, latente el tema de poderes.
Era la década del 90 y recién comenzaban a entrar las nuevas tecnologías que imperan en la actualidad.
En asuntos de comunicaciones y prensa escrita hay mucho tema por escarbar, temas que en el momento golpeaban el rostro como sinónimo de asunto terrible, pero que al paso de los años van quedando como anécdotas guardadas con un sabor humorístico.
En casos y cosas de directores de diarios, no puedo dejar de mencionar el de un tipo arrogante, energúmeno y dañino. Hay quienes usan las rabietas y la olvidan luego de minutos. Éste no. Se trataba de un hombre que irradiaba desconfianza, aquel que nunca se sabe cómo va actuar en los próximos días, con una mirada de flojera contraída, de odio injustificado hacia la gente, y quien además se creía conocedor de la verdad absoluta. Por todas estas “cualidades “ no era, por cierto, querido entre sus subalternos. Los periodistas, en las reuniones de pauta de las 10 de la mañana, lo miraban con ojos apelmazados. Entiendo que muchos de ellos odiaron las llegadas de las mañanas en ese matutino.
Es precisamente por este motivo, que al paso de un poco más de década y media, no me he podido sacar de la cabeza que el periodista que estuvo de turno esa noche quiso hacerse el distraído con el firme propósito de “cagar” al odioso y petulante director. Por lo mismo, no puedo creer que un hombre que ostenta tan alto cargo que, además, involucra gran responsabilidad, pueda tener faltas ortográficas. El tema es que una noche al mentado le corresponde hacer un reportaje que encabezaría la portada del matutino. El asunto involucraba los nuevos adelantos de la zona anunciadas por las autoridades regionales. Por este mismo motivo, el título del trabajo iría con un extraño sonido poético: “Nuevos aires silban en la zona”. Sólo que esta vez el energúmeno mandamás del periódico había puesto, seguramente pensando en otras cosas menos en su escrito, un titular transformado en una diatriba a la lengua: “Nuevos aires SILVAN en la zona”. Aquel “silbato con V corta”, salió tal cual por las calles de la ciudad, junto a los canillitas que llegaban a las 6 de la mañana. La falta ortográfica pudo pasar como un detalle, si no fuera porque el titular de portada iba con letras de cuatro centímetros de alto y de color verde fuerte y llamativo. Los poderes a los que hice alusión en el caso del periodista despedido, no funcionaron en esta ocasión, pero sí se produjo un alboroto que desembocó en que al día siguiente salio una fe de errata que hizo reír a la gente. De igual forma, y pensándolo mejor y con más calma, es probable que el periodista que estuvo de turno aquella noche no haya querido perjudicar al dueño del reportaje, porque al mismo tiempo este hombre solicitaba constantemente a los reporteros ser obedecido sin reclamos sobre lo siguiente: “Cuando yo escriba algo, no me saquen nada, nada, ni una coma, ni una sílaba”, expresaba en forma autoritaria. Es decir, aquí triunfó la obediencia.
Otro director anterior a éste quedó inmortalizado por su temperamento distinto. Era simpático y gentil, con una voz agradable y culta. Tal vez la pesadez radicaba en subrayar su signo zodiacal: escorpión. Tenía una personalidad explosiva. Se le pasaba, en cambio, rápido. En el momento en que entraba en cólera, eso sí, daban ganas de salir corriendo por los corredores del edificio. Tenía una voz retumbante y agresiva, la antítesis de sus momentos calmos. Los versos de Gonzalo Rojas: “Mucha lectura envejece la imaginación del ojo”, no hacían mella en él. Era un lector impenitente, y mientras más leía, su imaginación se agigantaba. Desde las ocho de la mañana se encerraba en su despacho con el único objetivo de revisar hoja por hoja el matutino que ya estaba circulando por las calles. Cuando los periodistas entraban a su minúscula oficina cargando sus propias sillas, él ya tenía todas las páginas rayadas con lapicera color rojo. Cada error que había detectado no los entregaba a los reporteros, sino que guardaba silencio y luego iba a una sala más grande y pegaba cada hoja borroneada con alfileres. Esta acción la realizaba en función de eficacia y perfección: “Nos debemos a la gente”, bramaba. Al salir de la oficina, cada hombre identificaba su página con una vergüenza infinita. Si embargo, otra de las preocupaciones que mantenía viva era el tamaño de los títulos y la importancia de cada noticia: “¡¡¡No puede ir un titular a cuatro columnas si la información no es relevante¡¡¡”, gritaba. En este menester, antes de iniciar la pauta diaria, ocupaba por lo menos una hora. Y aquí comenzaba hablando bajito, luego indagaba, hasta dar con el autor de la información. Decía: “Me ha llamado profundamente la atención la página número cuatro. En ella veo cosas interesantes, pero curiosamente hay un desorden de ubicaciones, lo que quiere decir que quien la hizo, no sabe de prioridades”. Hasta ahí su voz estaba suave, calmada. Una vez que identificaba al autor de esos escritos, se producía un silencio de cementerio. Y continuaba: “¿me puede explicar por qué encabezó su página con esta noticia?”. El aludido, nervioso, más aún sabiendo que sus palabras informativas estaban centradas en una fiesta de carácter religioso en un pueblo aledaño a la ciudad, le explicaba con acento entrecortado que esa festividad era trascendente por la cantidad de devotos, por las costumbres, por el amor a la tierra, por el folklore. El director lo dejaba hablar cual gato observando a su presa. Luego abría unos ojos de búho y lanzaba su acostumbrado vozarrón flamígero no ajeno a epítetos groseros: “¡¡A quién mierda le va a interesar lo que usted escribió¡¡¡”, y golpeaba la mesa ante el pavor del resto de los funcionarios.
A esas alturas la pequeña sala estaba caliente, parecía que el fuego entraba y salía por los contornos. Una vez que el director se daba cuenta que el periodista se había reventado y que no hablaría más, mirando para todos lados y jactándose para sus adentros haber logrado ridiculizar a su subalterno, continuaba con la pauta como si nada.
Con todo, era un hombre que, una vez vuelto a la calma, se manejaba con buenos sentimientos. Su anécdota preferida era teatralizar con su forma locuaz la llegada de una señora enfurecida a su oficina. Nadie sabe, decía él, cómo logró engañar al guardia de portería. Lo concreto es que un día le golpean la puerta. Cuando abrió vio a una mujer que lanzaba palabras y gritos en función a que el diario había deshonrado su nombre. Sin mediar mayores explicaciones, de repente la desconocida le lanza una patada en las canillas. Desde ese momento el mandamás comparó a las féminas enrabiadas con un gato crispado, de aquéllos que pueden atacarte en el instante menos imaginado. Y graficaba, y contaba, porque era su tema predilecto, que en una ocasión, debido a que un felino había entrado a la cocina de su casa a comerse la mitad de un pollo faenado, optó por perseguirlo hasta acorralarlo en una pieza de su domicilio. Con un palo en la mano buscó atacarlo, pero el animal, crispado, con las garras del tamaño poco natural, fue subiendo las paredes, caminando por las paredes y luego por el techo en forma inversa. Y el gato con su pelaje en puntas, como clavos, decía él, en medio de los aullidos, era el mismo demonio. Cuando comparaba esta situación con la de la señora que le dio feroz patada en las canillas, lo hacía siempre con ironía, mordiendo uno de sus labios.
Éramos jóvenes y le temíamos.
Un día cualquiera se enfermó de cáncer y hubo de viajar de urgencia a la capital. La enfermedad lo mató en unas cuantas semanas. Yo fui el último en ser castigado con sus gritos. Era una tarde del mes de julio y me apresuré en contestar el llamado telefónico en la sala de redacción. Siento su voz gastada del momento. Me hace identificar y una vez que lo hago, dice: “Marchant, quiero que comunique a la administración el nombre de la clínica donde me encuentro”. Como yo tampoco escapaba al terror que le teníamos, incurrí en el error de confundir la palabra “clínica” por “policlínico”. Desde el otro lado del teléfono siento sus gritos: “¡¡¡Usted cree que puedo estar internado en un POLICLÍNICO¡¡¡¡”.
Nunca más supe de él, hasta su muerte, una semana después.

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