lunes, 23 de diciembre de 2013

Puertos que no han querido ser caletas.


Escribe Carlos Amador Marchant

La historia de los puertos ligados a nuestro país por su economía y por cierto, las tradiciones, siempre dejan algo interesante para el lector. Y cuando se trata de Valparaíso, o cuando se habla de Iquique pasando por la historia y la ligazón de éstos por la explotación del salitre, con mayor razón.
Quienes conocemos la idiosincrasia del iquiqueño, sus personajes, la dura tarea de enfrentarse a realidades de vida y subsistencia, podemos entender el título que Bernardo Guerrero puso a su libro: “Iquique es Puerto”, editado en el 2002 por Ril.
El sociólogo nortino escudriña en todos los recovecos de ese reducto histórico, que no sólo lleva en sus solapas a personajes como Prat, sino algunos como Arturo Godoy, el Tani Loayza entre más de un centenar de otros que rodean la historia de ese puerto, los miles de años en el concierto de los abandonados territorios, de la escasez de agua, de productividad a prueba de “pronto rico, pronto pobre”.
Por esta razón hemos rescatado este libro para hacer una especie de relación a los nuevos tiempos que vive la economía mundial, donde, por cierto, muchas ciudades, al margen de su historia, deben mirar hacia nuevas reconstrucciones, nuevos caminos o sencillamente se someten a la muerte.
Guerrero comienza la recopilación de datos haciendo una relación entre quienes viven en ese puerto arrinconados a los recuerdos del salitre, pero no es que el autor quiera alejar de este pensamiento perenne, sino más bien para situar a los iquiqueños en un todo, de acuerdo a las etapas que ha ido viviendo el reducto. Él expone: “Los viejos iquiqueños, es decir Los Hijos del Salitre, en un ejercicio estadístico no avalado por Instituto del mismo nombre, dicen y se quejan al mismo tiempo de que en esta ciudad “no quedan más de veinte mil iquiqueños”. Enojados a bordo de un taxi, o bien en los pasillos del Mercado Municipal o en las gradas del Tierra de Campeones, enarbolan sus cifras a todos aquellos que los quieran escuchar.”. En torno a esto mismo, el autor manifiesta no estar de acuerdo con esta opinión, fundamentalmente porque “lo que ellos y ellas arguyen, tienen relación con aquellos iquiqueños e iquiqueñas nacidos al amparo y la gracia de la explotación del salitre. Corresponden, pues, a una etapa de la modernidad iquiqueña en la que esta ciudad se construyó gracias al aporte de miles de migrantes que llegaron con sus sueños a fundar una nueva utopía. Los Hijos del Salitre son el producto del amor de esas miles de esperanzas. El iquiqueño nunca fue químicamente puro. El chango, en última instancia, tampoco lo fue..”.
Con todo, y al margen del tema de “los trasplantados”, creo que el asunto en cuestión tiene que ver con el Iquique y su gente, no importa de dónde haya llegado, con las voces dejadas en los rincones y con la historia pegoteada en ese territorio o “República” como acostumbran a llamarle algunos.
En este sentido hay que decir que Bernardo Guerrero entrega un buen trabajo en cuanto a recopilaciones, los personajes y la historia tejida desde esa tierra antes y después de la Guerra del Pacífico. Los encontrones con el “pronto rico, pronto pobre”. El auge del salitre, la decadencia del mismo, el cierre de las salitreras, el miramiento hacia el mar con la llegada de la industria pesquera, la decadencia de ésta, el hedor de las mismas, la aparición de la Zofri y el retorno de la minería..
Este mismo panorama, contradictorio, ha hecho una verdadera leyenda de quienes han habitado el suelo iquiqueño, sus rincones, el Mercado Municipal, el incendiado Teatro Nacional, La Casa del Deportista, El Micro Estadio, La Avenida Balmaceda, La Plaza Prat, la Escuela Santa María.
Este mismo amor de los iquiqueños por su tierra, los ha llevado a crear requisitos emblemáticos para adquirir la “nacionalidad iquiqueña”. Entre éstas, a manera de humorada, estipulan que a lo menos deben saber cantar el Himno a Iquique, una estrofa de la cantata Santa María, conocer el muelle de pasajeros y El Morro, El Colorado, la Plaza Arica, el Monumento a los Mártires de la Santa María, la animita de Hermógenes San Martín. Pero, entre otros requerimientos, deben incorporar al léxico algunos términos como: Calato, chalequina, a tota, piquichuquis, Cala, Avísale (a modo de saludo), de repente, terciarse, paletó, camanchaca, pupo, hacer descuerpo, catete, tomar lonche, compañones, ojala (sin acento).
La historia de Iquique, sin duda, está en la retina de muchos que se han alejado de esa tierra. Alejados geográficamente, pero siempre con esa ciudad puerto o caleta, en los poros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Entrega tu comentario con objetividad.

EL TIEMPO EN VALPARAÍSO

Sígueme en Google+ Badge

Google+ seguidores

ARCHIVOS MÁS VISITADOS (EN LA SEMANA)