viernes, 20 de diciembre de 2013

El Maule y Barquero.


Escribe Carlos Amador Marchant

No hace mucho intenté una de las labores que habían quedado en mi vida como cosas de proyectos. Se trataba de conocer personalmente a uno de los poetas que desde la etapa de juventud leí con satisfacción. Es difícil que esto suceda, considerando que, a veces, en cada rincón del planeta abunda la creación de pésima calidad y, por cierto, asoma el cansancio. Pasaron muchos años, largos años, y aquella meta, sin duda, se hacía cada vez menos posible. Hablo, amigos míos, de Sergio Efraín Barahona Jofré, de cuyos padres, Efraín y Rosa, naciera este gran poeta con seudónimo de Efraín Barquero.
Hombre pequeño de estatura, muy serio para algunos, pero grande en sus pensamientos y en la elaboración poética.
Recuerdo que al mediar el año 2002 fui a Curicó y presenté un escrito sobre Barquero, más precisamente en la sede de la Universidad de Talca, donde pedí que en las tierras del Maule tenían que leer más a este poeta.
Hay que recordar que Barquero, nacido en Teno en 1931, se aleja de Chile después del golpe militar, cuando en ese momento se desempeñaba como agregado cultural en la embajada de Colombia. Le corresponde, por esos días, un peregrinar por países como México y luego Cuba. Es en 1974, cuando pide asilo político a Francia y se mantiene en el país galo hasta 1990, oportunidad en que retorna a nuestro país, quedándose hasta 1993. En estos años deja en Chile tres nuevos libros: Mujeres de Oscuro, A Deshora y El Viejo y el Niño. Retorna a Francia y sólo vuelve a nuestro territorio en 1998, de lo que se creía sería el viaje definitivo y para quedarse en nuestras tierras. No fue así. Tras no otorgársele el Premio Nacional de Literatura en el año 2000, se establece en Valparaíso en el 2001, sin que nadie se percate de su permanencia en el puerto histórico. Luego retorna a Francia. Antes, ya había dejado sus legados en más de quince libros alabados por la crítica entre los años 50, 60 y 70: La Piedra del Pueblo, La Compañera, Enjambre, Maula, El Pan del Hombre, El Regreso, El Viento de los Reinos, Epifanías, Poemas Infantiles, Arte de Vida, El Poema Negro de Chile, Los Bandos de la Junta Militar chilena, entre otros.
Su larga permanencia en Francia, que alcanza a veinte años, hace que pase al olvido, donde, por otra parte, en algunas librerías no recordaban ni siquiera su nombre. En su última estada en nuestro país, cuando comienza a aparecer de nuevo su poesía en prensa escrita, expresa: “Me habían enterrado, y hoy parece que me están desenterrando”.
A este poeta que dejó su niñez y parte de su juventud en las tierras maulinas, me correspondió entrevistarlo en Valparaíso en el segundo semestre del año 2001, transformando esta conversación en un mini libro de ochenta páginas que luego saliera publicado en el 2003 en ediciones del Gobierno Regional de Valparaíso.
En la ocasión recreo parte de su vida en esas tierras, su familia, sus primeros estudios en Curicó y su paso por el liceo de Constitución; el momento en que decide usar el seudónimo de Barquero, su amistad con Neruda y el alejamiento de esa influencia, su viaje a China, el amor al pan, a la miel por su abuelo apicultor, la vida en la capital y en Lo Gallardo y, por último, sus apreciaciones en el puerto de Valparaíso sobre la vida en Chile y la sociedad europea.
El poeta a sus setenta y un años se mantenía vital, incluso con deseos de seguir mostrando nuevas obras que al paso de los días siguió trabajando. Cabe señalar que un año antes de dialogar con él (2000), La Compañera era traducida al francés. Otros libros suyos también comenzaban a circular en idioma inglés. Lo que dijo antes de morir el premio Nobel (1960) Saint-John Perse, al alabar la obra del poeta chileno, comienza a cumplirse. ¿Será que Barquero comenzará a ser reconocido a nivel mundial más allá que en su propia patria?. Esto siempre ha ocurrido.
Los poetas que nacen en provincia sufren en nuestro país el eterno sinsabor de la lejanía geográfica frente al poder capitalino. No es de ahora, es de siempre. Barquero es un ejemplo en sus primeros pasos. Pero, además, también se sufre en Chile el problema del olvido y el desorden generacional. Muchos creadores han muerto sin recibir el mayor galardón chileno.
Mi conversación con Efraín Barquero me dejó un gran legado: la perseverancia no debe perderse ni siquiera al paso de los años, ni siquiera con golpes constantes.
Junto a su esposa Elena Cisternas Franulik, con tres hijos en Francia, Barquero es el gran ejemplo de los creadores chilenos, de este territorio donde la poesía es vida y la vida no es vencida por adversidades.

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