miércoles, 15 de noviembre de 2017

Los Cururos de la Santa María










Carlos Amador Marchant









LOS CURUROS DE LA SANTA MARIA










(Portada: Óleo de la pintora chilena, Luisa Ayala)
Edición 1°, de diciembre de 2001.





Registro de Propiedad intelectual Nº 123.518
I.S.B.N. Nº 956-7944-23-1
(Prohibida su reproducción parcial o total)














Los pequeños perversos. Estos diminutos puntos negros sobre la soledosa calzada. No todos, claro, me lo dijo la conciencia y el párroco de la esquina cuando estuve metido en la palabra ¡malo!. Sin diferencias. Malo todo. Y luego la palabra se transformó en ¡malditos!. Los que escupen en trastiendas, los delincuentes en las calles, las mujeres saliendo de casas nebulosas. Y pronto sufrió otra metamorfosis y pasó a ser ¡maldecidos!.
Nadie pudo quitarme los apelativos sino el padre Cristian que nunca usó sotana y jamás se tostó el rostro, porque en el norte el sol no quema la piel a los humanos que son buenos como el padrecito.
Siempre a tres cuadras del liceo me veía pasar el religioso y parece que observaba de lejos mi cara aseriada. Cuando estaba frente a él me daba tres golpecitos en el hombro como si estuviese bautizándome de nuevo.
-Cambia ese rostro, Pajarito- decía con voz ronca como convenciéndome que debía pelear con los malos, con los malditos, con los maldecidos, pero de otra forma. Y lo expresaba
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 como un cristiano, poniendo fe en su defensa a los débiles. Lo que no quería es que repitiera esas palabras: “¡Sácalas de tu intelecto, hombre, sácalas!”, gritaba a veces buscando marginarme del aturullamiento.
Reconozco que me gustaba cuando el párroco decía ¡Pajarito!, sobrenombre que los cabros me habían puesto en la Santa María, la escuela que está frente al mercado de Iquique.
Casi todos eran agavillados y me acorralaban en el patio para gritarme con fuerza: ¡Pajarito!.
El profesor, el chino Huang, había sido el culpable. Me tenía aprecio el profe. El parecía no ser maldito. Pero un día cualquiera cuando se dio cuenta de lo arrancapinos y enjuto de mi estructura, no tuvo más remedio que sentarme sobre el pupitre y lanzó la perorata: ¡Eres un pajarito, cabro!. ¡Pajarito!.
Ese mismo día llamó por teléfono a mi padre, que entre paréntesis y comillas, era uno de los pocos que tenía ese aparato en una ciudad pobre y sucia como gatos de la calle.
Para los aislados iquiqueños del sesenta el artefacto era único y desde la otra línea siempre saltaba una voz de mujer que decía: ¿número?. Y había que darle el número y recién comunicaba con el otro extremo. La voz de la dama era suave como la seda y siempre, agavillado también, me la imaginaba de piernas largas, robustas, y vestida con esas faldas diminutas que se usaban en la época.
El chino Huang apencó desde el aparato negro porque en ese tiempo todos eran del mismo color y pesaban como fierro. Y como tenía la costumbre de predicar y actuar con el pan pan y vino vino, a romperrajas le comenta: “Señor Linares, me preocupa la delgadez de su hijo y le sugiero que se quede a almorzar en la escuela”.
Desde el otro lado de la ciudad y levantando ese pesado objeto negro brillante, mi padre compungido pero siempre orgulloso de ser uno de los pocos en tener un teléfono en el
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 puerto, de ser dueño de una tienda y de tener plata repartida en otros bienes, le responde circunspecto. “Al niño no le falta nada, profesor”.
-No le digo eso señor Linares, sólo que el alumno necesita ser vigilado en su alimentación- respondió el chino que en su terquedad no se la ganaba nadie.
Y luego de dimes y diretes y tras una suerte de armisticio, hago mi debut en esos claustros donde en cada rincón colgaban fideos, choclos y la acidez de tomates vomitados.
La creencia del chino era que en la Santa María los cabros se alimentaban a punta de vigilancia. Pero se equivocaba. Porque cuando yo iba recién en “el segundo” y todavía me faltaba “el tercero”, que era el postre traducido en una manzana roja y brillante, desde un rincón veía a varios arrancapinos tirar la comida a unos inmensos baldes apilados a la puerta de salida.
El profe Huang comenzó a vigilar si subía de peso. Debe haber sido un desafío para él. Pero mi padre sabía para sus adentros que yo había nacido así, flaco, enjuto y con el rostro amoratado como desnutrido. Cuando pasaron los meses y el chino siguió viendo la delgadez de mi cuerpo, comenzó a apeñuscar sus ideas y un lunes me encerró en la sala con una sola pregunta: “Linares, estás comiendo o estás botando la comida”.
Lo miré fijo y le respondí: “la estoy comiendo, profe. La estoy comiendo”.
Lo cierto es que, amadrigado como me estaba formando en los momentos en que el resto jugaba a las bolitas o al trompo, tenía claro una cosa: “obediencia al padre”.
Y el viejo Linares, que no era pelado como ahora, conocía su cosecha y, por consiguiente, reía de los desafíos del chino a quien en algún momento llamó, sencillamente: “gueón”.
Como en las tardes caldeadas del puerto yo le contaba a mi padre los estragos de los
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 cabros cuando botaban comida a los baldes, y los vómitos en los baños donde la hediondez recorría los pasillos y llegaba a los comedores, él tomó la férrea determinación de retirarme de esa pesadilla. El profe Huang, casi arrepentido por tal equivocación, sólo optó por agachar su cabeza y un jueves en plena y rígida clase de matemáticas, me dijo: “¡espéreme a la salida, Linares!”.
Cuando terminó su hora y una vez que arreglé mis cuadernos cuadriculados y puse en su sitio los lápices de colores a los que siempre se les quebraban las puntas y yo odiaba usar la gillette porque cada vez que la utilizaba se me iban achicando más estos palitos largos y diminutos, salí a la puerta a esperar al chino.
Al verlo aparecer se acercó y me tomó por un hombro. Habló a voz baja pero ronca y replicó: “Sé que eres así de contextura, por consiguiente, te voy a bautizar oficialmente como ¡Pajarito!”. Me dio un palmotazo en la espalda y se perdió por los pasillos del segundo piso de la escuela con la cabeza gacha.
Eso fue todo.
Desde ese momento pensé que el profe Huang era bueno. En medio de los escaparates de sus días tal vez se había equivocado conmigo. Pero yo lo perdoné. Creo que el viejo Linares, jamás.

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Esa tarde cuando el párroco me divisó se dio cuenta que venía más aseriado que otros días. Decidió con palabras recatadas conducirme a su parroquia. Opté por seguirlo y en el trayecto le pregunté por qué me decía Pajarito, pero no obtuve respuesta.
Mientras caminábamos por la calle Baquedano pensé únicamente que el cura debió ser amigo del profe Huang.
Después de la humilde e inocente consulta vi más compungido al cura.
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Pero como Iquique era pequeño en esa época donde todos se conocían y disparaban chismes en el mercado o en la Plaza Prat, mi única conclusión era ésa.
Mi nueva chapa había corrido como el aceite y no me avergonzaba, por el contrario, me parecía una palabra angelical, que incluso estaba relacionada con el inicio de la vida.
Lo cierto es que en esa escuela todo se tomaba con sentidos dobles y era porque el puerto que quería escapar, a costa de todo, de transformarse en una miserable caleta, no tenía otra entretención que el leseo entre la gente. O sea: ¡mofarse los gueones!.
El cura tenía razón a veces y me decía : “No te llenes de odio, Pajarito”. Creo que por eso me llevaba a su parroquia para dialogar sobre cosas de alturas, sobre limpiar el alma, mientras yo iba con las manos en los bolsillos tratando de simular estar vivo.

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En la escuela Santa María los profes tenían personalidades disímiles. Algunos eran babuinos, pero la culpa era de la ciudad. La decadencia en todos los rincones del puerto produjo proliferación de demencia: El Pate Cuete, La Loca de los Gatos, El Chancho, El chilenito, se adueñaban de las míseras calles de Iquique.
El maestro Huang con su aspecto atlético gustaba hacer clases entretenidas. Tenía paciencia el maestrito. Desde los primeros palotes hasta conocer la historia del Combate Naval nos enseñó el chino. Y aún no entiendo, en medio del beotismo, el momento en que empecé a reconocer las primeras vocales.
Pero la mayor entretención de Huang se manifestaba cuando el director lo llamaba a su oficina. Los ojos le brillaban y hacían relucir su presencia asiática.
Era el momento en que delegaba funciones en el alumno más corpulento para que cuidara al curso en los treinta minutos que se ausentaba.
Los veinticinco cabros que a diario se apretujaban en esa sala minúscula y de cemento, sabían que al profe le gustaba bajar al primer piso de la escuela a escribir comunicados en el pizarrón principal. Y como tenía buena letra y se entretenía lanzándole colores a las palabritas, era más claro que el agua que en esos menesteres, Huang se excedería más allá de la media hora.
El chino gozaba metiendo sombras de colores a los títulos. De preferencia usaba el amarillo, el azul y el rojo. Los comunicados, sin duda, le quedaban vistosos y en los recreos cuando el resto de los profesores pasaba frente a la pizarra, el maestro asiático elevaba el pecho como diciendo: ¡Esto lo hice yo, colegas!
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La depresión del puerto por ese entonces elevaba banderas negras por la falta de trabajo. La hambruna obligaba a la gente a comprar un octavo de aceite, una papa, dos zanahorias y uno o dos panes si es que les alcanzaba la plata. De preferencia los iquiqueños para engañar al estómago se preparaban un tesito pelado. Pero en algunas casas ni siquiera alcanzaba para esto, por lo tanto quemaban en una cucharilla un poco de azúcar para darle color al agua hervida.
De todas estas penurias era lógico que más de alguna chispa llegaba a los cerebros de los profes y esto se notaba en la vestimenta. Algunos mostraban sus camisas arrugadas y cuellos sebosos. Otros llegaban con pantalones telacebolla ordinarios, de ésos que dan la sensación de hediondez y que se arrugan a los costados del culo, produciendo bolsas en la parte de los testículos.
Más de alguno hacía su aparición con zapatos tacoescalera, es decir, gastados hasta decir basta y que además demostraba que el que lo usaba era chueco de pie. Los estudiantes no reparaban en estos detalles porque ellos pertenecían al mismo circo pobre de Iquique. Incluso, cuando algún profesor llegaba cufifo, se hacían los desentendidos.
Sin embargo, por el chino Huang pasaba de largo la pobreza del puerto. El bizqueaba el entorno y la camastra de su personalidad radicaba en hacer oídos sordos.
El asiático era elegante de arribabajo. Lucía camisas impecables y corbatas de marcas. Sus zapatos brillaban y con su forma atlética hacía resonar los tacones. En cualquier momento, a cualquier hora, mostraba una sonrisa amplia dejando ver la dentadura impecable y blanca.
Pues bien, haciendo alusión a estas características, la celotipia del profesor Huang estaba centrada en revisar el aseo personal de sus alumnos.
La cacería de cochinos, siempre, la realizaba los lunes por la mañana. Una vez que finalizaba el acto cívico donde se cantaba el Himno Nacional y algunos salían a mostrar sus destrezas artísticas, Huang formaba a sus infantes y se los llevaba a doble fila hasta el segundo piso de la Santa María. Ese era el día en que los pequeños cururos del norte sufrían la gota gorda.
Instalados todos en la muralla mirando a la sala de clases y a la orden del un dos tres, el chino comenzaba a revisar las orejas, de preferencia las partes traseras, lugar, según él, donde se juntaba mayor cantidad de chuño. Los sitios estratégicos por donde pasaba el ojo escudriñador del maestro eran las axilas, el cuello y el pecho. Por ahí, gritaba, “ ¡ es donde más se junta la chuñería, cururos de mierda!”.
La cabalgata del asiático continuaba haciendo sacar los zapatos y calcetines. A estas alturas el espectáculo era circense. Camisas, calzados, chalecas, todas las miserias de los cabros se hacinaban en los rincones y más de algún profe calamocano pasaba por ahí y lanzaba furibunda carcajada.
En este último trajín se escuchaban lamentos y llantos, porque en ese Iquique pobre donde no existían las modas sino las tiranías, la mayoría de los estudiantes usaba zapatos de plástico. Estos eran la hediondez misma. Diminutos calzados fabricados especialmente para pobres. Eran negros y se apegaban a la piel cuando el sol del desierto reía en las tardes. Pero, además, dejaban marcas en los pies, unas manchas negras, fusión de la transpiración con la goma. Aquellos zapatos de plástico eran la vergüenza solapada. Cuando la temperatura del día llegaba a los 25 grados la suela comenzaba a derretirse y las piedrecillas de las calles se incrustaban a los dedos.

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Los alumnos de Huang tenían claro que los lunes debían someterse a la revisión corporal, pero en la noche del domingo más de alguno se entusiasmaba en las pichangas y, el polvo del desierto, después del peloteo de toda la tarde, se adhería a la piel. Luego, los bracintendidos caían en el olvido del baño y al día siguiente sólo alcanzaban a lavarse a lo gato.
Por consiguiente, éstos iban cayendo como moscas a la sopa. Primero fue el Lucho Rojas y detrasito lo siguió el Raúl Matus. Rojitas se destacaba por ser el más alto del curso, con rostro camandulero y gustador de los panes con pescado a las horas de clase. Era buena persona pero pobre y cochino como alcantarilla. Casi siempre se le veía con los mocos colgando y en sus ojos las legañas flameaban como banderas. Matus, en cambio, era un cururo chico y bueno para el garabato. Vivía en un conventillo de la calle Barros Arana. La miseria del puerto había calado hondo en la casa de Matus y lo demostraba su ropa zurcida con hilos de distintos colores.
Un día que falté a clases fui a la vivienda del morocho a conseguirme un cuaderno. Me hizo pasar y quedé impresionado por la hidalguía de vida. El piso era de tierra, la mesa comedor un manchón negro de moscas y el olor a ropa sucia y a mierda me golpeó el rostro. Por cierto estas características estaban insertas en el cuaderno que me prestó, con sus hojas dobladas en las puntas y sebo en las tapas.
Los dos habían sido capturados por el chino Huang y la camastra de ambos por salir de aquella situación no dio resultado frente a la firme decisión del maestro, quien, como premio, entregaba a los que caían en desgracia el título de: “Mister Chuño”.
De esta forma, los “Mister Chuño” durante una hora, fueron exhibidos en la sala de clases a puro calzoncillos y ante la mofa del resto.
El profesor de la sala contigua era, en cambio, distinto al chino. Le daba lo mismo el aseo personal, pero le interesaba sobremanera la disciplina militar. Es posible que el profe haya adquirido un trauma en su niñez o, por el contrario, provenía de algún pariente en las filas uniformadas. La estrategia del guatón Alberto Cárcamos consistía en tener un curso disciplinado y militaresco. Mientras el chino Huang se preocupaba de los menesteres del aseo al comienzo de semana, el gordo Cárcamos comenzaba a entregar enseñanzas relacionadas con tácticas de formación. En consecuencia, no era cosa del otro mundo ver pasar a esos treinta cabros marchando veinte o treinta veces por los pasillos.
Al guatón le gustaba inyectar personalidad. Es decir, en su curso no había ningún babuino. Por el contrario, tenían que ser los mejores. Al compás del un dos tres, los alumnos marchaban con la frente en alto repitiendo fuerte “¡Un dos tres!” y haciendo sonar los zapatos en el piso de cemento. Casi todos, en la escuela, estaban acostumbrados a estos pequeños espectáculos. A veces la tropa se perdía en los pasillos y al grito de ¡A la derré! ¡Media vuel! ¡Marchatrás!, retornaba a su sitio de origen importándole poco si el resto de los maestros se encontraba haciendo clases.
A diferencia de los demás profesores que vivían pensando en la desgracia de Iquique, al gordo Cárcamos, en premio por la disciplina inculcada a sus infantes, siempre lo elegían para guiar a toda la escuela en los preparativos del desfile del 21 de Mayo.
Tres semanas antes del homenaje al Combate Naval, Cárcamos sacaba a todos los cursos hacia la calle Zegers, no sin antes su tradicional discurso: “Estudiantes míos, ustedes dueños del futuro de este puerto, deben ser los que den orgullo a esta escuela. Y porque nuestros héroes de la rada se lo merecen, deben ser los mejores en el desfile. Si alguien es invadido por la correncia que lo diga ahora, porque en la calle serán valientes y nadie se dejará llevar por los nervios. Mi curso, el 4to. C es ejemplo de disciplina. Ya deben saberlo. Por lo tanto quiero que todos imiten a estos alumnos...¿entendieron?”.
Después de esto la escuela completa salía a la calle en dirección al cerro formada en escuadrones de 80 cururos.

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El espectáculo cobraba fuerza cuando los estudiantes bajaban las escalas de la Santa María. La bravura iquiqueña se traducía en empellones, zancadillas, y los morochos rodaban en medio de los cientos de piernas y zapatos. Al llegar a la calle todos, en cambio, aparecían erguidos ante la mirada de Cárcamos.
¡Aprendices de embeleco!, gritaba el gordo al darse cuenta de la situación.
La jornada completa se lo pasaban ensayando al compás de: “¡Marchemos desde el puerto hasta Cavancha, saltando, gritando ¡Iquique!”. Y una vez que el profe se daba cuenta que el sol quemaba como caldera, daba la orden de retornar al establecimiento.
El chino Huang, y puesto que a él sólo le gustaba hacer comunicados en los pizarrones, miraba desde uno de los ventanales el espectáculo. Nunca fue adicto a los desfiles y la mayor preocupación que rondaba por su cabeza era el aseo personal.
Como los dos “Mister Chuño” habían sido embadurnados en sarcasmos durante el día, el asiático optó por castigarnos hasta la siete de la tarde. “Yo vivo cerca de la escuela, jóvenes, y además hago once y comida. Nada me cuesta dejarlos castigados hasta las siete y regresaré a esa hora a buscarlos. Se quedarán sin comer hasta ese momento y no saldrán al pasillo porque, ¡además!, deben saber ustedes que aquí penan”, dijo con voz grave y cerró la puerta.
Nadie fue capaz de entullecer tal determinación. Por lo tanto hasta el más empalagoso guardó silencio sepulcral.
Con la ausencia del profesor y ya cercano a las seis de la tarde, cuando el sol comenzaba a entrarse en el océano, el silencio en la sala era sinónimo de camposanto. Y puesto que todos los morenos éramos apegados al misterio y temerosos de él, cada ruido que sentíamos en murallas y pasillos nos hacía tiritar de espanto.
Rojitas, por ser camandulero, nadie daba fe en sus palabras , pero esta vez cuando comenzó a decir que bajo esta escuela habían asesinado a cientos de hombres y que, según le había contado su padre, un viejo líder comunitario, los difuntos eran llamados salitreros, porque venían de la pampa donde sacaban el oro blanco, el resto de los asustados negritos se acercaron a él e hicieron un círculo para escucharlo y protegerse.
Como Rojas era el más alto del curso se le temía por su físico, pero en cambio, su tranquilidad se parecía a un gato en siesta. El mayor deleite lo centraba en el momento en que su estómago le pedía alimento. No tenía vergüenza en sacar sus ya tradicionales panes con pescados que dejaban la sala impregnada a fritanga pasada. Nadie entendía cómo ocultaba todos esos panes en aquel bolso diminuto que llevaba a la escuela. Más claro aun: en qué sitios se guarecían los cuadernos ,y en qué otro los sándwich.
Por supuesto, antes de continuar con su relato y frente al asombro del resto de sus compañeros de clase, metió su mano derecha en el diminuto bolsón y extrajo su merienda que debe haber sido la sexta de la tarde. El olor a pescado impregnó de nuevo la sala y en el momento en que todos comenzaban a entrar en la pesadilla del sonar de tripas, con ojos agavillados habló en voz alta: “ ¡El que quiera un pedazo puede pedirlo! ”. Pero como Rojitas era pobre y cochino como alcantarilla y los mocos le llegaban hasta la boca, el resto de los morochos prefirió pasar de largo.
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El primer “Mister Chuño” de la semana buscaba ganarse al resto de sus pares porque, además, sabía que por su culpa estaban pasando las penurias del castigo. Como nadie quiso compartir el alimento, con sus manos sucias cogió el pan con pescado y le dio tres mordiscos. Sólo cuando dejó el resto del bocado sobre el pupitre reinició su información ahora circunspecto: “ Han de saber ustedes, según dijo mi padre, que los hombres fueron amontonados en este sitio y a fuerza de balas iban cayendo uno tras otros. La sangre, y entonces la sangre, según dijo mi padre, fue corriendo bajo esta escuela. Y los gritos de los moribundos se escucharon toda la noche”.
Como el Rojitas, pobre y cochino como era, además desplazaba una expresión poética distinta al resto, continuó diciendo: “Luego el cemento cubrió la historia y nosotros estamos sobre ellos, sobre esta tierra de los pobres. Pero el chino cree que uno no sabe estas cosas”, terminó expresando acalorado y ya con los mocos goteando el suelo. La manga de la camisa le sirvió para hacerse una limpieza rápida a esa nariz que nunca lo dejaba tranquilo.
Desde uno de los extremos, el segundo “Mister Chuño”, el Matus, quien había estado escuchando en silencio y con cierto temor reflejado en el rostro, gritó: “ ¡Es que el chino es un conchasumadre! “.
Fue en ese momento cuando la puerta de la sala se abrió bruscamente e hizo su aparición con ojos bizqueados y cabellos un poco hirsutos el profe Huang, quien mirando su reloj y profundamente preocupado por haberse atrasado más de la cuenta, se dirigió a los alumnos con voz tensa: “ ¡ Cojan sus útiles muchachos y vamos a bajar cuidadosamente por la escala. Ya son las ocho de la noche y abajo están sus padres esperándolos! ”.
A esa altura de la jornada y producto de los chismes del Rojitas, los cururos se encontraban todos apretujados protegiéndose del terror de las penaduras. Por lo tanto, al escuchar las palabras del profe, dieron un grito de alegría y se apresuraron. Cuando bajaron las escalas de la Santa María, todos fueron mirando las paredes y la oscuridad de los pasillos, trémulos, hasta perderse en el silencio.
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En la calle Baquedano con un sol que quemaba la espalda y la transpiración mojaba camisas y calzoncillos, el cura Cristian siempre con su pantalón Pecos Bill y su camisa arremangada, me llevaba a paso lento a su parroquia de O’Higgins, muy cerca de lo que llamábamos “La Playa de Abajo”.
Como el párroco era cercano a mi familia, y a casi todos los había visitado por largo tiempo, él conocía parte de mi corta vida.
Las andanzas por la Santa María, donde había merecido los primeros puestos porque estudiaba hasta los días domingo, eran de su conocimiento. Pero el cura entró a preocuparse por este cambio de rumbo en mis actitudes, de este aseriado comportamiento, además por mis maldiciones constantes hacia la gente.
Cuando llegamos a la parroquia, que era pequeña como esas iglesias de mentira, me golpeó ese olor a mar que provenía de la pequeña playa y que por tiempo largo no me circundaba. El padrecito me hace persignar y me consagra a la hiperdulía, pensando seriamente que mi actitud podría desembocar en la de un iconoclasta más sobre la faz de la tierra.
Esa tarde había mayor cantidad de gente orando de la acostumbrada, por lo tanto, el padrecito me guió hacia uno de los pasillos donde sólo circulaban los monaguillos. Cuando vi pasar a dos de ellos, mi mente fue rodeada por aquellos recuerdos en que a mi madre le decía en plena misa y al oído, que quería ser como esos niños con sotanas. Poco duró esta confesión, porque al mes después, en el mismo sitio y a la misma hora, de nuevo le susurré que no quería ser un monaguillo ante el espanto de ella.
El sacerdote estaba seguro que yo me estaba transformando en un ideático, y ante ese solo temor se preguntaba cuál sería la huesa que me correspondería en los momentos en que se acabara mi vida.
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Ingresamos a una sala donde había una mesa larga y unas sillas pintadas de color café. Mientras él se acomodaba con la hiperestesia de los sacerdotes, me dediqué a observar los frescos de Jesucristo en la Cruz. Por vez primera, el cura, bajo una luz tenue, expande su voz distinta:
-Mateo Linares, me has entrado a preocupar y por la Virgen y su hijo quiero que me cuentes tus pesares-
Era la primera vez que me llamaba por mi nombre y entré ahora a preocuparme.
-No hay pesares, cura- le dije sonriendo.
-¡Cómo no, hombre, si te he visto caminar aseriado todos los días desde que ingresaste al liceo!-
Es cierto, pero es que éstas son cosas mías, padrecito-
-No pueden ser sólo tuyas Mateo Linares, si todos somos cristianos, tu familia completa ha estado conmigo en los momentos más difíciles y yo pretendo ayudarte-
Quise contarle algo al cura Cristian, pero luego me arrepentí y entré a mentirle diciéndole que se trataba de un cambio en mi personalidad, puesto que ya no era un niño. El sacerdote, y como todos los seres humanos de carne y hueso no era impoluto, me creyó a medias. Me citó para el día siguiente cuando estuviese con ansias completas de narrar lo que me golpeaba la mente. Sin embargo, antes de despedirse, me dijo de nuevo las mismas palabras de días anteriores: ¡Termina de maldecir a tus hermanos y limpia tu alma, Pajarito!.
Salí de la parroquia pensando en que el cura quería transportarme al pasado, ya que había vuelto a tratarme con mi sobrenombre. Pero yo no quería regresar por la rebelión a que me arrastraban los nuevos estudiantes que había conocido en el liceo.
Me fui masticando un chicle por la calle O’Higgins y me perdí por la Baquedano hasta llegar cerca de la Plaza Prat donde debía encontrarme con El Gonzalitos, que gustaba usar botas a lo vaquero y entre sus estupideces apetecía tener dos mujeres que le estremecieran su miembro.
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Gumersindo González era un estudiante de cuatro. Siempre en los ramos más importantes sacaba esa nota. Tal vez en el único que lograba establecer un siete era en educación física, porque las calificaciones se hacían por resistencia y el profe Rasquinf nos hacía correr por las negras arenas de la Playa de Abajo, ida y vuelta, y Gonzalitos era el primero que llegaba mientras el resto se reventaba en el camino.
-¡Puta la gueá!- me dijo por la tardanza de cinco minutos, mientras le ponía un poco de saliva a sus botas de vaquero que, según él, lo hacían ver más atractivo frente a las mujeres.
-Las grofas de la otra esquina nos están esperando, compadre- gritó con desesperación de individuo recién llegado a la vida del sexo.
Como yo era tímido y siempre lo fui y lo sigo siendo, pero en el tema de tomar decisiones tengo la personalidad de los aimaras porfiados, nunca decía sí en el primer momento. Y esto me parecía raro. Me parecía que tenía olor a problemas. Entonces le dije: “ ¡No, gueón, yo te acompaño hasta aquí no más y punto, entendí! ”
-¡ Cabrón, yo te espero cinco minutos y luego me salí con ésa, morocho de mierda!- sentenció Gonzalitos con los arrebatos que a veces le daban resultado, pero no conmigo.
Una pausa de palabras y luego los ruidos de los vehículos y las hembras que pasaban en dirección a la primera plaza del puerto en decadencia, fueron los motivos para que en ese momento me separara del hervoroso Gumersindo.
En todo caso las mujeres de Iquique, en los momentos en que la gente tomaba sólo té pelado y apenas les alcanzaba para unos cuantos huevos y algún pan miserable, eran caderudas y tenían la imagen de Sofía Loren en persona. Nunca supe cómo lo hacían para ser tan atractivas si no había alimento. Tenían, por otra parte, unas dentaduras impecables en los tiempos en que los dentistas mantenían tecnología precaria, y el aliento era suave como rosas y las piernas robustas y culos de caballo, y, desde sus ropajes, emanaba el incienso que nunca antes olí en mujer alguna.
Pero Gumersindo González que se las creía saber todas, decía que estas comadres eran heurísticas y que sólo salían a la calle para buscar un hombre, de los escasos, que tenían capital en el legendario Iquique.
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Regresé a la casa siempre pensando que al día siguiente me encontraría con todos los miserables del liceo. Sabía que el cura me había dicho que dejara de tratar a la gente de este modo, que tenía que mantener una suerte de comprensión hacia ellas, pero el tema es que los compadres eran malditos como los verdaderos malditos, y punto.
Esa noche cuando pretendía dormir en aquella pieza pequeña del departamento de mis padres, con sábanas limpias y almohada hecha para cabeza de paisano, creí encontrar la paz que hacía días buscaba. Tal vez la huesa, incógnita del cura para mis momentos finales, era esta cama donde ellos me albergaban, pensé.
Terminé desvelado y creyendo que el cura Cristian estaba exagerando las cosas, que no entendía que los días corren como los ríos y que nuestras carnes se van desgastando y que la mente cambia de la noche a la mañana como el viento.
Por todas estas razones al día siguiente preparé mi bolso y tratando de usar una especie de helioscopio, me situé en el presente y salí a capear los temporales liceanos.
Con la astucia que me habían enseñado los días en La Santa María, bajé los caracoles del edificio donde vivía mi familia y me encontré con las calles humedecidas del puerto. El liceo quedaba a la vuelta de la esquina y, por lo tanto, nunca ejercitaba mis piernas en esos ajetreos.
En la puerta del imponente edificio de madera fabricado en tiempos de los ingleses, siempre se juntaban grupos de estudiantes que primero se dedicaban a comentar las fechorías realizadas el día anterior y a mirar las piernas de muchachas uniformadas que pasaban en dirección al Liceo de Niñas.
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El primero en llegar era Arnaldo Letelier, ágil en su caminar y diestro en disputas pugilísticas, facundo, y a quien casi siempre se le acercaban decenas de compañeros que le celebraban sus cuentos y chistes. Letelier tenía su brazo derecho: el morocho Roberto Mamani, bueno para fachendear, pero tal vez uno de sus mayores defectos que para él eran virtudes, radicaba en tirarse flatos incluso frente a las mujeres.
El centenar de alumnos que se concentraba en las afueras del establecimiento esperaba que tocaran la campana para recién entrar a ese claustro al que llamaban “La jaula”, porque nadie podía salir de esas puertas que eran cerradas con candados. La única forma de hacerlo radicaba en si se producía algún temblor fuerte o un anuncio de tsunami que por esa época fueron pan del día.
La galamura de esas concentraciones cobraba luz en el contacto con las palmeras de la calle Baquedano, donde los muchachos, piedra en mano, se aperaban de grandes dátiles amarillos para el momento en que el hambre de las 12 del día comenzara a hacer estragos. Pero también uno de los gustos de la multitud consistía en reírse a mandíbula abierta de los supuestos bobitontos que por lo general eran los más estudiosos del liceo. Roberto Mamani, que por lo general odiaba a estos mateos por excelencia, cuando veía que alguno de ellos pasaba cerca suyo les lanzaba furibundo flato que sonaba tres cuadras a la redonda. Y como los mateítos fueron siempre personas tranquilas y educaditas, los perseguía flato en boca hasta hacerlos ingresar al claustro. Por consiguiente, como después de estas acciones todavía quedaban quince minutos para el toque de campana - porque la tropa de macucos llegaba por lo general a las siete y media de la mañana- el que más reía de las hazañas de Mamani era Arnaldo Letelier, quien las ejercía de jefe de mafia y desafiante eterno de cualquiera que se le pusiera por delante.
Para evitar esas aglomeraciones yo trataba de llegar a la hora justa de toque de campana, pero nunca, y puesto que los inspectores eran exactos en el minutero, podía cumplir con este cometido. Mi aparición se efectuaba dos minutos antes, pero siempre lograba encontrarme con las turbas.
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Alguien había filtrado mi apodo en esos lugares, y como andaba en búsqueda de verdades, a veces involucraba al curita. Pero él no podía ser chismoso, muy por el contrario, sabía que quería ayudarme. Por lo tanto mi duda persistía. Pero lo cierto es que cuando me reunía con los malditos todos se acercaban y me daban palmazos con el siempre conocido ¡¡Paajjaritooo! .
Roberto Mamani, amigo de la tierra del desierto retratada en su uniforme escolar que ya no era azul ni plomo, sino café por el polvo que traía de la población Caupolicán, siempre me miraba con cierta envidia y cuando escuchaba que el resto me palmoteaba con aprecio, no me lanzaba flatos, sino que se limitaba a gritar: “ ¡Pajarraco será el gueón, pu ! “
Fachendeando de su poder no sólo en su curso sino de varios en el liceo, y puesto que, curiosamente, transmitía cierta admiración hacia mi persona, Arnaldo Letelier, se acercaba a paso rápido a su brazo derecho y le gritaba no sin antes tomarlo por la solapa: “¡ Cuántas veces te he dicho que no molestí al Pajarito, gueón. La próxima te voy a desplumar, indio de mierda! “
Cuando la risa era generalizada, Mamani me miraba con ojos rojos como diciendo “Te las vai a ver conmigo, Pajarito”, pero una vez que levantaba la vista y se encontraba con los ojos bizqueados de su jefe, sólo atinaba a agachar su cabeza en son de sometimiento.
La campana sonaba justo a las ocho de la mañana y no podía haber ningún retraso. La gran cantidad de estudiantes que se reunía en el frontis del liceo iniciaba el galope para poder penetrar por esa puerta diminuta. Entre zancadillas y empellones muchos caían y los caídos eran presas de las patadas de los morenos que gustaban de la bruteza para sacarse el desamparo de esa ciudad que día a día caía en la miseria.
Con la experiencia de varios meses en ese liceo de madera histórica que ya se caía por las polillas, me quedaba atrás esperando que entraran todos para poder recién iniciar la carrera.
Los morochos caían en las diminutas escalas de entrada, se levantaban no sin antes recibir varias patadas en el culo. Pero en el fondo esta era una costumbre de todos los días, por lo tanto, la mayoría de los liceanos de promociones nuevas tenían los cachetes amoratados.
Gumersindo González, con sus botas a lo vaquero lustraditas, lo que daba a entender que en su casa habían comprado betún del legal, reía también desde un rincón esperando que la turba disminuyera. Y como era arrebatado y no se la andaba con cuentos, gritaba a toda voz hacia los contornos: “ ¡El que no tenga el poto amoratado no es liceano, conchatumadre!”.
Aquel espacio de la calle Baquedano después de las ocho de la mañana quedaba desierto. En otras palabras los árboles con dátiles se podían ver a la distancia y los escasos hombres y mujeres cabizbajos que caminaban desde la Avenida Balmaceda hacia el embarcadero, podían hacerlo tranquilos acompañados sólo por el silencio de esas calles desocupadas.
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El liceo con su frontis de madera carcelaria, estilo de toda la calle Baquedano, amadrigaba a aquellos macucos que se levantaban pensando en sus fechorías del día. El silencio posterior era impresionante, sólo interrumpido por el corretear de locos como El Chilenito que pasaba a trote limpio con cinco viandas en sus manos y botando baba por su boca. Detrasito lo seguía La Loca de los Gatos, hedionda a excremento y acompañada por más de veinte felinos que la perseguían no sé si por su olor a muerte o por el cariño incondicional hacia ellos.
Como el puerto tenía costumbres extrañas, incomprendidas tal vez por el resto del país que nada sabía de él, ni siquiera de las banderas negras, porque las noticias de Iquique no interesaban a nadie, los brotes revolucionarios eran casi fantasmales, donde en medio del silencio de la mañana salidos no sé de dónde, ni en qué momento de preparación, ni en qué lugar, a qué hora, afloraban cientos de manos gritando: ¡Mierda, mierda, mierda!...¡Mueran los explotadores, Iquique es puerto, todas las demás son caletas!. Y luego desaparecían, las manos desaparecían, las voces, fantasmales como en un sueño contado a la luz de la luna. Y luego de nuevo el silencio de la calle Baquedano.
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En ese liceo nadie podía llegar atrasado. Los inmensos portales no lo permitían. Es decir, la vida se ensanchaba adentro y el frontis en las horas de clases era algo inexistente. Ningún morocho podía golpear a la puerta porque no era escuchado. Por consiguiente, un minuto después de las ocho era sinónimo de muerte para cualquier cururo. Gonzalitos siempre decía a manera de consejo: “Cabros, es mejor huevear durante el día, pero ninguno debe llegar atrasado, porque se las verá con El Loco Vallejos”.
Es decir, cuando algún aimara se dejaba encandilar por las luces de la calle Thompson, donde las prostitutas se hacinaban como carne en carnicería, era mejor que regresara a su casa.
Gumersindo González, como se las creía saber todas y a los quince años se jactaba de haber tenido más de treinta relaciones con las grofas, en los momentos de recreo contaba que había visto y tocado más de treinta traseros distintos, y que además esa botas de vaquero correspondían a un regalo de alguna que se le había enamorado.
Cuando El Gonzalitos comenzaba con estas historias, los morenos del liceo se le acercaban a paladear los instintos. Y más de alguno - verga erecta- dejaba ver su carpa desde la lejanía con pantalón mojado a plena luz del día. Y puesto que Gumersindo era por lo general arrebatado y tremendamente hervoroso, continuaba con los chismes sin entullecer las ansias de los morochos que olían a esas alturas a pichí de calentura. Como una de sus fantasías predilectas era tener dos mujeres que le acariciaran el miembro, continuaba con la historia ahora con galamura exagerada: ”Ustedes, cabros, deben caminar de vez en cuando por la calle Thompson, y se darán cuenta que las mujeres a mí ya me conocen. Es más, a cualquiera de ésas le pueden preguntar por las travesuras del Gonzalitos. P’a que sepan he visto traseros negros y traseros blancos, pelos rubios y del otro, y unas curvas que parecen caminos del desierto, p’a que sepan”. Cuando terminaba con estas historias hacía gala de sus botas de vaquero y les echaba un poco de saliva ya reseca después de su acelerada charlatanería. A esas alturas los veinte cabros que escuchaban las historias eróticas del Gonzalitos estaban amoratados y sedientos, y a quince pasos del grupo, pañuelo en mano, porque ahora usaba pañuelos, el Lucho Rojas de La Santa María, que también había ingresado al liceo, limpiaba sus mocos que todavía al paso del tiempo seguían haciendo estragos en su arquitectura.
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Rojitas ya no estaba en mi curso, pero continuaba con sus costumbres de la escuela donde penaban. En el nuevo claustro no le aguantaban mucho que llevara sus meriendas de pescados, pero curiosamente seguía con su olor a olas y a fritangas pasadas. Y las legañas ahora no flameaban en sus ojos, sino que se las sacaba cada una hora sin que nadie se percatara.
Lo concreto es que nadie podía entrar al liceo después de las ocho de la mañana. Y la calle quedaba desierta como si los estudiantes fueran la vida del puerto. Y parece que era cierto, porque esos casi mil malditos que hacían el ajetreo del día, si no estaban en la calle, el puerto enmudecía. Entonces a un ex dirigente del mismo establecimiento que tenía fuerza de líder se le ocurre un día gritar en las afueras del recinto: “Ustedes deben ser el futuro de estas banderas negras y transformarlas en blancas y deben salir a las calles a pisotear la hambruna, porque son iquiqueños de corazón, putamadres”. Y los cabros, que por ese momento deseaban que una persona los dirigiera tomaron simpatía por el ex estudiante que en algún momento llamaron “El Choro”. Y un día cualquiera los iquiqueños sedientos de alguien que los guiara a salir de esa hambruna que ya hacía estragos y que en las poblaciones se traducía en que los recién nacidos se estaban muriendo, los estudiantes optaron por seguirlo y señalaron: “ ¡No queremos más personas frangollonas, deseamos a alguien que nos saque de la pobreza y mueran los futres!”. Y los aplausos se escuchaban por los cuatro costados de ese puerto que estaba a punto de transformarse en caleta.
Como las mujeres de los barrios sintieron simpatía por ese joven, sacaron eslogan que luego patentaron: “¡Hay que luchar junto a “El Choro!”, gritaban ellas. Otras que eran más desinhibidas levantando sus faldas diminutas alzaban la voz: “¡Las mujeres estamos con “El Choro” adelante!”....”¡’Adelante!”, respondía la multitud.
Pero lo cierto es que cuando los enfervorizados liceanos entraban al inmenso edificio de madera, Iquique quedaba silencioso y la vida continuaba dentro del establecimiento.
El latir del liceo era la emasculación de lo que se hacía por fuera. Todo parecía distinto en el claustro. Tal vez por estas cosas y habiendo sido un liceano en su tiempo de juventud, el cura Cristian quería cuidarme.
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Presentí que el curita no deseaba que me transformara en gentualla. Pero la vida tiene la quietud de los cactus y hay que aprender a respetar a estos verdaderos animales verdes, me dije. Y como nunca quise ser un heliogábalo, seguí el cauce de los acontecimientos por muy rudimentarios y ruin que se presentaran.
El viejo Linares con su teléfono negro y con una pelada que cada día se le dibujaba más en el cráneo, leyendo y a veces mirando en privado las revistas “Pingüino”, se sentía feliz del fortalecimiento físico y de mi forma de mirar la vida. Comenzó a observar que ya no era el pajarito reprochado por el profe Huang, a quien odió toda la vida por el orgullo de considerarse una persona de sociedad.
El pelao Linares me expresaba a veces con voz golpeada: “ Mateo Linares, he de seguirte por los caminos, porque el liceo es cosa seria. Y puesto que yo estuve en ese lugar, no debo decirte que le temo, sino que tiemblo al recordarle”. Luego encendía un cigarro Liberty y echaba humo por los rincones de la casa.
Como yo sabía que mi padre cuando hablaba lo hacía en serio, aunque a veces sus palabras eran calmadas, presentí que algo estaba planeando para estar al tanto de mis nuevos caminos.
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Lo supe cuando el rector comenzó a llamarme en forma constante, sólo para expresar que mi padre preguntaba si estaba dentro o fuera del establecimiento. La máxima autoridad del liceo, el maestro Ricardo Garloza, bagual por donde se le mirara, no tenía la destreza de guardar el secreto de esas llamadas constantes del pelao Linares.
Desde ese momento, en medio del olor a mar del antiguo puerto, supe que habían dos personas dedicadas a guiar mis pasos por esta vida: mi padre y el cura Cristian.
Fue el día en que me puse a pensar en serio a las tres de la mañana frente al ruido del oleaje que llegaba hasta el balcón del departamento. La luz de los focos del alumbrado público en la noche, tristes como el inicio de la vida, me sirvió para pensar que los pasos había que seguirlos como el destino lo planificara, sin presiones. En consecuencia, dos opciones habían en ese momento: seguir en el liceo o salirme de él. Opté, cuando los perros ladraban a algún loco que transitaba en la noche, por continuar estudiando en el lugar.
La dicotomía, por cierto, estaba establecida. Mientras mi padre se dedicaba a alzar su pesado teléfono negro haciendo llamadas al poco atlético rector del liceo, yo me dedicaba en secreto, en el silencio más absoluto, a revisarle los cajones de su escritorio, donde guardaba las preciadas revistas de desnudos de la época. Y como de alguna manera me habían quedado grabadas las peroratas del Gonzalitos, optaba por hacerme la americana en la oscuridad de la tienda del pelao Linares y en donde se vendían Pecos Bill, camisas, hilos marca Cadena, y cardos para hacer más vistosas las chalecas de las mujeres de aquel tiempo.
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Como frente al poderoso sol de Iquique las llamadas constantes del pelao Linares se estaban transformando en un fastidio, el Rector Garloza optó por hacer oídos sordos. El silencio de la primera autoridad del liceo se ajustaba sólo a su calobiótica naturaleza y, por supuesto, a no hacerse problemas por minucias.
La turba, después del toque de campana, reposaba unos segundos dentro del imponente edificio de madera de dos pisos con escaleras por los cuatro costados, algunas de ellas a punto de desplomarse. Mientras no subiera algún profesor toda la manada de morochos debía mantenerse en la parte baja.
A los primeros meses de mi llegada al nuevo claustro y sin saber las costumbres imperantes, le había consultado al Arnaldo Letelier cómo se manejaba el asunto. El, simpático y facundo, y quien había repetido dos veces el mismo curso, replicó con arrogancia que allí no era la cosa como en la primaria, donde los profes se llevaban a los cabros formaditos y de la mano hasta la sala de clases. Al parecer le había gustado la pregunta y puesto que le permitía lucir su exagerado don de la palabra, me cogió del hombro y caminamos juntos por los pasillos haciendo cachañas a los cientos de cururos que correteaban como caballos salvajes. Luego, mirándome fijo e imponiendo su respetable estatura, abrevió sílabas y las lanzó todas de un golpe: “ Aquí tenís que ser atrevido y despabilado. Aquí tenís que mirar las listas que están pegadas en las paredes y ubicar tu nombre y tu sala. Cuando tengai esos datos, te dirigí a ese lugar, reconocí la numeración y luego tenís que estar siempre atento a los horarios y a los profes, porque cuando ellos suban tú tení que correr hacia ellos. O sea, entendí, aquí ni un profe te va a venir a buscar de la mano. ¿Entendiste?.
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Me quedó más que claro, sobre todo cuando le daba por hablar con ese acento.
Aquel sistema lo habían puesto en funcionamiento hacía décadas y hasta las últimas generaciones de morenos, aparentemente, dio buenos resultados. Es decir, iniciada la jornada los alumnos debían esperar a los maestros afuera de la sala. Si por algún motivo éste se demoraba más de quince minutos, aparecía un inspector y cerraba la puerta con candado para que nadie pudiese mantenerse al interior de ella.
El inmenso patio del liceo albergaba una cifra cercana a seiscientos alumnos, repartidos éstos en niveles de primero a sexto de humanidades. Las tres cuartas partes se concentraba en la jornada de la mañana, y la otra asistía en la tarde. Pero la repartija era a la suerte de la olla, o sea que éstas no se separaban por niveles superiores o inferiores, sino que un curso era destinado al dedillo y cualquier decisión de la autoridad no era domeñable. En consecuencia todos rezaban por los horarios de la mañana, puesto que el calor asfixiante de la tarde unida al hedor de las pesqueras que por esos horarios lanzaban humos fétidos que circundaban la ciudad, no eran para el aguante.
Por esta razón quienes comentaban la experiencia de las tardes, decían que muchos se mantenían horas enteras en los baños, In Púribus, aprovechando la ausencia de algún profe y para sacarse la pereza de la jornada. Como ésta era una situación usual ninguno de los morochos pasaba por impúdico.
El hurguete de “El loco Vallejos”, rechoncho inspector de ojos saltones y amigo de andar con una vara en la mano, mantenía un estricto control sobre los muchachos de las jornadas vespertinas, a quienes maltrataba y consideraba, sencillamente, “negros cholos” o “indios bolivianos”, naciones a las que odiaba por su enfermiza pasión a la lectura de la Guerra del Pacífico.
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Pero nosotros estábamos, a Dios gracias, en la mañana, y aunque no escapábamos totalmente de las funestas manos del inspectorillo loco, mantenía éste cierto distanciamiento, por la fiereza y personalidad aguerrida de los cabros de la primera jornada.
Cuando Letelier culminó su exagerado discurso de los sistemas imperantes en el liceo, comprendí que había que avisparse y me mantuve al tanto de todas las reglas y mañas que se usaban a diario.
Los maestros hacían su aparición por una puerta angosta y de rejillas de madera gruesa. Era una salida súbita, émulo de aquellos artistas que ingresan al escenario de un teatro gigante. Y lo hacían agavillados y con agilidad de felinos. Por cierto, los estudiantes, todos zorros del desierto, estaban atentos y cuando esto ocurría echaban a correr para seguir al maestro. La situación era la misma en todos los cursos, por lo tanto en las cuatro escaleras se veían columnas interminables subiendo al segundo piso, sobre esos tablones que, deteriorados pero aún robustos, resistían tamaño peso.
Eran largas escaleras que parecían llevar al cielo, y cuando cansados ya de subir alcanzaban la sala, los profes los formaban militarmente y luego del tradicional ¡buenos días!, ingresaban silenciosos a ocupar las mesas doblemente identificadas con letras y dibujos ad hoc.
Luego, el patio era un peladero, salvo veinte jóvenes que quedaban rondando por la ausencia del profe de artes manuales a quien se le había hecho costumbre celebrar el San Lunes.
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Jacinto Céspedes era el más calamocano de los dirigidos por el Rector Garloza. La camastra usada por el docente no se la creía ni el Papa. Cuando llegaba el martes se dirigía a la dirección afirmando que luego de las acostumbradas pichangas de los domingo era el cebo de todos los peloteros malandrines y que lo único que hacían era pegarle patadas en las canillas. Y hasta riñas, decía que se formaban donde, por cierto, había sacado la peor parte. Pero esta era la cantinela de todas las semanas y como Garloza le tenía aprecio por haber sido un buen compañero de La Normal, sólo atinaba a repetirle: “No juegues más a la pelota, Jacinto. Trata de cuidar tu físico”. Pero en el fondo el rector sabía que el peloteo no era más que chiva y que las parrandas del profe de artes manuales eran costumbres de todas las semanas; lo delataba el tufillo a vino de anochecida que aún salía por su boca.
Los cabros que tenían que aguantar dos horas sin poder salir a la calle eran presa de los sarcasmos de “El Loco Vallejos”, quien afirmando su vara con la mano derecha iniciaba su recorrido maléfico por el patio.
Un imbunche cualquiera era el gordiflón, según comentaban quienes habían caído en sus manos.
El inspectorillo primero iniciaba su cabalgata por los contornos del patio donde los muchachos se sentaban a comentar fechorías del día. Luego recorría los baños y como nunca fue un hombre impoluto, sacaba de los servicios higiénicos a algún morocho arrancapinos que se habría demorado en sus quehaceres más de la cuenta. Y entonces el desvalido liceano, sin poder apencar con alguna estrategia libertaria, se sometía a la tremenda mano del loco que lo agarraba por una de las orejas. No contento con esto el díscolo guatón con cara de payaso que ni siquiera tenía necesidad de pintarrajearse el rostro, lo trasladaba hacia el rincón donde se encontraba el resto de los muchachos y comenzaba a ridiculizarlo como era su costumbre: “Jóvenes, miren a este paisano, miren a este indígena que se las quería dar de pillo. El perla creía que no me iba a dar cuenta que se estaba haciendo la pajita en el baño”. Después del tradicional discurso, porque siempre repetía esta acción, la risa tenía que ser generalizada, y quien no participaba de ella también corría riesgos. Ningún moreno podía aseriarse con los chistes terroríficos de “El loco Vallejos”, quien a esas alturas ya se estaba convirtiendo en un personaje conocido más allá del recinto.
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Como hasta ese momento no se vislumbraba ningún armisticio, todos los cururos más por el terror que por la humorada, reían sin solidarizar con el compañero caído. Pero en esos trajines siempre algún moreno poco agavillado se marginaba del grupo sin reír ni un segundo. Era el instante en que el inspector loco soltaba la oreja del liceano en desgracia y se dirigía corriendo hacia el descarriado iquiqueño. El babuino profe-inspector se encolerizaba con estos personajes amadrigados y era en quienes más lanzaba sus dardos envenenados. Luego, en un dos por tres lo miraba fijo con sus ojos saltones y echaba a andar su carrocería racista: “ ¿Por qué no te has reído con mis travesuras, indio altiplánico, titicaco, pan con queso?”. Y como tenía altibajos en su cerebro y a veces le entraba lo tierno dentro de su locura, Vallejos al darse cuenta que el pequeño liceano era más callado que Pampa del Tamarugal y que, además, estaba tiritando de miedo, lo abrazaba y elucubraba otro discurso no matonesco, pero siempre loquero: “ Venga para acá mi pequeño negrito boliviano, usted es una persona buena sólo que la piel la tiene un poco quemada ¿cierto?. Pero no se preocupe porque cuando crezca será un hombre bueno, con esos ojos chiquititos y esa boca que luego hablará porque ahora está descansando como los indios de la sierra. Vaya usted a lavarse la cara, por favor ... ¡Paisano cochino!”.
Con este grito final que traspasaba las murallas de madera del liceo, el cabro salía corriendo sin que se le vieran siquiera las patitas por el terror al vozarrón del loco.
Pero el inspector Vallejos estaba en todas partes. Su voz ronca paseaba por los pasillos, se introducía en las salas sin permiso, se elevaba por los ventanales y salía en cualquier momento volando hacia la calle Baquedano.
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En una de ésas escuchamos su grito disparado cual cañonazo desde la esquina del segundo baño que colindaba con el sector costero. Como el personaje estaba en cada mínimo rincón del establecimiento, no nos dimos cuenta en qué momento se había dirigido en busca de otra víctima. Esta vez traía a un muchacho flaco y alto cogido de su brazo izquierdo. Venía corriendo y el morocho con cara de desesperación trataba de mantener en sus manos un pañuelo arrugado que en algún momento debió ser blanco. Era El Rojitas, el mismísimo “Mister Chuño” de la Santa María, quien había llegado al liceo con la firme intención de ser algún día un patrón de pesca destacado y no como su padre que había alcanzado sólo la carrera de un humilde pescador artesanal.
El muchacho acorralado por las siempre vistosas desparramaderas de mocos, corría llevado por Vallejos con uno de sus brazos atrapados pero en su mano apretujaba su más preciado utensilio: el pañuelo.
Rojitas mostraba preocupación en su rostro y la correncia, producto de los nervios, comenzó a hacer estragos en su cuerpo. Porque el olor a pescado que siempre lo identificaba ahora se había transformado en olor a mierda fresca. Este mismo hedor enfureció más al severo inspector quien lo agarró a cachetazo limpio. El estudiante que era pobre y cochino como alcantarilla, al paso del tiempo, sin embargo, había aprendido algunas cosas: “La dignidad no debe perderse ni aún siendo pobre”. Y puesto que todavía tenía en su mente la vergüenza a que lo había sometido el chino Huang al haberlo encontrado mal aseado, reaccionó con la rebeldía del poeta que ya nacía en él y se agigantaba al paso de los días.
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Sin pensar en lo que perdería, se zafó del brazo y dio un pequeño empujón al siniestro maestro gritando con fuerza: “¡Deje de torturarme fascista de mierda, émulo del demonio!”.
El loco Vallejos, con su voz poderosa pidió ayuda a otros inspectores y se llevaron al Rojitas hasta hacerlo perder entre las rejas de aquella puerta de salida del recinto. Los diecinueve estudiantes que se encontraban dispersos esperando el turno de su clase, enmudecieron por varios minutos. Era, sin duda, la primera vez que un liceano desafiaba a aquel burdégano invadido por la crasitud y el embeleco.
Por consiguiente, este era el sufrimiento a que debían someterse los morenos por los ya conocidos San Lunes del profe Jacinto Céspedes, quien para colmo de colmos, mantenía durante meses a los rebeldes iquiqueños fabricando un miserable buque de madera que a la larga serviría de cenicero.
Céspedes ignoraba las tragedias pasadas por sus alumnos ese día en que se dejaba llevar por el dios de la uva, y cufifo como era, se adentraba sólo en los placeres de los innumerables cigarrillos Liberty que pasaban por su boca.
Los cururos más que quererlo por aquellas ausencias de los lunes lo odiaban de pie a cabeza, hasta a su mismo cráneo híspido que peinaba cada cierto tiempo. Porque, según decían, otra cosa sería salir a la calle o llegar más tarde al liceo, que aguantar al endemoniado loco.
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Céspedes nos hacía clases los jueves. A esas alturas el hombre ya estaba recuperado de las parrandas futbolísticas.
Aquellos lunes nos encerrábamos en el segundo piso a batallar con las clases de matemáticas que nos hacía Orozimbo Barbosa, que había sido el mismísimo pariente de su homónimo de las guerras del desierto. Y como tal, traía todas las enseñanzas del ejército en sus poros y no era domeñable en sus clases donde se dejaba llevar por la sapiencia de los números mientras fumaba un cigarro tras otro dejando la sala infectada a humo Chesterfield.
Barbosa, vejete de bigotes blancos traía las batallas ardientes de la pampa consagradas por su abuelo. Por esa razón era orgulloso extremo y la camastra de la vida de armas se le veía en sus ojos. Nadie con Barbosa al frente podía hacer una pregunta que denotara beotismo, porque se las tenía que ver con la emasculación de sus palabras. Más aun, debía soportar el ensordecedor manotazo sobre el pupitre que por ser de madera gruesa no caía transformado en cadáver. Los gritos del ex coronel rebotaban en las paredes y cuando algún morocho se las quería dar de gracioso, lo hacía levantar del asiento con ensordecedores discursos:
¡Soldado conscripto, usted se las quiere dar de chistoso en la sala. Me quiere en otras palabras tomar p’a la palanca! “.
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El embabucador, que era en esta ocasión El Gonzalitos, respondía: “¡ No Coronel, es decir, no Señor. Sólo me estaba riendo cuando recordé un chiste que anoche me contó mi hermana! “. Y como las palabras del morocho eran celebradas con risotadas, el ex uniformado que nunca rió o la risa se le escondía tras los bigotes, atinaba a gritar: “¡Rompan fila soldados, ha sonado la campana!”. Y efectivamente, la campana lo había salvado.
Pero a Orozimbo Barbosa sólo le interesaba entregar sus conocimientos en las matemáticas, y los inquietos zorros del cerro El Dragón así lo entendían. El único problema que a los jóvenes iquiqueños inquietaba era la exagerada vestimenta que usaba el octogenario que a veces rayaba en lo ridículo, cuando aparecía con trajes plomos y una corbata roja acompañada de una rosa en el ojal del paletó. Muchos opinaban que el hombre era exhibicionista y que quería demostrar cómo se vestían los aristócratas de la guerra. Y como en ese momento los hijos del puerto mugriento eran amigos de la pobreza, sencillamente lo consideraban un futre.
No era costumbre bajar al campanazo de la primera clase, por lo tanto, los alumnos esperaban en la sala al siguiente profe hasta que se podía salir a respirar al patio. Es decir, las salidas eran de dos en dos hasta completar las seis horas de clases.
Mientras el Gonzalitos se las arreglaba para contar sus nuevas aventuras de la calle Thompson, donde saltaban a la vitrina calzones y piernas de diversas mujeres, el facundo Arnaldo Letelier se encargaba de poner orden en cada bicho negro que se le pusiera en el camino. No podía haber ningún mugroso que le hiciera la competencia en puñetes a Letelier, porque tras él estaba Roberto Mamani, encargado de datear a los que se iban en rebeldía.
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En el último asiento casi apegado a la pared había establecido su reducto Ricardo Velaslindo, que era blanco como leche y al mismo tiempo espigado como los álamos. Aunque tenía una voz grave y pronunciaba bien las palabras, hablaba poco y prefería observar desde atrás las travesuras casi siempre esbozando una leve sonrisa de dientes blancos y brillosos como marfil.
Como Velaslindo tenía la misma estatura de Letelier, éste último lo miraba con cierto recelo como tratando de marcar territorio. Sin embargo, el muchacho de la cara blanca como leche estaba en otra y casi siempre terminaba sonriéndose del mundo circundante.
No resultaban agradables aquellas esperas de cambio de maestro, porque en esos cinco minutos dentro de la sala y mientras cada uno de los estudiantes trataba de ordenar sus cuadernos para la nueva materia, Roberto Mamani hacía ostentación de su alcance sonoro en sus acostumbrados flatos. Y esto era el martirio mismo, porque el morocho si bien en la calle Baquedano hacía retumbar su grosería cuatro esquinas a la redonda, aquí dentro de la sala las paredes parecían derrumbarse. Nadie se atrevía a silenciar los flatos de Mamani, por la complicidad que tenía con Letelier, su jefe y protector.
El loco Vallejos, el grandísimo, que muy pocas veces en clase, subía al segundo piso, hizo esta vez su aparición sorpresiva frente al refunfuñar generalizado de todos los que se encontraban en la sala.
El inspector loco venía acompañado de un arrancapinos que traslucía cierta humildad en sus expresiones. El malévolo gordiflón hizo callar a los alumnos y lanzó su vozarrón esta vez con cierta suavidad expresiva: “Jóvenes, ustedes que según antecedentes son personas buenas y estudiosas, sé que darán cabida a este nuevo compañero que requiere de apoyo para compartir los libros que se usan en clase. El no tiene muchos medios económicos, por lo tanto necesita que lo apoyen y sé que ustedes lo harán. Este niño se quedará en el curso por orden del rector. Por favor, deben acogerlo bien. Lo dejo en buenas manos”.
Terminado su discurso el inspectorillo desapareció entre los pasillos del segundo piso vara en mano.
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Cuando el pequeño morocho quedó frente al resto de los estudiantes, Gumersindo González, siempre arrebatado, y lustrando nuevamente sus botas de vaquero con una de sus manos empapada en saliva, gritó con fuerza: “Ven a sentarte al lado mío, chiquitito, aunque no te garantizo si seré buena compañía para tu alma limpia”. Todos rieron golpeando las mesas.
Cuando el pequeño estudiante caminó en dirección al Gonzalitos, logré reconocerlo por su forma de caminar y aquel uniforme que aún traslucía la pobreza de la Santa María, zurcido con hilos de distintos colores.
Era el Raúl Matus, el segundo “Mister Chuño”, que había caído a mi curso y que traía en su vestimenta manchas de caca de moscas, que en su casa de Barros Arana hacían nata.
Me acerqué a saludarlo y el moreno me miró con su tradicional picardía escondida y con júbilo lanzó sus primeras palabras: “¡Pero si eres “El Pajarito”!, y me abrazó con cariño sincero.
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Mientras el resto de los muchachos comenzó a saludar al recién llegado y lo instalaron al lado del Gonzalitos, otros trataron de hacerlo sentir como en su casa.
En medio de todo este alboroto hizo su aparición la profe de biología, una mujer baja de estatura, morena, de dientes blanquísimos y que siempre usaba cotona blanca.
Isabel Marambio, con sus eternos lentes intelectuales, mantenía una de las clases más serias de la jornada. Era respetada por todos los morochos que ponían atención a sus enseñanzas, pero nunca se daba cuenta de las irreverencias que se hacían tras sus espaldas. Sobre todo cuando los cabros ponían sus ojos en el refajo. Lo concreto es que jamás sus clases se transformaban en peroratas y se gozaba fundamentalmente cuando ella nos llevaba al laboratorio a hacer algunas cirugías a insectos y animales.
La Marambio, como algunos le llamaban, comenzó a revisar los libros de estudios que había recomendado. A ella le gustaba hacer esta labor mesa a mesa y aprovechaba de recomendar algunas experiencias en biología.
Cuando la profe se inclinaba demasiado en el pupitre de algún morocho, el Gonzalitos aprovechaba de sacar su famoso espejo que traía en el bolsón y que tenía por misión observar los calzones de las maestras. Para estos menesteres, que ya eran conocidos por el resto de los alumnos, el macuco estudiante tenía la destreza propia de quien considera a todas las hembras meretrices. Por consiguiente, sólo él se preocupaba de estos asuntos que podían costarle la suspensión del liceo, pero aun así el resto deseoso de sexo visual, seguía el onanismo mental del muchacho de las botas de vaquero.
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Gonzalitos desplazaba el espejo con sigilo sobre el suelo y lo ponía en el lugar exacto donde se encontraba el culo de la profe. Quienes tenían agallas se paraban tras la maestra y lograban ver sus calzones.
Daban resultados estas incursiones, ya que la profe mientras explicaba alguna cosa trascendente, inclinada en demasía sobre el pupitre, cerca de siete muchachos, los más audaces, lograban observar sus intimidades, siempre con la complicidad de quienes dialogaban con ella, los que trataban de alargar las consultas para que La Marambio se mantuviera en esa posición.
Hasta el mismo Arnaldo Letelier admiraba la destreza del Gonzalitos, porque él con toda la fiereza de los puños que traía al resto de sus compañeros atemorizados, jamás pudo ser capaz de hacer semejante locura.
Mientras se consumaba el acto del hervoroso estudiante, el nerviosismo era generalizado, hasta Roberto Mamani dejaba de fachendear con sus flatos que a esa altura de la clase estaban a punto de salírsele al aire.
Cuando ya los siete alumnos que alcanzaron aquella visión quedaron claros que los cuadros de la profe eran blancos, El Gonzalitos, ingrávido, sacaba el espejo del suelo y se iba a instalar en su mesa. En el último asiento, Ricardo Velaslindo observaba el espectáculo sin decir palabras, casi siempre como aceptando, casi siempre como viviendo sin hacerse mayores problemas.
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La profe de biología, sin saber del espectáculo producido tras sus espaldas, continuaba con su clase en la forma más circunspecta, hablando del aparato digestivo de los animales sin darse cuenta que los morochos habían escudriñado su anatomía más secreta.
Velaslindo, era quien hacía preguntas tratando de mantener equilibrio entre la locura y la mesura. Aseriado como era su costumbre, introducía la ciencia dentro de la mediocridad imperante en la sala. Tal vez esto molestaba a Arnaldo Letelier, quien con su matonaje sólo le alcanzaba la vista para sentir cierta aversión hacia el muchacho de la tez blanca, a quien consideraba demasiado intelectual para su concepto de liceano pobre.
En un momento impredecible, Isabel Marambio comenzó a hablar de cosas que nada tenían que ver con su clase de biología. Era la primera vez que la profe intelectual incursionaba en temas distintos. Esto impresionó a los cururos, quienes escucharon atentos el discurso de la mujer: “Vamos a hacer un alto en nuestros deberes, alumnos, porque según comunicado del rector, se deberá respetar una marcha que harán los estudiantes por las calles del centro de la ciudad, en protesta por la calidad de vida de nuestro puerto. Debo decirles, que todos los profesores hemos estado de acuerdo con esta decisión del estudiantado, que a visión nuestra, ha tomado un compromiso no sólo con nuestro liceo, sino también con la ciudad. Por lo tanto, en este curso, y tengo entendido que recién llegó a incorporarse el alumno Raúl Matus, será él quien como una persona entendida en la materia, dará a conocer los motivos de esta marcha”.
Hubo un silencio total. Nadie entendió los acontecimientos recién ocurridos. Menos yo que tenía al segundo “Mister Chuño” como una persona que venía llegando a pedir cierta ayuda al curso, y a quien nunca lo había considerado capaz de meterse en asuntos tan importantes como dirigir o potenciar una propuesta para sacar de la decadencia al puerto. Menos, considerando que al morocho lo había conocido en situación tan penosa como la vergüenza que el profe Huang había dejado marcada en la mente de los chuñentos de la Santa María.
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Pero me había equivocado. El morocho apencó en su primer momento y salió a la delantera socapándose y dando luz fuerte a la sala.
Se paró como un profe más y lanzó su arenga: “Compañeros, frente al desamparo de este puerto que todo tiene, pero que parece no es de importancia para este país que no proyecta sus intereses, hemos decidido salir a la calle para que Iquique no se convierta en caleta. Detectamos que ahora las muertes por falta de alimento en las poblaciones se traduce en algo serio. Por esta razón ninguno de nosotros debe marginarse de esta realidad. Hay que protestar para que este país nos tome en serio, debemos salir a la calle para que eliminemos la miseria de este puerto. La marcha está programada para dos horas más, por lo tanto, quienes deseen sumarse, tienen toda la autorización de la dirección del liceo. Quiero advertir que no se trata de un chacoteo, sino de algo serio que va en beneficio de nuestra calidad de vida. En consecuencia, quiero que la persona que comanda a este curso, ya sea por presencia física o intelectual, organice a este segmento”.
Terminado este discurso que dejó perplejo a todos, miró al más alto y corpulento, es decir al Arnaldo Letelier y lo señaló con un dedo.
-¿Serías capaz de ordenar a este curso?, indicó con voz segura, de líder, y mirando fijo a los ojos de un Letelier que no salía de su asombro al ver instalado frente a la pizarra, con tanta hombría, a ese diminuto moreno capaz de conducir masas.
-Por supuesto- respondió el facundo muchacho amigo de las peleas callejeras y quien ahora adoptaba mirada de sumisión, propia de quien está satisfecho de ser mandado por alguien con más fuerza mental que física.
Matus, quien sólo había cambiado su mirada y que aún latía en su vestimenta el decadente escenario de su casa de Barros Arana, se acercó a la profesora y le susurró algo al oído. Luego se dirigió a su asiento con las manos en los bolsillos.
La Marambio reinició su clase de biología, sacándose los lentes y arremetiendo sobre el tema de los intestinos de los animales. Los tópicos de la profe se trasladaban a carrera rápida sobre los perros y los gatos que proliferaban en las poblaciones callampas. Mientras se zambullía en estos discursos, los morochos miraban sus labios que eran carnosos e inducían a los temas predilectos del Gonzalitos.
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Sin embargo, éste mismo que estaba sentado al lado del Matus, guardó silencio absoluto, casi soledoso, como respetando a su compañero que había dado muestras de ser un avezado dirigente.
Cuando sonó la campana todos bajaron las escalas a tropezones. La mayoría del curso quería dialogar con el Matus. Sin embargo, el morocho arrancapinos se me acercó resollando y con deseos de dialogar sobre temas de antaño.
-Tanto tiempo que no te veía, Pajarito- fue lo primero que salió de su garganta.
-Es cierto-le respondí casi como recordando la etapa de pelagatos donde había conocido al cururo.
Raúl Matus, comprendiendo mi sorpresa de haberlo encontrado en tan buenos caminos, se apresuró a decir:
-Los tiempos cambian, Pajarito. Pero debes saber que yo guardaba un profundo recuerdo tuyo, por tu comportamiento y tus buenas notas. Siempre quise imitarte, ¿sabes?-
Lo miré fijo, también sorprendido de ese cambio en sus palabras. Me parecía que ya no era el garabatero de antes y que un rielar aparecía sobre su cabellera, tal vez producto de la inteligencia que había acumulado, sitibundo, al paso de los años.
El moreno también identificó mi mirada y adelantándose a todo comentario, me abrazó y lanzó un nuevo discurso:
-No te creas que he cambiado, conchatumadre, porque eso lo conservamos siempre en las venas, los dirigentes, ¿entiendes?- Luego rió.
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Traté de hacerle una serie de preguntas más, pero el resto de los alumnos lo rodeó y lo llevaron a otro sitio. Aun así le comenté sobre el Rojitas y su incidente con El Loco Vallejos, pero la información pareció no sorprenderle mucho, ya que estaba al tanto de todos los acontecimientos que rodeaban al liceo. Entonces dándome un suave golpe en el hombro sólo atinó a decir: “El Lucho Rojas es un muchacho valiente, quiere ser un gran tipo, se ha puesto, incluso, estudioso, pero le he dicho varias veces que trate de cambiar algunas cosas, sobre todo sus arrebatos, pero no quiere hacerme caso. ¡Es un poeta, hombre, es un poeta!”.
Luego accedió a las peticiones del grupo para seguir dialogando sobre la marcha y se perdió entre los estudiantes.
Como uno de los que más solicitaba su presencia era el Letelier, muy cerca mío pasó Roberto Mamani siguiendo la caravana. Me miró con aire de arrogancia dándome a conocer que su jefe directo estaba dentro de la nueva camarilla de líderes liceanos. No le devolví la mirada, porque consideré que el fachendeoso estaba en lo cierto, y era bueno que cambiaran de rumbo y se acercaran a cosas más trascendentes.
En las cercanías de los baños otro grupo de cabros, con reviviscencia, preparaba letreros con pinturas roja y blanca. En uno de ellos se podía leer: ”Iquique es puerto, nunca caleta”. En otro: “Muera la pobreza. Viva la decencia. Liceanos de Iquique”. En los corredores del segundo piso, cosa poco usual en momentos de recreo, los muchachos entraban y salían de las salas y que, por autorización de rectoría, El Loco Vallejos había dejado al descubierto. El alboroto se hacía notar en todos los rincones del viejo edificio.
Si a la entrada de los baños el color de las pinturas comenzaba a escurrirse sobre el piso de cemento, arriba se aferraba a la madera vieja. Los cururos comenzaron a alarmarse por el desorden y corrieron a abastecerse de papel de diario. El hervoroso y arrebatado Gonzalitos, informó que había visto en una de las bodegas cercana a los baños, una cantidad impresionante de “El Tarapacá” . Varios estudiantes, con cautela, se dirigieron al lugar a sacar hojas del único periódico que circulaba en la época.
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Gumersindo González, quien comandaba la tropa, una vez que entraron a la bodega, se cuidó de dar órdenes a los morenos: “Saquen las hojas de avisos comerciales, cabros, porque quién sabe si los profes tienen estos diarios para crear una hemeroteca, ¿ah?”.
Todos iniciaron la rápida tarea de descorazonar el diario con la rapidez que requería la situación. Pero como en estos menesteres el arrebatado muchacho de las botas de vaquero era cuidadoso, irrumpió de nuevo con voz gruesa: “Tengan cuidado, guevones, traten de fijarse en no arrancar alguna foto o noticia importante. No se dan cuenta los negros de mierda, que a veces tras una página comercial se camuflan informaciones, ¿ah?”.
Mientras se encontraban en estos trajines se asomó a la puerta de la bodega el espigado Ricardo Velaslindo, quien entre sus manos portaba unas bolsas negras para transportar las desafortunadas hojas del matutino. Sin decir palabras, como era su costumbre, y el resto comprendiendo que el muchacho de la tez blanca traía aquellas bolsas para acarrear diarios, comenzaron a introducir los periódicos e iniciaron carrera loca hacia el derrame de pintura en los baños. Otro grupo se dirigió al segundo piso del edificio, donde el caos ya había hecho mostrar la dentadura al burdégano inspectorillo Vallejos.
Mientras muchos apencaban para poder limpiar la pintura del piso, otros iban sacando lienzos con la rapidez de la imprenta. Los cerebros se disputaban las consignas y luego de una serie de ingeniosos carteles a alguien se le ocurrió escribir: “Asesinemos a los futres. Mueran en la hoguera los vende puerto”.
Fue en ese momento cuando asomó la personalidad escondida de Velaslindo, quien con su voz grave y perfumada, hizo notar su desacuerdo con el mentado cartelito: “Muchachos, no podemos ser tan atrevidos con los carteles. Es preciso identificar nuestra cultura pacifista. Con esa consigna lo único que van a traer es el deseo de peleas callejeras, de sangre. Y nosotros, por lo menos yo, no creo en ese camino. Es preciso romper ese cartel. Háganme caso. Se los ruego, muchachos”.
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Sorpresivamente apareció el Lucho Rojas, con su típico hedor a fritanga pasada, y quien, al parecer, había luchado con el apoyo del Centro de Alumnos, para que le eliminaran la suspensión luego del incidente con El Loco Vallejos. Al Rojitas le habían regalado un pantalón nuevo, y como era alto y tenía un acercamiento a las palabras poéticas, pañuelo en mano siempre húmedo por su eterno problema de mucosidad, apoyó la postura del aseriado Ricardo Velaslindo, y se acercó aun más a los encargados del Grupo de Propagandas y Carteles Afines, identificado por los alumnos como “El GPCA”.
El aun mugroso estudiante, ex “Míster Chuño” de la Santa María, apeñuscó al resto de los propagandistas y les dijo: “La historia de los pueblos se construye con hidalguía y verdad. Deben saber ustedes que estamos luchando por algo justo. Los seres humanos se entienden con palabras y debates de alturas, no como sucedió con los atrasados mentales que asesinaron en otra época a los indefensos salitreros de La Santa María. Nuestro país debe crecer, hermanos, pero debe crecer con entendimientos, por lo tanto, no debemos conducir al odio, sino al diálogo”.
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Rojitas ganó aplausos y de inmediato fue destruido el cartel de la discordia.
Cuando los estudiantes se encontraban en estas discusiones, sonó la campana que obligaba a las últimas dos horas de clases. En rápidos movimientos todos ordenaron los carteles y diarios repartidos en los pisos y se apresuraron a esperar la aparición circense de los profesores. Quienes estaban en el segundo piso corrieron y en menos de un minuto ya estaban en el piso inferior.
Sin embargo, los cururos no se apresuraron tanto por la obligación enseñada en el liceo, sino más bien porque sabían que a esa hora le correspondía hacer su aparición a la profesora de química, una hembra morena de piernas robustas y largas y con unas caderas que endiabladamente tenía a medio liceo hervoroso.
La émulo de manceba se trasladaba con una minifalda que le hacía relucir el trasero, y los morenos, cada uno en su mundo, se masturbaban mentalmente en los momentos en que la veían aparecer.
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No era una mujer de rostro bello, sino la endemoniada visión de una diosa del deseo. Tenía labios gruesos y unos ojos que inducían a la indecencia. Los senos no eran grandes, pero parecían volcanes en erupción. Y sus dientes salían de su boca como un mamerto pero que los cururos, no sé si por cosas de la pobreza del puerto, ardían en deseos de lamer esa saliva que corría por su boca.
La hembra, a quien por sus dientes salidos le llamaban “La Roedora”, representaba el mismo vino por las mañanas para un alcohólico.
La Josefina Cortés, era una excelente profesora de química, pero la divinidad la había hecho una mujer que atraía a los más de cuatrocientos morochos que trataban por todos los medios de fabricarse fantasías en su mente.
A mi curso le correspondía recibirla en estas dos horas finales antes de la marcha, pero el liceo completo estaba ya enterado de su aparición, porque tenían anotados en sus cuadernos las horas en que ella debía subir aquellas escaleras largas con su minifalda usual para llegar al segundo piso. En consecuencia, todos habían dejado los letreros e incluso se habían olvidado de la protesta para sacar a Iquique de la hambruna. Sólo ardían por ver a aquella diosa de la carne que subiría con su refajo por esas escalinatas que la hacían demorar más de dos minutos hasta llegar a la sala.
La turba se apretujaba en las escaleras esperando no a la profe, sino a la hembra. Y en ese momento nadie era intelectual, sino palurdo. Aquí se terminaban las diferencias, porque todos entraban en éxtasis.
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Algunos caían, otros pegaban patadas, la idea era estar lo más cerca de aquella escalera.
En otros momentos, cuando ella hacía su aparición, los morenos corrían para ubicarse en el mejor sitio. Y ahora de nuevo –por fin- la profe subía mostrando su calzón amarillo que transformaba el ambiente en gritos histéricos y hasta hediondez a masturbación matutina.
Los estudiantes corrían cual manifestación o protesta callejera hacia el sitio donde “La Roedora” se desplazaba. Y cada vez que subía más peldaños los gritos eran ensordecedores. Y cada vez que observaban más la prenda y esas piernas robustas y largas, cada morocho deseaba palpar aquella carne brillante.
El rumor era responsable también de la fogosidad de los liceanos de la pampa. Porque no sólo se hablaba de las diabluras de la profe con algunos estudiantes, sino de haber sido sorprendida en pleno acto en las salas de clases.
Gumersindo González, que en el tema sexual se las sabía todas, contó que en cierta oportunidad “El Loco Vallejos”, en su revisión de salas al término de jornada, sintió quejidos extraños y cuando abrió una de las puertas se encontró con tremendo espectáculo. El Gonzalitos dijo que, para evitar el bochorno, aquella situación quedó en el más absoluto silencio. Pero como el muchacho de las botas de vaquero se las arreglaba para escudriñar los más mínimos secretos, señaló que la profe había estado a punto de ser despedida, y como también traía locos a sus colegas, la perdonaron.
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Hasta el más pachucho en esas tardes calientes de Iquique, no estaba ajeno a las actividades hervorosas de la maestra. Porque el tema ya no era sólo de interés de los liceanos, sino que había salido a la calle Baquedano y en la sandunga sabatina corría como aceite hasta las poblaciones más alejadas del centro de la soledosa ciudad.
El fachendeoso Roberto Mamani, quien había elegido el mejor lugar debajo de la escalera, luego de obtener la primicia de las intimidades de la profesora de química, había corroborado las aseveraciones de El Gonzalitos.
Una tarde en que habíamos marchado en grupo a la Playa de Abajo a fumar los primeros cigarrillos de la adolescencia, no sin antes lanzar sus sonoros flatos que retumbaron por los contornos de la minúscula rada, nos narró su historia: “No pude creerlo, pero cuando me atrevo a seguir esos ruidos a tres pasos de mi casa, me encontré con la terrible novedad. La Roedora, paisanos, estaba besándose con un compadre que no pude identificar. Pero presiento que era uno de nuestros compañeros de liceo, gueones, porque se veía mucho más joven. Pero los suspiros de la profe eran canallescos, salvajes, de pura rabia me tuve que correr una pajita, paisanos. Pero lo más sorprendente es cómo se movía la profe, con sus piernas largas, mientras el compadre le tenía levantada toda la falda y le hacía sobas en su trasero, gueones.”
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Los morochos en ese momento no respiraron, sino que con sus ojos establecieron silencio.
Después del espectáculo de la escalera tuvimos que acercarnos a la sala de clases no sin antes recibir un grito de envidia del resto de los liceanos que, extasiados, deseaban tener esas dos horas con La Roedora. Sin embargo, el resto de los cururos se equivocaba. Porque no era lo mismo la profe sobre la escalera que dentro de la clase. Ella, sin darle mayor importancia a los incidentes, sin siquiera una mejilla roja, se concentraba en pro de la ciencia. Y entonces esos labios carnosos se transformaban en tedio y esos senos y piernas largas no eran más que cosas.
La Josefina Cortés mantenía a todos en silencio con rigurosidad. Ni siquiera el Arnaldo Letelier, con su matonaje y su presencia viril, la hacía retroceder en su cuerpo frágil. Ni siquiera El Gonzalitos con su temperamento fogoso y sus ojos que inducían a la morbosidad la conmovía. Sólo su mirada, a veces, se clavaba en la del aparentemente tímido Ricardo Velaslindo, lo que hacía presumir que a la hembra le atraían los hombres jóvenes, con pinta de intelectuales, ojalá muy callados.
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En las clases de la Cortés, y como sus prendas, del color que ella quisiera, eran públicas tras sus refajos, El Gonzalitos no atinaba a las diabluras de los espejos en el suelo. A socapa lo único que los cururos hacían era revivir el ardoroso sueño de verla desnuda algún día en medio de la sala.
Más aun, la profe de química era atlética y nunca se mantenía por mucho tiempo frente a algún asiento.
Rodeados de cifras y de búsquedas de la esencia, ella terminaba asfixiándonos y su falda diminuta se transformaba en un asco.
Cuando la Josefina Cortés bajó las escaleras al término de las últimas dos horas, y puesto que todos los nortinos aferrados a la rada del 79, estaban ahora atentos a la protesta para sacar a Iquique de la pobreza, la tracamundana decaía en los contornos.
Es decir, la hembra era como pan consumido y poco apetecido a posterior.
En las afueras del liceo se habían instalados cientos de banderas. Adentro, los estudiantes trataban por todos los medios de zafarse de El Loco Vallejos, quien vara en mano estaba como chancho en barro entreteniéndose con el alboroto.
El pequeño Raúl Matus, quien había, al paso de los años, potenciado su personalidad, era el que dirigía a los liceanos. El líder morocho estaba en todos lados. Alzaba la voz, seleccionaba a los cururos más altos para que encabezaran la marcha, buscaba a los más robustos para que cargaran muebles viejos y pesados como símbolos de la pobreza del puerto.
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Pero también los corpulentos tenían la misión de llevar tambores y neumáticos para -si la situación lo requería- levantar algunas barricadas en caso que los pacos entraran en violencia.
Matus tenía entrada y salida al establecimiento sin restricción por parte de los inspectores. Por lo tanto era el único que sabía lo que acontecía en las afueras del liceo. Cuando faltaban cinco minutos para salir a la protesta, subió diez peldaños de la escalera y lanzó su discurso final para ordenar a la turba: “ Liceanos, hoy es un día importante para nosotros. Vamos a salir a la calle a protestar por la pobreza de Iquique. Para que se acabe el desconcierto. Tenemos la obligación de elevar nuestra voz por la tradición de este liceo. La marcha debe ser pacífica, pero sin dejar de lado la fiereza de nuestras convicciones. Les pido a todos que asuman su responsabilidad con nuestro puerto. Afuera no estaremos solos, nos esperan delegaciones del Liceo de Niñas y grupos de mujeres de las poblaciones, que se han sumado a la inquietud por sacar del desamparo a los habitantes de este histórico lugar. Les pido a todos seguir las instrucciones. Deben salir en orden y allá en la calle vamos a dar a conocer nuestro recorrido. A la orden de tres, nos sumamos a la marcha. ¡Uno, dos.....y tres!”.
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Los estudiantes con banderas y letreros gritaron eufóricos: “¡Viva el Matus!” y salieron por aquella pequeña puerta enrejada que, por primera vez, se abría de par en par.
Agavillados pero a la vez aseriados, los morochos entre tropezones lograron salir a la calle. En los oscuros pasillos que daban a las oficinas de los profesores, La Roedora observaba a los morochos y mostraba el refajo, pero esta vez nadie daba importancia a su rostro libidinoso.
El rector Ricardo Garloza, con los brazos cruzados, como era su costumbre, vio pasar a la tropa sin decir palabras. Más allá, con ojos vivaces y vestido con buzo y zapatillas, el maestro Rasquinf, de educación física, parecía observar a los morenos con cierta admiración, recordando etapas de antaño. Pero lo que sorprendió más a los revolucionarios liceanos, fue ver con la agilidad poco acostumbrada de los lunes, al profe de artes manuales, quien asiduo a las parrandas domingueras siempre hacía su aparición los martes con los cuentos de los partidos de fútbol.
Jacinto Céspedes, sin embargo, estaba nuevecito y ayudaba a los cururos a cargar algunas banderas. El aturullado y a la vez bracintendido maestrito, corría de un lado a otro tratando de apoyar la marcha. Los morochos, quienes lo odiaban por dejarlos abandonados y a merced de las locuras del Loco Vallejos, olvidaron, por momentos, esos rencores y lo incorporaron a la protesta estudiantil.
El “hombre del barquito de madera”, como lo bautizaron algunos por enseñarles durante meses aquel miserable utensilio que luego serviría de cenicero, hizo su aparición en la calle Baquedano uniéndose a la euforia reinante.
En el frontis del liceo ya se había juntado alrededor de trescientas personas, y por las puertas del viejo edificio seguían saliendo los morochos con letreros y palos en las manos.
Los gritos comenzaban a repartirse por todos los contornos, y las mujeres de las poblaciones, junto al ex liceano denominado “El Choro”, quien ya tenía un alcance político en toda la ciudad, comenzaban a lanzar sus ya patentados gritos: “¡Mujeres con “El Choro”, adelante!”.....”¡Adelante!”, respondía el resto de las pobladoras.
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Jacinto Céspedes, buscando la simpatía del rector, y para que se olvidara de su acostumbrado San Lunes, consiguió un bombo y empezó a darle a la caja mientras otros cururos se aperaban de pitos y cornetas extraídas de la banda del liceo.
Escapando de su supuesta imagen amadrigada, Ricardo Velaslindo, ante la expectación de la muchedumbre y más aun de sus compañeros de curso, se abrió la camisa y con el pupo al aire, comenzó a mover las caderas siguiendo audaz ritmo tropical.
Los aplausos de la concurrencia no se hicieron esperar, puesto que el muchacho de la tez de leche las emprendió con saltos y contoneos hasta caer al suelo en una especie de catalepsia. Aquel espectáculo que se extendió por cinco minutos, entre risas y llantos de emoción, no tuvo mayor resultado que el acercamiento de Roberto Mamani, quien lo abrazó en un símbolo de armisticio.
Cuando el sol comenzaba a quemar las espaldas y la cantidad de manifestantes superaba ya las cuatro cuadras, el ex coronel y profe de matemáticas, Orozimbo Barbosa, bajó las escalinatas del frontis del liceo vestido con elegancia y con su típica flor en la solapa. Barbosa, puesto que no le gustaban las manifestaciones callejeras, emprendió rápida retirada mientras la multitud le gritaba con fuerza: “¡Futre!”.
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El Lucho Rojas se paseaba un poco alejado del gentío con un pan con pescado en las manos, echando por tierra las murmuraciones de haber dejado para siempre su merienda favorita. Pero como él no quería que el resto lo viera en estos menesteres, trataba de cubrir el alimento con aquel pañuelo húmedo mientras daba sus primeros mordiscos.
En medio de gritos y murmuraciones, cuando ya todas las casas colindantes al establecimiento estaban abarrotadas de banderas negras, Raúl Matus, quien se había conseguido un megáfono, se puso a la cabeza del gentío y lanzó su discurso: “Pongan atención. Desde este momento damos inicio a la marcha. Nos trasladaremos hasta la calle Zegers y de ahí en dirección al cerro, hasta la Escuela Santa María. Cuando lleguemos a Amunátegui, guiaremos los pasos hacia el Mercado Municipal. Dos vueltas daremos por ese recinto y cuando regresemos a Amunátegui, vamos a seguir hasta la calle Thompson. Hermanos, escuchen bien, desde esta última arteria retornaremos de nuevo hacia Baquedano, lugar donde debe finalizar la marcha. Es decir, la protesta culminará allí y no en las puertas del liceo. Deben saber ustedes que estamos autorizados para hacer uso de estas calles. Solicito cautela. ¡Viva Iquique!”
¡Viva!, respondieron los morochos.
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Los que escucharon con atención las palabras del Matus, se dieron cuenta que la caminata era larga. Por lo menos dos kilómetros en traqueteo, con un sol que ya a la una y media de la tarde comenzaba a transformarse en caldera. Pero los agavillados jóvenes del desierto apeñuscaban sus ideas en una sola meta: “¡Iquique nunca será caleta, mierda!”
Iniciada la caminata, junto al Matus se situó “El Choro”, Al otro extremo, dejando de lado su matonaje, se instaló Arnaldo Letelier. A su lado, Roberto Mamani, y junto a éste Ricardo Velaslindo. Todos entrecruzaron los brazos e hicieron una cadena para guiar a la multitud.
Cientos de banderas chilenas chocaban con las de color negro que flameaban en todas partes. Desde los balcones de las casas, modestas familias salían a saludar elevando sus chupallas. Y las que no tenían emblemas negros se las ingeniaban fabricando éstos con retazos de bolsas de carbón.
El Gonzalitos con sus botas de vaquero ahora un tanto entierradas, no iba a la cabeza de la marcha,. pero se las había arreglado para conseguir una corneta y avivaba a la masa desde todos los rincones. Gumersindo González, con su temperamento arrebatado estaba en su salsa, corría y saltaba y se sumaba a los gritos de la multitud.
Cuando los manifestantes llegaron a la calle Zegers, los que iban a la cabecera hicieron su primera parada para organizar a los restantes. Desde algunos puntos de la Plaza Brasil, lugar donde se ubicaba el retén de Carabineros, comenzaron a verse los primeros uniformados apilados entre los árboles.
Fue en ese instante que a algún moreno se le ocurrió gritar con fuerza huracanada: “¡El que no salta es momio!”
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Y el detonante que faltaba para entibiar a la multitud no se hizo esperar. Apeñuscados todos y tomados de los hombros iniciaron los atléticos saltitos. Y mientras más rápida se repetía la frase más acelerados eran los brincos.
Pero el sol que desconocía aquellos cuerpos a esa hora fatal, también hizo estragos en los estómagos. La fetidez, producto de gases reprimidos, en medio del alboroto comenzó a recorrer cada sitio de la marcha que ahora alcanzaba cinco cuadras de extensión. Y mientras los saltitos se hacían más violentos con los gritos, la hediondez pulverizó la tarde.
Entonces, como buscando un momento propicio para desenfundar sus apetitos gaseosos que los llevaba apretados durante toda la jornada, el Roberto Mamani abrió su boca disparando un flato que retumbó cual cañonazo en diez cuadras a la redonda.
Desde ese momento se produjo un silencio de sepulcro. Todos los manifestantes se miraron como babuinos y en medio de un beotismo generalizado, sencillamente dejaron de saltar.
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Roberto Mamani agachó su rostro en expresión de arrepentimiento. Pero cuando lo levantó, encontró la férrea mirada del Arnaldo Letelier, quien entendiendo el defecto del morocho atinó, esta vez, a lanzar furibunda carcajada.
Raúl Matus, comprendió que el cañonazo salido de la boca del guardaespaldas de Letelier había servido para mitigar los ánimos de la turba, y elevó el megáfono dando la orden de continuar caminando hacia la Escuela Santa María.
El murmullo de la gente duró varios minutos. En ese momento no se lanzaban gritos, sino que se comentaba el estrépito, del cual, por cierto, nadie entendió su procedencia.
Cuando llegaron a la calle Vivar, dos cuadras antes de la Escuela Santa María, asomó la primera trafalmejas. Era una solitaria mujer quien, parada en una esquina y al ver entre los que encabezaban la marcha, al máximo líder iquiqueño de la época, atinó, emocionada, a gritar con una voz poderosa: “¡Mujeres con “El Choro”!. Y luego, como retomando el ánimo perdido a raíz del cañonazo del Mamani, las cinco cuadras atestadas de cururos respondió al unísono: “¡AAAAAdelante!”.
En ese momento Raul Matus, dándose cuenta que la cosa se estaba yendo por otro lado, cogió de nuevo el megáfono y empezó a disparar: “Compañeros, esta marcha es por la dignidad de Iquique. Aquí no hay líderes, sino una ciudad que sufre. Por eso: ¡Iquique es puerto, las demás son caletas! ¡Iquique es puerto, las demás son caletas!”.
Esta última frase fue la que la multitud siguió repitiendo con fuerza haciendo emocionar hasta al más tragavirotes.
El profe de artes manuales, Jacinto Céspedes, se adelantó a la marcha y se puso a la cabecera con el inmenso bombo comenzando a darle a la cajita. La actitud de Céspedes produjo tal reviviscencia en la gente que, repitiendo la frase dada por el líder liceano, se puso a bailar y a dar pequeños saltitos. En aquel momento El Gonzalitos, quien había mantenido en silencio su corneta, dio inicio a una serie de ritmos que terminaron en cumbias y pasitos dobles. La multitud siguió las tocatas del profe y del alumno y la gran marcha se transformó en un carnaval al más puro estilo brasileño.
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Cuando pasaban por el frontis de la Escuela Santa María, y puesto que la mayoría de los profes se había situado en las escaleras del establecimiento para saludar a los estudiantes, un grito ensordecedor surgió desde el medio de la columna: “¡Chino gueooón!”.
Era el mismísimo Lucho Rojas, quien acordándose que años atrás el maestro Huang lo había ridiculizado nombrándolo “Mister Chuño”, no pudo contener su enojo al verlo parapetado en una de las ventanas del recinto. Rojitas, apretujando el húmedo pañuelo que le permitía secar su eterna mucosidad nasal, había adoptado un color rojo en su rostro cual gallo acalorado.
La ira del Rojitas acumulada por años, no tuvo mejor desahogo que aquel pasar por el frontis de la Santa María. Y, guardando un respeto por los salitreros caídos en esa escuela, lanzando al suelo un pedazo de pan con pescado que aferraba en su otra mano, se agachó y tras persignarse continuó gritando como el resto de los manifestantes.
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Ningún cururo, menos las mujeres del Liceo de Niñas y las pobladoras que seguían la columna, entendió la actitud del morocho del olor a fritanga. Sólo uno comprendió el ímpetu del Rojitas: Raúl Matus. Pero éste estaba en otra y guardó un profundo silencio a la vez que, megáfono en boca, continuó guiando a la muchedumbre.
Cuando la gran culebra de morenos dobló la calle Amunátegui y se dirigió al Mercado Municipal, hizo su segunda parada frente al monolito de los salitreros. Céspedes lanzó tres golpes en el bombo y Gumersindo González, corneta en boca, interpuso una melodía fúnebre. En ese momento, saliendo apresurado en medio del gentío, el Lucho Rojas, guardando su pañuelo humedecido en uno de los bolsillos del paletó, se instaló frente al sitio rodeado de flores y sacó su sapiencia de poeta salido de la miseria: “¡Iquique está aquí, hermanos, en este sitio. La historia está aquí. La sangre de quienes lucharon por días mejores. La sangre derramada está bajo estos cimientos. Y este es el ejemplo que debemos seguir. Hay que levantar a este puerto. Y como bien lo ha entendido mi hermano de estudios, el Raúl Matus, debemos luchar por reconquistar lo que fuimos. Pero esta lucha debe ser real y no con seres frangollones que ya nos han cansado. Lancemos un ¡Viva! por los que estuvieron aquí en tiempos pasados y porque seguirán eternos entre nosotros!”.
¡Viva”!, gritaron los que alcanzaron a escuchar las palabras del pobrísimo cururo.
Raúl Matus, en un arranque se sensibilidad más allá de su dureza de líder, dejó el megáfomo en otras manos y se dirigió al Rojitas apretándolo fuerte con sus brazos y dejando caer el sudor a la seca tierra del norte.
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Por otra parte, y como el momento era propicio para un cambio de actitud, el facundo Arnaldo Letelier, quien ya había caído en las manos del arrancapinos Matus, se unió a la ceremonia y estremeció con dos palabras al Rojitas: “Tú serás el hombre que resguarde, junto a nosotros, los intereses liceanos. Es un mandato de nuestro líder...¡Raúl Matus!.
¡Viva el Matus!, gritó la multitud.
En ese instante, con su corneta, El Gonzalitos inició los ritmos más alegres, para seguir la caminata que lo trasladaría cerca de la calle Thompson, donde se encontraban las grofas, amigas de él desde los tiempos en que decidió hacerse hervoroso.
Matus, retomando el mando y nuevamente, megáfono en boca, indicó: “¡Liceanos, vamos a dar dos vueltas alrededor del mercado, pero queremos hacerlo en orden. Este es un lugar sagrado. Respetemos a nuestros mártires. ¡Viva Iquique, mierda!”.
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Siguieron hacia el mercado y al llegar a la calle Sargento Aldea, dieron la vuelta y pasaron frente al Teatro Nacional, donde decenas de artistas lanzaron flores a la caravana. Por otro lado, los vendedores de legumbres pusieron en las manos de los liceanos tomates y lechugas sacadas de las chacras cercanas.
El espectáculo era único. Y mientras El Matus continuaba lanzando palabras por el megáfono, el gentío gritaba: “¡Viva el morocho chiquitito, paisanos!”.
Al escuchar esto, el moreno arrancapinos se subió a uno de los carretones de los puesteros y, entregando su ya considerada experiencia política, arremetió: “¡Aquí está el futuro de Iquique. Lo entenderán ustedes en el contexto de que somos las nuevas generaciones. Pero también, quienes no dejaremos que nuestro puerto se transforme en caleta, mierda!”
Los aplausos de la gente apostada en el mercado no se hicieron esperar, y cuando el sol caía como brasa a la tierra y el ambiente se transformaba en nauseoso, un petiso comerciante comenzó a lanzar agua con una manguera delgadísima. Los estudiantes, que a esa hora iban todos pachuchos, agradecieron al hombre que los había refrescado en plena caminata. Mientras todos levantaban los brazos en señal de bendición, gritaban al unísono: “¡Challa!”, dejándose mojar camisas y pantalones.
(62)

En la segunda vuelta al mercado las mujeres comenzaron a lanzar flores a los cururos, y en los techos del cochino lugar, cientos de banderas negras, algunas de telas y otras de papel, flameaban en señal de protesta.
Como las flores se estaban hacinando en el asfalto y otras eran pisoteadas por la caravana, el Lucho Rojas con su alma de poeta y su pobreza de alcantarilla, se arrodilló a coger algunas hasta lograr formar un ramo que mantuvo en su mano en todo el trayecto.
Una vez que la multitud recobra la calle Amunátegui, giró en dirección a Thompson dejando atrás el bullicio de los comerciantes. Gumersindo González, al darse cuenta que la columna emprendía rumbo a sus dominios, entregó la corneta a otro estudiante y se instaló, junto a los máximos líderes, a la cabeza de la marcha.
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El muchacho de las botas de vaquero, conocedor de aquellos rincones, al divisar los primeros locales con veinte meretrices, lanzó algunos gritos para que la muchedumbre los repitiera. El Gonzalitos, emocionado al máximo, casi al borde de la correncia, saltaba como las pulgas. Entonces, con los dos brazos en alto, buscando lucirse ante aquellas mujeres de faldas cortas y senos abultados, erguía su cuerpo como un verdadero líder liceano, seguido de las asombradas miradas del Matus, “El Choro”, el Letelier, el Mamani, y el mismísimo Velaslindo, quienes hacían de cabecera de aquella protesta que parecía interminable.
Cuando la columna giró por Thompson en dirección al mar, se encontró con cientos de locales nocturnos, uno tras otro, y que ahora de día lucían la fiera realidad que impone la luz solar.
Seres con arquitectura cenceña se parapetaban en las esquinas. Otros mostraban la crasitud de sus panzas y el rostro sin afeitar del trasnoche. Perros raquíticos y gatos hirsutos se hacinaban en las puertas. Hombres cojitrancos cerraban y abrían sus ojos.
En cambio las grofas que ya no eran veinte sino sesenta, saludaban a los manifestantes mostrando sus bellas piernas, caderas sobresalientes y blusas escotadas. Y en sus manos portaban banderitas negras, pequeñas banderitas hechas con retazos y tras el sacrificio de la noche.
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Una de ellas, al reconocer a “El Choro”, líder iquiqueño conocido en todos los rincones, incluso en los suburbios, gritó con voz aguardentosa: “¡ Mujeres con “El Chorito!”......”¡Adelante!”, respondió el resto de las meretrices, riendo a mandíbula abierta.
Y luego al reconocer al Gumersindo González, alzaron la voz: “¡Hola, Gumersindo!”. Y cuatro de ellas corrieron, refajos in situ, mostrando sus prendas íntimas de colores llamativos, y abrazaron al morocho y lo besaron en la mejilla dejando sus salivas repartidas por la boca.
Fue en ese instante que la extensa columna de cururos guardó silencio sepulcral. Los cientos de liceanos abrieron sus ojos con asombro. Y puesto que todos estaban acostumbrados a escuchar las aventuras hervorosas de El Gonzalitos, y un grupo minúsculo se las creía de verdad, éste había sido el momento en que todos se dieron cuenta que el morocho no era un mentiroso.
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Raúl Matus, llevándose de nuevo el megáfono a su boca, y tratando de ordenar otra vez a la multitud, ideó un nuevo discurso: ¡”Liceanos, hemos hecho un recorrido triunfal. Y ahora que nos quedan pocas cuadras para llegar al final de la manifestación, les pido que saquemos la voz y terminemos gritando: “Iquique es puerto, todas las demás son caletas!”.
Y los morenos fueron repitiendo la frase, con fuerza, transpirados por la jornada.
A medida que iban avanzando, ordenados, las meretrices, algunas metiendo las manos por debajo de sus faldas, otras arreglándose las medias, y la mayoría ordenando sus abultados senos, fueron quedando atrás mientras levantaban sus manos, despidiéndose, emocionadas, de la gran culebra de estudiantes.
El profe Jacinto Céspedes, quien había sido el único en atreverse a seguir la caravana de muchachos, se puso de nuevo a la cabecera con su pesado bombo y El Gonzalitos rescató su corneta.
Domeñable en su argumento, Raúl Matus, en reconocimiento al sacrificio del maestro de artes manuales, quien no contaba con la simpatía de los cururos por los constantes San Lunes, optó por hablar por el megáfono mientras Céspedes seguía golpeando con fuerza la cajita.: “¡ Liceanos, debemos hacer un público reconocimiento al profesor Céspedes, quien se ha sacrificado y ha creído en esta marcha. Quiero que todos ustedes, den un ¡Viva! al maestro Jacinto Céspedes, por seguirnos y confiar en la fuerza de la juventud!”.
¡Viva!, gritaron los morochos, que en ese momento trataban de olvidar las penurias pasadas en las manos del imbunche “Loco Vallejos”.
El hombre del barquito de madera”, continuó haciendo sonar con más fuerza el bombo, mientras El Gonzalitos lo seguía, sacándole ritmo a su corneta.
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El reconocimiento de los morenos entró al corazón de Jacinto Céspedes, porque posterior a la marcha nunca más se ausentó los lunes. Y lo que es más, jamás llegó cufifo y comenzó a entregar conocimientos no sólo en barquitos de madera que luego servían de ceniceros, sino que los morochos aprendieron electricidad y a hacer colgadores y camiones de raulí.
La caravana en medio de gritos y saltos desembocó en la calle Baquedano, cerca de la Plaza Prat. Matus, gritó: “¡Compañeros míos, hemos terminado esta exitosa marcha. Ahora debemos disolvernos e irnos a nuestras casas. Chile debe saber que Iquique se moviliza y que la juventud quiere cambios en su economía. ¡Viva Chile, Viva Iquique!”.
El Rojitas, quien no daba más con la mucosidad salida de su nariz, y puesto que traía su mísero pañuelo húmedo como si lo hubiese metido a un recipiente con agua, cansado por la caminata, sólo atinó a deshacerse de él y siguió secando sus orificios nasales con las mangas de su camisa.
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Me había olvidado por completo que esa tarde debía estar en la oficina del Padre Cristian. Sin embargo, cansado por aquella jornada, me dispuse llegar a casa para recuperar energías.
Fue grande la sorpresa al ver al mismísimo curita sentado en el living con su tradicional Pecos Bill y su camisa arremangada. Mi miró con la camastra acostumbrada y, changueando, me dijo: “¿Vienes cansado de la protesta, Mateo Linares?”.
Por supuesto que le respondí que sí, que la cosa había sido grande y que los estudiantes lograron éxito en la caminata.
-¿Y estás contento con eso?, arremetió el sacerdote mientras se aseriaba mirándome el ropaje sucio y mojado luego del agua lanzada por aquel vendedor de legumbres.
-Sí, estoy contento. Satisfecho, diría- le contesté con firmeza.
Cruzando sus piernas y tocándose los cabellos con hiperestesia, retomó el tema que le interesaba:
-¿Y tú crees que el Raúl Matus te puede dar una enseñanza para el futuro de tu intelecto?-
-¿Qué intelecto, Padre, de qué cosa me habla?, le respondí.
Y arremetió:
-¡Del que tú tienes, pues hijo, del que tú tienes. ¿Acaso no sabes que con las notas que has logrado puedes ser un gran científico, o un gran médico, que sirva a la sociedad del puerto?-
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-Matus, es un gran tipo, vive en la pobreza extrema y es capaz de conducir, con su intelecto, a las masas- contesté molesto.
Y continué:
-Es más, ¿cómo usted puede juzgar a una persona que, salida de la miseria, logra levantarse por sí solo?. Acaso usted sabe en las condiciones que conocí al Matus, en aquella casa fétida y llena de moscas, y luego lo encuentro transformado en un muchacho que se incorpora y defiende los intereses de una ciudad completa. No se da cuenta, usted, que éste sí es un ser que puede recibir alabanzas de Dios, porque ha sido capaz de superarse, es capaz de sentarse a la mesa con cualquiera que pretenda desafiarlo en un diálogo. Porque se ha culturizado a golpe de hambre y pellejerías. De qué intelecto me habla, cura, si aquí estoy conociendo el verdadero ejemplo de vida- terminé diciendo.
El sacerdote, sin entrar en lagotería barata, se levantó y miró al cielo del departamento. Y observándome fijo, sin naquerar más en los caminos seguidos, me abrazó diciendo:
-El Matus, es valioso. Dios lo bendiga. Y a ti también-
Cuando empezó a mover la pitillera y se acomodó el petral, entendí que el Padre Cristian, comenzaba a retirarse de estas canchas.
Antes que hiciera abandono de la casa, y guardando una actitud lo menos palurda, lancé mi última palabra:
-Padre Cristian, quiero que entienda que no hay nada malo. Lo visitaré en su iglesia-
El sacerdote, quien para sus adentros sabía que no me transformaría en pelagallos, respondió:
-Lo sé- y salió sin más perorata.
(69)

Un poco renqueando por el cansancio, traté de comer algo y luego salí al balcón. Como el típico papanatas, traté de concentrarme en los caminos que seguiría. El aire del mar a esa hora de la tarde traía el misterio de mis días, y con la soñera que entregaba el sol de aquel puerto en decadencia, utilicé cualquier socaliña para evadirme por algún momento de la conversación con el religioso.
Amadrigado, pero a la vez enhiesto en mis ideas, me puse a mirar a la gente que transitaba por debajo del edificio.
Como el departamento donde vivía estaba frente a la Intendencia, veía el movimiento de cada individuo que transitaba por ese sitio. Resguardado por carabineros en los cuatro costados, el antiguo edificio denotaba una presencia distinta.
Cuando me puse a mirar el oleaje cercano, resollando y buscando atrapar las travesuras de los cururos, comprendí que los acontecimientos ahora cobraban seriedad. Y mientras me mantuve en ese tabuco frente al Palacio de Gobierno Regional, entendí aún más que el camino que se aproximaba era revesado.
Pero, de todas formas, traté de sonreír con las salidas del Mamani y su regoldo constante, que alcanzaba cuadras a la redonda.
Bajo los contornos de la Intendencia, todavía transitaban morochos con banderas negras. Y puesto que estaba cerca el carnaval nortino, algunas muchachas portaban papelillos de colores que lanzaban al aire.
(70)


El puerto, dentro de su pobreza, mantenía a los arrancapinos pendientes de sus tradiciones. Y ese cerro inmenso que cubría a la ciudad como un manto negro, protegía a los pelagallos que llevaban a cuesta sus tristezas.
A tres pasos de la Intendencia, en la Plaza Brasil, palurdos hombres se reunían a dialogar la tarde, y con sus sombreros aun al estilo cuarenta, parecían no dar paso a los nuevos tiempos.
En el sitio se asentaba la Loca de los Gatos. Era el refectorio de aquella mujer rodeada de felinos hirsutos y malolientes. Más de diez animales rodeaban aquella figura babuina, alejada de la donosura, más cercana a la ignominia.
La Loca de los Gatos, con su fetidez constante producto de la correncia que caía a sus harapos, era la huesa misma, y los animales seguían ese olor a muerte que impregnaba la esquina completa.
Cuando la mujer de los felinos, con su panza al aire, se adueñaba del sitio, los parroquianos hacían fuga inmediata y la Plaza Brasil era el mismo peladero. Ni siquiera el hombre con más corpulencia hacía esfuerzos por sacar del lugar a aquel zorrillo humano, que entre el sol de la tarde, traía al imbunche a maltratar aún más el triste destino del puerto.
Una vez que el humanal ambiente volvía a la calma, la diminuta plaza se desperezaba. Y entre lo indefectible de las obligaciones, la ideografía del puerto con banderas negras volvía a cobrar actualidad.
El aire marino me mantenía alejado del aturullamiento. Y, buscando calmar las ideas, robando los minutos de esa tarde, veo pasar por un rincón de la plaza a La Roedora.
Con su paso atlético corre la Josefina Cortés, mientras su refajo brilla en la calle como un vidrio reflejado al sol. Y en los rincones los hombres la miran extasiados y sucumben al segundo. Hasta los cojitrancos, parapetados alrededor de los árboles, le hacen reverencias. La Roedora, con aquellas piernas morenas, robustas y largas, parece domeñable en la calle. Y la donosura que esparce se concentra en sus trancos atléticos, que hacen contonear sus caderas y emerger la concupiscencia de los machos.
Luego se pierde la profe de Química, en un boliche de mala muerte donde venden estampillas de correos.
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Pero Iquique es el puerto de la locura. Ahora se adueña de la calle El Chilenito, con cuatro viandas en cada mano. El hombrecito loco corre por las calles, con su imagen chañaquienta, leproso de ojos y patas de fierro. Corre y corre el haraposo botando baba por sus dientes cariados, y gritando, gritando ¡Hola, hola!, a los transeúntes.
Atraviesa la plaza El Chilenito, y no le importa botar la comida al asfalto. El corre por las calles, parece que el tiempo se le acaba. Su paso por la vida es rápido, sus pies son botas sin zapatos. También el hombrecito se embadurna de correncia, y en sus ojos la tierra es el harapo, terrible, miserable.
Cuando decido ingresar al departamento, mi padre, el pelao Linares, con cierta celotipia acostumbrada, consulta sobre el diálogo mantenido con el cura Cristian.
-¿Estuvo aquí el cura?- me dice.
-Sí, estuvo. Y dialogamos sobre cosas que a usted le interesan. Pero se fue, después de escuchar mis palabras- le respondo.
-¿Se puede saber qué palabras escuchó?.
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-No, no es posible. Es preferible que él se las diga- arremeto con voz pausada y rebelde.
Como el pelao Linares me conocía y sentía hacia mí un respeto intrínseco, no respondió y se limitó a coger el pesado teléfono negro instalado sobre uno de los muebles del living.
Ese fue el momento de emasculación misma entre las comunicaciones. Y, mientras mi padre hablaba con el cura, farabusteando los momentos de la tarde, comencé a escuchar con leve sonido, música de Los Gatos: “Caminando calle abajo, en un día de sol”, y me refugié como un empalagoso tratando de buscar silencios más extensos en mis días.
Nada ocurrió después. Parece que las palabras del padre Cristian dejaron satisfecho a mi padre, porque luego desapareció de la sala entulleciendo toda posibilidad de discordia.
Como en ese momento quedé solo en el living, fachendeando ser parte de un lote que quería cosas distintas para Iquique, comencé a sentirme facundo en arrebato y me pensé líder sin serlo.
En eso estaba cuando el pesado teléfono alza su sonido. Desde el otro lado del cable salta una voz que desconozco, y grita:
-¿Está el Pajarito?-
-Habla Mateo Linares- respondo.
-Contigo quiero hablar, puh guevón-
-¿Quién habla?- pregunto.
-Habla el Gumersindo González, paisano. Te estoy llamando de un teléfono de taxis. No tengo mucho tiempo, pero necesito verte-.
-¿Dónde estás?- repliqué.
(73)

-Me encuentro acá, debajo del edificio, en la Plaza Brasil, gueón-.
-Voy para allá-, le dije y me puse una parka, porque en ese momento el sol comenzaba a esconderse y la helada del puerto entraba a los huesos.
Como el hervoroso Gonzalitos a veces hacía bromas pesadas, me imaginé que quería invitarme donde las grofas y lo pensé dos veces antes de partir a su encuentro.
Pero el morocho de las botas de vaquero no era un gandul, sino un hombre que se las daba de ideático, por lo tanto decidí bajar los caracoles del edificio.
Lo encontré sentado en uno de los bancos de la plaza, con su camisa aún humedecida y entre sus pantalones, tierra acumulada y reseca.
Con hiperestesia, por cierto con la influencia del cura Cristian, entré en el hurguete de los detectives.
Pero mientras la tarde apagaba sus luces naturales, no fui yo el que hizo preguntas. El mismo Gumersindo González, lanzó su metralleta:
-Están presos, paisano-
-¿Quiénes?, pregunté impoluto.
-El Matus y el Rojitas-, respondió el morocho con voz liliputiense.
-¿Pero dónde están?-
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-En la cárcel. Los dos, una vez que finalizó la marcha trataron de sofocar los ánimos de los cabros, pero éstos igual comenzaron a lanzar piedras contra carros de carabineros. Y porque el Matus y el Rojitas se hicieron responsables de los desmanes, fueron golpeados con manos y piernas y están ensangrentados en la comisaría, paisano-
-Pero, ¿y qué están haciendo las autoridades del liceo?-
-No sé, pero me parece que La Roedora vino a parlamentar con los pacos-
-¿Será por eso que la vi hace media hora circular por la plaza?-
-Es posible-
-¿Tú crees que le prestaron atención a ella?-
-Y como no, paisano, si con esa pierna que muestra, hasta el más gueón se va en despedida-
-Y tú ¿dónde estabas cuando golpearon a los cabros?-
-Yo estaba con el maestro Céspedes, guardando los instrumentos-
- ¿Y qué hizo el profe Céspedes?-
-Lo que pasa es que todo fue tan rápido que no pudimos entrometernos. Pero cuando nos dimos cuenta de la situación, el maestro se comunicó de inmediato con el liceo, ¿entendí?-
-Ahora entiendo. Pero ¿Qué puedo hacer yo en este momento?-
-Invitarme a una cerveza-
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-En mi casa no se bebe alcohol-
-Como así, jetón-
-Es así, compadre-
-Entonces, convídame un café, paisano, y una plancha para secar la camisa-
-Eso sí, hermano, eso sí-
Al Gonzalitos, quien aún se encontraba nauseoso después de la agotadora jornada, y reafirmándole el nefalismo de mi casa, lo conduje al departamento enseñándole aquella moranza distinta al tipo de vida que él fabricaba.
Cuando el cururo planchaba su camisa, y puesto que todos sabían el número telefónico de mi casa en aquel puerto miserable, el rin rin saltó de nuevo, repentino, como payaso en la negrura.
Desde la otra línea una voz de mujer se introdujo al espacio. Era la palabra misma del onanismo, la despiadada manceba que naqueraba en el soledoso puerto de las banderas negras.
Cuando salgo de esa especie de lipiria, macuco como a veces solía ser, contesto entre pachucho y fortalecido, tratando de disimular el estremecimiento.
Era La Roedora, quien utilizando la única conexión con la civilización escuálida de Iquique, se atrevía a lanzar información sobre los cururos encarcelados. Sitibunda por el momento vivido, me dice:
-¿Hablo, con El Pajarito?-
-No. Habla con Mateo Linares-, le respondo.
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-No importa el nombre. Quiero decirte que los estudiantes ya están libres. Pero voy a ir a tu casa para complementar la información-
- ¿Por qué a mí?-
-Es que eres la conexión que tus compañeros dejaron. Debes entender-
En ese momento me sentí débil, y sin embargo, para lograr mayor energía le comuniqué la noticia a El Gonzalitos, quien terminaba de sacarle la humedad a su camisa
-Acaba de llamar La Roedora, González-
-No me digas- respondió sorprendido.
-Si te digo. Y viene para acá-
-No estís gueveando-
-Es en serio-
-Pero, ¿por qué?-
-Ella lo explicará en su momento, hombre-
Como le había dicho al hervoroso Gumersindo González, que el nefalismo en mi casa era de una sola línea, comenzó a servirse, a regañadientes, el café que le había preparado.
Al minuto, cientos, miles de cosas, pasaron por mi cerebro, pensando en el solo hecho que La Roedora entraría a mi casa.
Refunfuñando, El Gonzalitos tragaba el líquido café que parecía entrar en su garganta con malestar. Pero yo estaba en otra. La mismísima Josefina Cortés, con aquel refajo que escondía su prenda íntima y que medio liceo tenía la ocasión de ver cuando ella subía las escalinatas, ahora estaría, sin que yo lo buscara, en mi casa.
Ideando la forma de transformarme en un pequeño palurdo, traté de crear alguna socaliña para que el cururo hiciera abandono de la casa. Sin embargo, El Gonzalitos, dándome a conocer que estaba sitibundo, me pidió otra taza de café.
Entendí que el moreno socapaba sus deseos de quedarse en el living, tratando de hacer tiempo para ver a la profe de química. Y como el muchacho de las botas de vaquero era arrebatado, opté por no contrariarlo.
(77)

La reviviscencia había penetrado a mis venas. Y aun sin que La Roedora me haya dicho la hora en que golpearía la puerta, esperaba, imaginando una especie de tracamundana que no pararía hasta el fin de mis días.
El Gumersindo González tenía para ratos. Leía, cual hombre estudioso, la revista “Estadio”. Y como al “Rey de la Calle Thompson”, le fascinaba el deporte, dando una imagen de soledoso, pero ocultando el deseo de mirar más de cerca y en privado a esa diosa del deseo, seguía dando vuelta las páginas de la famosa publicación de la época.
Cuando me di cuenta que había pasado una hora después de la llamada, y viendo al cururo sumergido en la lectura, salí al balcón a tomar aire.
Al darme cuenta que el tiempo seguía pasando, y sitibundo por aquel momento que nunca imaginé se produciría, edificando la peor cara de aimara taimado, le lancé la bronca al morocho liceano:
-Compadre, creo que la profe no va a venir. Mira la hora, paisano, y creo que dentro de poco aparecerán mis padres-
-O sea, me estai echando, Pajarito de mierda-, respondió el hervoroso.
-No es eso, negro, lo que pasa es que estoy cansado y mañana hay que ir a clases. Quiero dormir un poco, me entendí-
-Te entiendo, pero que cuesta esperar un rato más-
-No sé, pero si tú quieres te puedes quedar hasta la hora que sea, yo le explicaré a mi gente, pero me voy a acostar, negro-
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Y El Gonzalitos, quien no aguantaba mucho tiempo en lugares como aquel tabuco, dejó a un lado la revista de deportes y se levantó del asiento.
-Es cierto, compadre, creo que La Roedora te engañó. No va a venir- sentenció.
-Creo lo mismo- respondí.
Por consiguiente, con movimientos sandungueros, casi lanzando fuego al piso del departamento, el cururo se despidió después simulando ser un tragavirotes.
Ideático, como el cura Cristian no quería que fuese, respiré profundo cuando sentí la soledad del departamento.
Comencé a poner discos diversos. El último lanzaba frases cálidas: “Reloj, no marques las horas”, con la voz de Antonio Prieto. Y cuando, in púribus de mente, me hallaba sacando y poniendo 33 rpm, en la puerta tres golpes ignotos, me sacan del abandono.
Dejando de ser impoluto corro cual gato en busca de su presa, y me acerco, minucioso a la puerta, y abro minucioso, y minucioso, dejando de ser impoluto, me encuentro con la mismísima imagen de la profesora de química.
La Roedora no era la misma que en las clases. La vi más alta. Y puesto que mi estatura no era de mayor alcance, la imaginé una mujer creada por alguien más allá de los límites de las manos. Y me pregunté: “¿ Cómo Dios fue capaz de dar forma a tamaña criatura del deseo?”.
Hombreando, más allá del arrancapinos que era, le di la pasada con la reverencia poco sabia del amadrigado que salía por mis poros.
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En tamaña circunstancia es probable que magnificara las cosas, pero jamás al departamento de mis padres había entrado mujer tan alta y esbelta. Y como en aquellos momentos la enseñanza inculcada parece asomar en cada rincón de la arquitectura, me puse rojo de puro sentir cerca mío ese olor a transpiración de hembra perfumada.
Aquel principio de onanismo fue interrumpido por el resollar de la maestra que, en ese momento, se acomodaba en el living mostrando sus morenas piernas tras el acostumbrado refajo.
-Los muchachos están bien, Mateo Linares- dijo con voz pachucha producto del ajetreo del día.
No respondí, como esperando que ella continuara moviendo esos labios rebosados de carnosidad.
Pero algo me inquietaba, cuando la tarde ya comenzaba a lanzar el fresco y helado aire marino. En cuestión de minutos me di cuenta del error de silenciar la música. Como yo tenía propensión al sonar de tripas cuando el hambre comenzaba a atraparme, empecé a apretujar las piernas y a moverlas en visible estado de desesperación.
La Roedora, al darse cuenta de mi palurda actitud, me miró con ojos fijos y atinó a decir: “¿Te inquieta algo, Pajarito?”-
-Nada, profe. Pero...¿Le gustaría escuchar un poco de música? O ¿Quisiera servirse alguna cosa, un café, por ejemplo?, expresé con movimientos rápidos tratando de meter ruido por si se me escapaba algún tripal sonoro.
-Si tienes algo distinto a café, podría aceptarte- sentenció la Josefina Cortés, con la soltura propia de aquellas mujeres de mundo.
-¿Usted se refiere a algún traguito?-,
-Si, me refiero a eso. ¿Y qué me puedes ofrecer?, Mateo Linares-
Sin demorarme mucho en la respuesta, y como a veces me consideraba un papanatas pero, además, en ocasiones especiales, un terrible camandulero, recordando a El Gonzalitos, a quien le había dicho que en esta moranza el nefalismo estaba en todos los rincones, me apresuré a indicarle: “Hay menta, whisky, soda, cinzano, etc.”.
La Roedora mirando en dirección al techo de la casa, hizo un gesto con su boca carnosa y señaló: “Que sea menta”.
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Olvidándome que mis padres llegarían en una hora, socapando el sonido de mis tripas y ostentando cierta miserable actitud de barman, me aperé de una bandeja y en una minúscula copa le traje a la profe su pedido.
-Tienes que estar atento a cualquier llamado, porque tu teléfono servirá para que tus compañeros se contacten en caso que haya más problemas con la protesta- indicó la Josefina Cortés, mientras movía sus piernas robustas y largas y dejaba ver su prenda íntima que ahora sabía era de color rosado.
Mientras de una pitillera sacaba un cigarrillo, cogió la copa y absorbió la mitad del líquido verde.
-Es probable que mañana la protesta continúe. O por lo menos se ocupará gran parte de las horas para hacer reuniones y evaluación de la marcha de hoy- manifestó con cierto relajo la ninfa del calor. Y mientras inhalaba y exhalaba el humo del cigarro, cogió la mínima copa y terminó la última mitad de la menta.
Con reviviscencia se levantó del asiento y se acomodó el refajo, mientras dejaba ver sus caderas asombrosas. Se acercó y me abrazó. Revesado para mis adentros, me dejé llevar por la acción y pude percatarme que mi cabeza le llegaba a la altura de los senos. Sentí su olor a mujer y luego ella se inclinó y me dio un beso en la mejilla. Pero como su boca era grande y gruesa, una parte rozó mis labios y dejó instalada su saliva olor a perfume y alcohol.
Después se dirigió a la puerta moviendo su trasero redondo.
Con la emoción acumulada se me había ido el sonar de tripas. Y puesto que había, disimuladamente, instalado canciones de Antonio Prieto, amplié el sonido de los boleros y me dejé volar con: “Blanca y radiante va la novia.... La sigue atrás su novio amante” .
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Iquique amaneció nublado y en las calles la humedad de la noche había dejado los rincones como recién aseados. Cuando salí al balcón del departamento, al frente, en la Intendencia, grupos de carabineros protegían el edificio. Como un tragavirotes, y puesto que ya faltaban veinte minutos para las ocho de la mañana, aun con cierta soñera, emprendí camino al liceo.
Percibí cierto ambiente místico en los rincones. Y como el puerto miserable estaba celebrando su carnaval, aun las serpentinas, challas y pedazos de globos se hallaban botados en las veredas.
Apencando y tomando en cuenta las palabras de La Roedora, en el sentido que debía estar atento a los comunicados de los estudiantes, opté por abrir bien los ojos por cualquier eventualidad.
Cuando me encontré con la calle Baquedano, mi sorpresa fue total al ver que en las afueras del liceo no había ningún cururo como era la costumbre. La humedad de las veredas comenzó a entrarme en los huesos y, aseriado en potencia, aceleré los pasos pensando que mi reloj se habría descompuesto.
Las puertas del establecimiento estaban abiertas y en el frontis ni un alma apeñuscada como en los días anteriores. Desde lejos se veía venir a El Chilenito, con sus patas de fierro haciendo retumbar el asfalto, y sus viandas vacías en busca de comida. Era la única presencia en esa mañana fría.
Cuando me atrevo a entrar al edificio, en el pasillo de los maestros veo a El Loco Vallejos, La Roedora, Jacinto Céspedes y al rector Garloza, paseándose de un lado a otro como tratando de descifrar algún misterio. En las paredes la pereza de un día que no quería comenzar, bailaba un bolero de trasnoche. Y la suciedad misma se mantenía como el día anterior.
(82)

Roberto Mamani estaba parado al lado de la puerta enrejada y al verme se acercó apresurado. Me explicó, aseriado y como un hermano común, que la cosa estaba mal. Y aturullado, tratando de contener sus endemoniados flatos, reseñó que la jornada de ayer no había contado con la simpatía de las autoridades, que seguían deteniendo cururos, y que a esa altura ya eran más de treinta los que se encontraban en la capacha en pésimo estado.
Cuando ingresamos al patio del liceo todo me pareció fantasmal, ya que el cabrerío, acostumbrado antes del toque de campana a reunirse en el frontis del antiguo edificio, ahora se situaba adentro, todos en silencio, apretujados como protegiéndose de una tormenta.
Con mi beotismo de aquel instante me incorporé a la manada inmóvil y, junto al Mamani, hice gala de aprendiz de revolucionario.
Una vez que logré culebrearme entre los cientos de morochos, me percato que los arrancapinos no estaban en aquelarre, sino que escuchaban en silencio al Raúl Matus quien, tratando de elevar la voz en medio del fuerte viento costero que entraba y salía del patio, buscaba hacerse escuchar por aquella multitud de morenos. Matus mostraba una leve herida en el rostro, y a su lado, el Lucho Rojas, apretujando en su mano un pañuelo nuevo, mantenía un parche grande cerca de la boca. Ricardo Velaslindo y Arnaldo Letelier, estaban situados detrás de los heridos, en silencio, con los brazos cruzados.
Como no escuchaba bien las palabras del Matus, traté de hacerme camino en medio de los sacrificados liceanos, que ahora habían adoptado rostros de toros en amanecida.
Ninguno de los apostados cururos denotaba alegría en la mirada. Ninguno tenía ojos agavillados. Eran la presencia misma de los aldeaniegos que venían de levantarse temprano para escuchar a su líder liceano. Pero dentro de todo esto, había una calma depositada en sus almas, la tolerancia y la impotencia confundidas.
(83)

Ayuso de la inmensa escalera del liceo, se encontraba el morocho Matus, con su uniforme viejo y zurcido. Sólo que al paso de los años, el cururo se había transformado en un verdadero líder del viejo caserón de madera.
Ahora tenía una visión más certera de las heridas en su rostro, y aun la sangre reseca se escapaba por debajo de la gasa. Al Lucho Rojas se le veía el pómulo hinchado por los golpes y, con su tenida que lanzaba a metros el olor a fritanga pasada, podía dar entendimiento que los pobres eran hidalgos en ese puerto de mala muerte.
En medio del resollar de los liceanos, la voz de Raúl Matus me llegó ahora con la nitidez que deseaba: “La jornada de ayer no ha sido mala. Pero el error de la autoridad fue incalculable. Todos los que estamos acá tenemos claro que nuestro brazo de lucha es por sacar de la miseria a este puerto. Por consiguiente, no nos vamos a prestar para luchar de igual a igual con la fuerza pública, por el contrario, los enfrentaremos con el derecho que impone la marcha pacífica. Por otro lado, debemos hacer entender a quienes tiraron piedras ayer, que los resultados de esa acción fueron nefastos. Sin embargo, no son muchos los violentistas, y como pueden haberse informado, tenemos más de treinta liceanos detenidos en la comisaría. Por esta razón, extenderemos la jornada de protesta y hemos solicitado formalmente a la autoridad, el derecho a huelga estudiantil. Es decir, a partir de ahora, estamos en huelga legal por tres días. Y el programa a seguir, será la inmediata toma del establecimiento y el preparativo para una manifestación multitudinaria que contará ahora con la participación de todas las fuerzas de la ciudad”.
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Luego de un amplio silencio casi sepulcral, de nuevo afloró el bullicio en el patio del liceo. Con la camastra acostumbrada de los cururos en franca determinación de seguir luchando por el puerto que se apresuraba a ser caleta, todo el alumnado gritó en un solo ruido: “¡ Huelga, mierda!”.
El rechoncho Loco Vallejos al escuchar los gritos que traspasaron las paredes de madera y saltaron a las calles, entró corriendo al patio con su vara famosa. Se abrió camino entre la turba y llegó a instalarse desafiante frente al Matus. Poco domeñable en sus decisiones, el líder liceano, frente a la multitud, le dijo: “¡Inspector Vallejos, con el respeto que me merece, debo decirle que la decisión de ir a huelga fue conversada con el rector del liceo. Por lo tanto, le sugiero que tome en cuenta el derecho de los estudiantes, y así usted será respetado!”.
El maldito burdégano miró al morocho arrancapinos con ojos saltones, y al darse cuenta que más de trescientos muchachos seguían, desafiantes, la acción, optó por alejarse de la multitud.
Desde el segundo piso, con potencia para cinco cuadras, se escuchó el Himno Nacional. Y mientras todos los morenos coreaban la canción, el Gumersindo González, quien se había encargado de poner el disco, izó una gran bandera nacional que se movía al compás del viento. Pero como el emblema tenía una extensión de cinco metros y pesaba, el muchacho de las botas de vaquero pidió ayuda para sostener el mástil.
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Ricardo Velaslindo, aprovechando cada momento, cada espacio que se vivía, y puesto que ya había patentado el bailecito tropical antes de alguna manifestación, se desabrochó la camisa y comenzó un espectacular movimiento de caderas que fue seguido por el resto de los morochos quienes, improvisando letra y melodía, gritaban: “¡Café, café con leche, uf, uf, bailemos por este puerto, uf, uf!”. Y era pues, en esta última sílaba tracamundana que, poniendo todo el ímpetu y fortaleza física, Velaslindo comenzaba a dar saltos y se lanzaba al suelo y luego giraba como un trompo ante la expectación de los morenos.
Pero ahora parece que el muchacho de la tez de leche se había tomado en serio el compromiso de los liceanos con el puerto. Y en un arrebato sin límites, comenzó a hacer saltitos dobles como siguiendo una melodía tanguera. Luego vino un nuevo girar de trompo mientras los enfervorizados arrancapinos seguían gritando: “¡Café, café con leche, uf, uf!”.
En ese momento un estruendo remeció las paredes de madera del liceo. Era el famoso flato del Roberto Mamani. Y como Ricardo Velaslindo tenía orgullo y no le gustaba que lo tomaran para la palanca, lo miró con fiereza y detuvo su baile. El fachendeoso Mamani corrió hacia él abrazándolo: “¡Lo siento, hermano, lo siento, tú sabes que yo te admiro, pero no me lo pude aguantar!”. Con esto último culminó el bullicio.
En la puerta de rejillas el rector Ricardo Garloza dialogaba con Raúl Matus. Con socaliña parece que la primera autoridad trataba de dar algunas órdenes al pequeño líder. Alrededor de ellos circulaban los otros profesores con sus carpetas en las manos y dispuestos a esperar las últimas decisiones de Garloza. La Roedora, en un costado del pasillo de los maestros, mantenía un acalorado diálogo con Orozimbo Barbosa, quien con los bigotes blancos y con su temperamento poco cercano a las manifestaciones, pretendía romper la huelga con una actitud sesgada.
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Arnaldo Letelier, casi seguro que ahora debía poner de manifiesto su facundo accionar y la destreza en disputas pugilísticas, comenzó a ordenar a los estudiantes, quienes hasta ese momento, y producto de las negociaciones con los mandamases del establecimiento, se mantenían dispersos.
Cuando la situación al interior del liceo parecía cobrar la calma, en un rielar sorpresivo, apareció el Lucho Rojas apoderándose de un micrófono abandonado en uno de los rincones de la extensa escalera donde había hablado el Matus. El morocho, quien tenía su pañuelo nuevo otra vez humedecido y sin poder masticar su merienda de pan con pescado por los moretones cercanos a su boca, parafraseando los versos de Ercilla, gritó: “¡Iquique, desierto, provincia señalada, en la región del norte famosa, quiere pan para sus hijos. Chile fértil, regresa la vista a tus hijos del norte. Trae la luz para sus días, trae pan para el mañana!”. Con el llamamiento del misérrimo poeta, los morochos volvieron a tomar fuerzas y levantaron sus brazos en señal de aprobación a sus palabras.
Los profesores, todos formados como escuadrón militar, se instalaron en el frontis de la puerta de rejillas, y una vez que la tracalada guardó silencio, la voz del maestro Rasquinf, bautizado como el “Cabeza de músculo negro” por su enfermizo acercamiento a hacer maratones sobre la negra arena de la Playa de Abajo, y quien, además, había tenido poca participación en las protestas, saltó al aire: ¡”Jóvenes, por orden del rector, hago uso de la palabra. Luego de diversos diálogos con el estudiante Raúl Matus, quien está al mando de estos movimientos, se ha resuelto apoyar la huelga por tres días. Deben ustedes recordar y jurar, tal como lo ha hecho el líder Matus, que el apoyo del profesorado se ajusta a las normas estrictas de creer en decisiones del estudiantado. Me refiero a mantener una huelga pacífica, y conservar el diálogo con las autoridades del gobierno, con sabiduría. 
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También se ha aceptado la toma del liceo. Pero, bajo juramento, hemos sacado el siguiente compromiso: cuidar el establecimiento por los cuatro costados. No violar las oficinas de los profesores, que se mantendrán, por lo demás, cerradas y con candados. Y por último, conservar intactos sus bienes. Junto a mis colegas, a partir de este momento vamos a hacer abandono de este lugar y nos reintegraremos a clases el próximo viernes. Es decir, desde este instante se contabiliza el primer día de huelga y toma!”.
Cuando los profesores se retiraron se escuchó un aplauso prolongado. La Roedora, con su trasero redondo y sus caderas sobresalientes, iba detrás de la fila de maestros, y los cabros en un arrebato de hervorosidad lanzaron su primera changueada: “¡Quédese con nosotros, profe....¡Aquí estamos para cuidarla!”. La Josefina Cortés, haciéndose la desentendida, guardó silencio y se perdió entre los pasillos de la administración.
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Raúl Matus, junto a Arnaldo Letelier y Ricardo Velaslindo, se dirigieron a la parte alta de la escalera con el propósito de informar a los estudiantes las estrategias a seguir desde ese momento. En un rincón de la puerta de rejillas, la crasitud y los ojos saltones de El Loco Vallejos, cual burdégano pleno de ira, dejaban sus últimas imágenes de espanto.
Cuando los tres estudiantes se instalaron para dirigirse a la multitud, desde la parte trasera del liceo, a pasos de los baños, cuatro rufianes petisos vestidos de uniforme en actitud desafiante, piedras en mano, intentan violentar a los morochos. El Matus, al divisarlos, hizo una señal a Letelier y éste corrió tras ellos. Velaslindo lo sigue y se incorpora a la cabalgata el Mamani. Entullecido el discurso del líder liceano, los díscolos cururos son doblegados mientras la multitud aplaude con ira.
Matus reinicia su alocución: “¡Antes de dar a conocer los pasos a seguir con la toma del liceo, debo expresarles a todos ustedes, mi desagrado por actitudes poco serias de aquellos estudiantes que pretenden conducirnos por la vía de la violencia. ¡Malditos sean!. Tengo la convicción que estos cuatro liceanos son los que ayer provocaron a la fuerza pública. ¿Cuáles fueron los resultados?: treinta estudiantes presos y golpizas. Los tenía semi identificados y ahora me lo confirman. Pero..¿acaso se han dado cuenta estos pequeños perversos que la irresponsabilidad nos puede acarrear tragedias? ¿Saben ellos que la violencia trae más violencia?. Entonces, deseo ser drástico con ellos. No los quiero ver en estos tres días de huelga. No los quiero observar dentro de ninguna de nuestras manifestaciones. Es más, ordeno que se marchen de inmediato a sus casas y vuelvan el viernes a clases!”.
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Como el líder liceano se había aseriado más allá de lo acostumbrado, Arnaldo Letelier junto a Roberto Mamani, estuantes por la situación, dieron órdenes para que los más de trescientos cururos hicieran una larga fila, por donde pasarían los repudiados morenos del vandalismo.
Cuando todo estuvo listo, mediante el sonido de una corneta, al más puro estilo de los fuertes del oeste norteamericano, Gumersindo González, quien había sido el de la idea del cornetazo, dio el vamos al acto de rechazo.
Los cuatro cururos, castigados para que dejaran de ser empalagosos en conflictos de tal seriedad, se aprestaron a caminar por aquel sendero humano mientras los estudiantes gritaban burlas preparadas sólo para gentuallas.
La caminata de los miserables morochos alcanzaba los sesenta pasos, y en el trayecto una lluvia de escupitajos comenzó a caer en aquellos rostros. Mientras más caminaban la saliva de los cientos de cururos fue cayendo por el uniforme, cabellos, bolsones de los impúdicos, ante la mirada del resto de los liceanos. Finalizado el vejamen, los arrancapinos echaron a correr estilando la fetidez de la saliva, que había salido desde la misma boca de la pobreza del desierto.
Matus, cual faraón, cruzado de brazos, esperó que terminara el festín para retomar su discurso. Facundo y rescatando los momentos perdidos por los acontecimientos recientes, continuó: “¡Todo castigo es mínimo ante la irresponsabilidad de algunos. Estos pequeños canallas pueden acarrearnos muertes, amigos. Es decir, debemos mantenerlos vigilados!”.
Hubo un silencio. Y luego los aplausos retumbaron los contornos de aquel edificio de madera antigua.
Y siguió: “¡Nuestra primera decisión será la siguiente. Dentro del liceo, una vez que se cierren sus puertas, deben permanecer no más de cincuenta alumnos. Es decir, los que se inscriban tendrán que pedir permiso en sus hogares, porque esta será su casa hasta el jueves. Me explico. Los que se queden tendrán que cocinarse aquí adentro y deben dormir las dos noches. Este martes, mañana miércoles y el jueves se entregará el local alrededor de las siete de la tarde. En perfectas condiciones. Repito, en perfectas condiciones. No debe haber desmanes. ¿Alguna pregunta?!”.
En medio de las cientos de cabezas cururas, un brazo se alzó como diminuto cactus entre la soledosa geografía del desierto: “¿De dónde sacamos comida?”, gritó el paisano con voz pachucha.
-Buena pregunta- dijo el Raúl Matus, quien a esa altura de la jornada con tanto ajetreo, su camisa zurcida con hilos de distintos colores, comenzó a abrirse dejando ver parte de su cuero moreno. Y prosiguió: “¡No habrá problemas con la alimentación. Algunas instituciones nos han ayudado y hemos recolectado paquetes de arroz, fideos, pan, mantequilla, pescado enlatado, etc. Esta tarde vamos a conseguir algunas cocinillas a parafina. Por lo tanto, aquéllos que son buenos para el mastique no pasarán hambre. Deben traer, por supuesto, sacos de dormir y algunas frazadas. Cuando termine de dar las últimas instrucciones, los que quieran inscribirse lo harán con Ricardo Velaslindo, y el resto debe irse a sus casas. Nos encargaremos de poner carteles y banderas negras en todas las ventanas del liceo. Pero, ¡un momento!, esta tarde, a las siete, todos los estudiantes deben reunirse en la Plaza Condell, donde se hará una concentración con todas las fuerzas vivas del puerto. Mañana y el jueves, desde las diez, saldremos marchando hacia el centro de la ciudad. Deben saber, quienes se queden dentro del liceo, que nadie podrá salir a la calle, queda prohibida estrictamente toda salida a la calle....¡Eso es todo!”
Los morochos aplaudieron saltando.
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Sintiéndome casi liliputiense, y tratando de acercarme a la puerta de rejillas, naquerándome sobre los próximos episodios y pensando a ratos en los dichos del cura Cristian, en medio de esa mañana húmeda y nauseosa de pestilencia pesquera, pensé en descolgarme de los movimientos estudiantiles.
Asaz manoseado por cada minuto que se vivía en ese claustro, ayuso de la sombra producida por las escaleras que daban al segundo piso, me protegí de la turba.
Sin embargo, el Matus me había sacado la película desde hacía ratos, y caminando a prisa se acerca y me dice: “¡Pajarito, tú debes cumplir una de las misiones más importantes de nuestra huelga!”.
Al escucharlo con tanta determinación se me llegó a remover el petral, y poniendo cara de papanatas, respondí: “¡Tú crees?”.
-Sin duda, sin duda- reafirmó.
-Como así-, le recargué.
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-Pon atención. Hemos pensado que, como tú tienes teléfono, serás el punto de contacto con todas las manifestaciones. Es decir, si algo nos ocurre, tendremos que comunicarte a ti para que hables con las autoridades del liceo. Por lo tanto, te sugiero que no participes de ninguna marcha. Tampoco debes estar aquí dentro del establecimiento. O sea, te queremos en tu casa. Como si te tomases unas pequeñas vacaciones. ¿Qué dices, morocho?- señaló casi como pensando que me estaba regalando tres días sin ir a clases. Sin embargo, como nunca me consideré bobitonto, supe desde el principio que la responsabilidad que me daba el líder liceano, era de gran peso.
-Estoy de acuerdo- le señalé y el Raúl Matus me abrazó con fuerza mientras resollaba en medio del griterío de los morenos del desierto.
Esa fue la última vez que vi a Matus en persona.
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.........


El viejo puerto vivía el carnaval contraponiéndose -inocente- a la lucha emprendida por los estudiantes. Por primera vez en Iquique se realizaba esta festividad en el mes de marzo. En consecuencia, la sandunga que provenía de una férrea influencia peruana, ahora se introducía con más fuerza por el atraso. Comenzaba con las ingrávidas challas que las damitas lanzaban en el cabello de los varones. Estos minúsculos papelillos que se adherían a la cabeza simbolizaban el romántico inicio de las fiestas. Pero en los rincones más aciagos del puerto, aquéllos se transformaban en harina que, entusiastas, las muchachas lanzaban al rostro de algún descuidado transeúnte. Otras, más audaces, betún en mano, embadurnaban el rostro a algún morocho con socaliña.
En la extensa avenida Balmaceda se concentraban las fiestas nocturnas. Y frente al imponente océano, las bandas tropicales iniciaban la sandunga. Las mujeres, con sus mejores vestidos que proponía la pobreza, salían a menear sus sobresalientes caderas.
La gente emergía de todos los rincones y, sitibunda de risa para aplastar la miseria, se dejaba llevar por la histeria socapando la tristeza. En un principio la fiesta mantenía la belleza romántica. Las serpentinas volaban entre las palmeras y los dientes de las mujeres, blancos como la leche, brillaban con la luz de la luna.
Las damitas con sus refajos buscaban, hervorosas, algún morocho que quisiera salir, por un rato, de la miseria. Y los cururos aplastados por los años y la vejez temprana, sin un centavo en los bolsillos, parecían hacerse los desentendidos. La soledosa ciudad se iluminaba en la avenida, y cubría los espacios con cuetes y petardos y pistolitas lanza agua.
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El carnaval comenzaba.
La tracamundana se introducía en las casas pero muchos pampinos, golpeados por la historia infecunda, se atrincheraban en sus camas de madera apolilladas.
Nadie entendía con claridad aquellas luces que salían desde la pobreza. Porque la áspera decadencia de las costas iquiqueñas, hablaba como a dos voces.
Llevando a cuestas todo el martirio de las noches sin pan, hombres y mujeres se parapetaban de la muerte. Pero otros grupos, buscando alegría en hilachas, con terqueza inaudita, se instalaban en la avenida.
Todo era olor a perfume en esas noches. Y el aliento del mar, a veinte pasos, era la lluvia nunca vista en el puerto. Los tragavirotes se transformaban en seres de risa amplia, y las muchachitas en la presencia misma del sol en invierno.
Nadie escapaba de ese carnaval que comenzaba con challas y serpentinas y globos y paletas de colores. Pero al otro día cambiaba la belleza del romance. Todo era harina y betún. Y la risa de la gente se opacaba cuando algún pampino revesado, escondido tras las palmeras, bañaba en agua con excremento a algún parroquiano sin antes gritar: ¡Challa!.
Sin embargo, como en los primeros días de fiesta el agua era limpia, las muchachitas optaban por usar trajes de baños, porque sabían que serían mojadas todo el día.
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Juan Alberto Tenorio, rufián pampino que gustaba usar grandes vestimentas y elegantes corbatas francesas llegadas en los barcos, era despreciado por todo el edificio. Usaba perfumes elegantes y de aromas que impregnaban cuadra entera, tratando por todos los medios de sacarse el olor a tierra del desierto.
Tenorio, siempre llegaba a su departamento a las seis de la tarde sin conocérsele trabajo alguno. Y como se sabía observado, hacía ostentación de sus atributos que eran míseros a sus cincuenta años. Pero, en medio del holocausto de los iquiqueños y la búsqueda de una pronta salida de la pobreza, el hombrecito se las daba de tragasantos. Sin embargo, nadie en los dos edificios donde yo vivía, dejaba las habladurías que el hombre de las corbatas elegantes y el perfume arranca hediondez de pampino, era un rufián.
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Por esta razón Juan Alberto Tenorio no contaba con la simpatía de su vecinos. Además, quienes vivían cerca de él, comentaban que en su departamento se escuchaban alaridos de hombres y mujeres, lo que daba a entender, según la visión del iquiqueño pobre de esa época, que el hombre era un pornográfico en potencia. Más aun, algunos lo relacionaban con el mismo demonio.
En el frontis de su tabuco, los cururos de cinco a seis años, inducidos por sus padres, ponían velas en señal que allí se encontraba el mismo satanás, y cuando Tenorio llegaba lanzaba retartalillas que siempre estaban relacionadas con iras hacia sus vecinos.
En consecuencia, Juan Alberto, el hombre misterioso y elegante, era el punto fijo de las travesuras, más allá de la ley, en ese carnaval del todo aguante.
En los pisos del edificio, sobre todo en el quinto, que era el último y el más alto en toda la ciudad deprimida, donde todavía no había ningún televisor, y el que lo tenía cobraba la entrada para ver una película miserable que llegaba con mil rayas y apenas se podía observar el rostro de los protagonistas, se apostaban muchachas con jarras llenas de agua para esperar, challa y fiesta, sobre todo, al rufián del Tenorio.
El carnaval cobraba una forma distinta al segundo día. Y el romance de los papelillos se atragantaba en la noche anterior, donde las muchachas ponían sus ojitos en los muchachos que le caían en gracia, y las damas mayores, refajos recién sacados del lavadero, pretendían reactualizar sus piernas morenas y poco ejercitadas por la depresión, en el sexo. Ahora todo era agua. Nadie podía salir a la calle sin ser mojado, y quienes tenían que cumplir un horario de trabajo, de los escasos en el puerto de la hediondez, debían salir a la calle mirando con ojos hasta en las espaldas.
Entonces, sin percatarse del odio que la gente le tenía, esa tarde Juan Alberto Tenorio, con su mejor tenida, aparece cruzando la esquina del edificio. Y cuando llega a los peldaños próximos a su departamento, veinte baldes de agua caen desde el quinto piso estropeándole el traje francés y el olor a perfume caro que siempre molestaba a los vecinos, sobre todo a las mujeres que creían que la pobreza debía mantenerse con el olor a piel natural.
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Para colmo Tenorio usaba sin que nadie se percatara, peluca. Por esta razón, más que la vestimenta cara que había quedado bañada, al rufián le preocupó su calvicie que quedó a la vista del vecindario, y con la terqueza de quien quiere ser joven eterno, se puso a llorar con la impotencia que jamás se le había conocido.
Cuando trató de incorporarse, mientras gritaba llamando a los carabineros que estaban frente a aquellos colectivos, un vendaval traducido en cientos de globos con agua de alcantarilla y huevos cae sobre su cabeza. En ese instante el hombrecito, muerto de espanto, arrancó con su calvicie al aire logrando penetrar a su tabuco.
Desde ese momento Tenorio nunca más fue tratado como un rufián. Las mujeres al verlo con aquella pelada brillante, dijeron que el demonio había desaparecido, y que el hombre al natural parecía un simple intelectual que nada tenía que ver con las habladurías de los soledosos iquiqueños.
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Pero el carnaval continuaba.
Estaba sólo en su segundo día. El tercero, tenía que ver con el llamado “Día de los Picados”. Esas jornadas eran sólo para los que se atrevían a desafiar la tormenta de la calle. La gran mayoría de los iquiqueños, en ese momento se guarecía en sus casas. Es decir, dejaban campo libre para que los mafiosos del agua y el excremento se adueñaran de las calles. Nadie, cual dictadura, se atrevía a asomar el rostro por las ventanas. Era la misma tenebrosidad simbolizada en los picados, aquéllos que salían a buscar seres odiados durante el año.
Los camiones se asomaban por las calles cual mafias de los años cuarenta en los espacios del Chicago norteamericano. La fuerza pública no se establecía en las calles. Era el respeto tradicional del puerto en decadencia, donde la reviviscencia maldita lo permitía todo, hasta la misma muerte de algún paisano, en pago por sacar del letargo al puerto en desmedro.
En medio de este escenario, los camiones por los cuatro costados de Iquique se asomaban con sus identificaciones propias. Algunos mostraban rostros de piratas, otros dibujaban efigies de meretrices con piernas abiertas a la esperanza; muchos rayaban sus contornos con palas y picotas de los pueblos salitreros.
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El Día de los Picados no se podía comprar en los almacenes. Y como el puerto traía a la gente en hambruna, el carnaval comenzaba a ser odiado por los habitantes, quienes día a día, contaban con el fiado para poder subsistir.
Los camiones lanzaban, mediante mangueras a presión, la mierda de los cururos. Cuando se encontraban dos vehículos de bandos distintos, se trenzaban en peleas donde más de algún paisano terminaba con la cara reventada en sangre.
En las avenidas la pintura y hediondez de los huevos hueros se adueñaban de los espacios, y a diferencia de alguna protesta pública en favor del renacer del puerto, contaba con la venia de los uniformados que decían que las tradiciones había que respetarlas. La sangre confundida con la pintura se trasladaba por los cimientos y corría por las calles ante el espanto de los escasos transeúntes que regresaban del trabajo.
El último día del carnaval era odiado por todos los habitantes del pobrísimo puerto. Y las hembras secundíparas que salían a buscar la tercera oportunidad del placer, mostrando sus culos robustecidos por la mano de Dios, terminaban maldiciendo la llegada del Día de los Picados.
Pero algo hacía que toda esta jornada se mostrara atractiva ante los morochos viejos y jóvenes: el mismo deseo de botar la miseria, unida a la locura de quienes buscaban una muerte socapada.
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Armando León, con su cara negra quemada por el desierto, y quien había trabajado en varias salitreras muy cerca de los futres, jactándose de los logros obtenidos delatando a sus compañeros que se quejaban del mal trato de los patrones, era quien comandaba uno de los camiones del Día de los Picados. Pintarrajeado el vehículo con palabras como “Salitreros en busca del poder sangriento”, lanzaba no sólo huevos podridos, sino que el mismo ácido a quien se le atravesara por el camino. León, émulo de futre y loco, buscaba cual fascista, un desquite en la historia a costa de los inocentes que caminaban por las calles. El palurdo peón de salitrera, creyendo ser superior a todos los que habían trabajado en esos terrosos sitios, a quemarropa lanzaba el ácido mientras reía gritando: ¡Challa, mierda, mueran los miserables!”.
Quinientos iquiqueños fueron trasladados al hospital con quemaduras.
Esta era la forma de terminar el carnaval del puerto. Pero en medio de toda la perversidad de la tradición altiplánica, las mujeres en dicotomía guardaban cierta alegría cuando llegaba la fiesta, casi pensando en volver a encontrar la alegría reseca por los años, en ese lugar que en una época había alimentado al país completo.
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El mandato del Matus me había calado hondo. Opté por refugiarme en la casa para iniciar los contactos con los cabros. Esa tarde el teléfono se mantuvo ocupado como nunca antes. Por consiguiente, sin salir de la casa, me enteré de todo el accionar de la huelga. Refunfuñando, a veces, porque no tenía tiempo de escaparme al baño, entendí que mi tabuco se había transformado en el mismo cuartel general de los estudiantes.
De acuerdo a los últimos informes, los cincuenta cururos que se quedaron dentro del liceo, se las habían arreglado para poner letreros y banderas negras en todos los ventanales. Por otra parte, siguiendo los poco domeñables mandatos del Matus, designaron a un morocho regordete y alto, cuya crasitud era respetada por el resto, para que se hiciera cargo de la llave de entrada al establecimiento.
Con todas las informaciones que llegaban me afloró el entusiasmo y decidí pegarme una escapadita al liceo, sin antes dejar encargado el teléfono a mi hermano mayor. Y como en las calles del viejo Iquique, el carnaval estaba haciendo estragos, comencé a correr para escapar de los bombardeos de globos con agua y bolsas de harina.
En las cuatro esquinas del liceo se habían apostado carabineros con metralletas al hombro, y en el frontis de la Intendencia, vehículos lanza agua protegían las dependencias. Cuando me vieron correr los uniformados pusieron atención a mis movimientos, pero luego se dieron cuenta que se trataba de un arrancapinos indefenso y se hicieron los desentendidos.
Al instalarme frente al liceo me percaté del enorme espectáculo. Los macucos no sólo habían instalado banderas y carteles, sino que se las habían ingeniado para fabricar un inmenso muñeco negro, haraposo y flaco, que representaba la pobreza, la indecencia y el desamparo del puerto.
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El ambiente era de moranza y sandunga al mismo tiempo. Por los contornos los muchachos bailaban canciones diversas, y entre las palmeras de frescos dátiles amarillos, instalaron parlantes por donde salía la voz grabada del Ricardo Velaslindo: “¡Iquique es puerto, todas las demás son caletas. Unete a nuestra protesta!”
Por ningún lado se divisaba la imagen del Raúl Matus. Tampoco logré ver a Letelier, al Mamani y al Lucho Rojas. Pero en uno de los rincones, corneta en boca, el Gumersindo González lanzaba sonidos desde su instrumento y daba ambiente a la jornada. Para que no me viera traté de refugiarme detrás de las palmeras, y cuando me di cuenta que el muchacho de las botas de vaquero, que ahora llevaba cubiertas de tierra, caminó hacia otra esquina, logré salir del escondite.
No eran más de sesenta cururos los que se encontraban frente al liceo, mientras el resto se preparaba para la jornada de la Plaza Condell. Pero por las ventanas las cabezas de los morenos se divisaban como marcas en el desierto. Levantaban brazos y entregaban la energía que requería la ciudad para salir del abandono.
Como siempre, donde estaba la jarana, se acercaban los locos tradicionales del puerto, El Chancho, con su fetidez de correncia trasnochada, y cientos de moscas persiguiendo su arquitectura, con cuatro tarros choqueros, dormía la mona eterna del hombre que espera la muerte.
Un poco más allá, portando banderitas de papel, El Chilenito, con sus patas de fierro y la negrura del chuño incrustado en los dedos, con su risa de cuatro dientes cariados y la pobreza impregnada en su mirada, bailaba una cueca en apoyo a los estudiantes. En ese instante se hizo presente La Loca de los Gatos, con su hediondez a muerte que traspasaba cuadras a la redonda, traqueteando con sus felinos hirsutos y chañaquientos. Y como la fetidez de la mujer rechoncha amparada en la locura, doblegaba a la de El Chancho, la cuadra quedó vacía. Todos hicieron abandono del sitio, quedando sólo los morochos que gritaban desde las ventanas.
Aproveché ese momento para volver a casa, cuando la luz solar comenzaba a fugarse y las sombras de las palmeras se reflejaban en el suelo. En los contornos, en el ambiente, había ausencia de vida. Y naquerándome sobre los resultados de la huelga, traje de nuevo al cura Cristian con sus lagoterías constantes.
Pero, sin embargo, por mi cuerpo comenzó a surgir cierto espanto por la etapa que estaba viviendo, Y en medio de la humedad que ya estaba subiendo por las calles, traté de recordar los instantes en que conocí a los dos “Mister Chuño” de la Santa María.
Con cierta lipiria, que fue penetrando a mi piel como sinónimo de algún presagio, no pude entender cómo los dos cururos habían vuelto a aparecer en mi vida de estudiante.
Antes de llegar al edificio donde vivía, me detuve a analizar los hechos, sin ocluir los más mínimos detalles. Y la nebulosa del puerto extendía su brazo soledoso, mientras algunos salitreros con sus sombreros tristones se aprestaban a refugiarse en sus casas como esperando la muerte.
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Me senté en los primeros peldaños de aquel colectivo antiguo y traje a mi mente la casa del Raúl Matus, aquel conventillo de Barros Arana, con su piso de tierra y la hediondez a mierda saliendo por los cuatro costados. Traje a mí los cuadernos prestados por el morocho con su sebo en las páginas. La casa, aquella moranza que abrigaba al actual líder liceano y que él amaba como a su alma misma. La mesa con su mantel de moscas y el patio donde los fierros y las maderas de retazos se hacinaban en los rincones. Las gallinas y los patos, flacos y de alas caídas, aparecían de repente mostrando sus ojos de hambruna y desesperación.
Había compartido con el Matus una tarde completa, en ese conventillo donde las meretrices llegaban con sus clientes cufifos a continuar la jarana. Y los hombres que circulaban por sus pasillos eran gentuallas que no tenían trabajos conocidos. Aquella tarde el moreno, que en ese momento repartía garabatos como metralleta, me había dicho que él amaba esta pobreza, pero estaba cansado. En medio del bullicio de las grofas que iniciaban la sandunga a las cuatro de la tarde, de acuerdo a los clientes que cayeran, farabusteando cada minuto de su vida, me había mostrado su mirada inteligente y penetrante, como diciendo que él cambiaría el rumbo de las cosas. Pero como, en esos años, yo no ponía atención a ciertas cosas relacionadas con el destino, dejé pasar aquel momento que tenía mucho de presagio.
El caso del Lucho Rojas era distinto. El camandulero de esa época, con su fetidez a fritanga de pescado pasada, y con aquella eterna mucosidad nasal, nunca cambió su espíritu. El Rojitas era un poeta que llevaba la tragedia misma encumbrada en sus hombros. Siempre fue alto y delgado y las palabras fluían de su boca con la reverencia de los poetas que salen de la tierra, sin academias, a cantarle al mundo. Pero él siempre llevó el castigo del Chino Huang en su cerebro, no pudo salir de aquella vergüenza que el asiático le había impuesto. El vate pobre de alcantarillas, quedó con el resentimiento de los que sufren y no pueden gritar.
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Aquel muchacho de los panes con pescado vivía en lo más apartado del puerto. Su población era la última edificada sobre aquellos tierrales, y su casa construida con retazos de madera, era de tres piezas donde su padre, un triste y lejano pescador artesanal, abastecía de ese producto todos los días del año. Por esta razón el morocho ardía en su vestimenta con ese olor a mar que llevaba impregnado en los poros. La población, triste por todos los contornos, tenía calles de tierra y su gente para eliminar la polvareda de los días, con pequeños baldes lanzaba agua que luego se transformaba en émulo de piedra dura. Y los gatos y perros se peleaban los espacios, cuando el Rojitas salía a barrer el espanto de la pobreza. El muchacho de las legañas como banderas flameando, quería ser patrón de pesca, y por eso estudiaba como lo hacía ahora y trataba de ganar los espacios que la sociedad le robaba. Pero El Rojitas sufría por dentro, y de lo cenceño que era trataba de salir, con cierta camastra, de aquello que lo tenía aprisionado al tormento.
Los dos muchachos habían quedado insertos en mi mente, pero jamás pensé que me los encontraría en esta vuelta de la vida. Me parecía todo como un presagio.
En eso estaba cuando una mano se posa sobre mis hombros. Al levantar la vista me encontré con el rostro de Juan Alberto Tenorio, quien ahora lucía su brillante calvicie que le había ganado el acercamiento de todo el vecindario. Ensimismado como me encontraba, pensando en los dos cururos que se habían atravesado en mi vida, el hombre de la vestimenta impecable, rufián pampino de los que callan sus maldades, con sus pasos lentos y mirada socapada, me dijo: “¿Se encuentra bien usted, amigo Linares?”.
-Sí, señor Tenorio- respondí.
Y el rufián que escondía secretos en su departamento que aún no habían sido descubiertos por los vecinos, se alejó con pasos cansados hasta perderse en el caracol del primer piso.
Con reviviscencia recordé que había dejado el teléfono en manos de mi hermano mayor, y puesto que ya la oscuridad se adueñaba de los espacios, tratando de escapar de cierta soñera que me estaba circundando, me encaminé al departamento.
Sobre la mesa de comedor me había dejado tres notas. Cuando las reviso encuentro que dos de ellas eran llamados de La Roedora y El Matus, y en la tercera se explicaba que Letelier y el Mamani vendrían a la casa a las 8 de la noche. Como le había dicho a El Gonzalitos que en mi moranza se practicaba el nefalismo en todas sus dimensiones, guardé las botellas que pudieran dar oportunidad a que los cururos se sublevaran.
Cuando miro mi reloj pulsera me doy cuenta que faltaban cinco minutos para los ocho, es decir, la concentración de la Plaza Condell estaba en plena ejecución. Y fachendeando que los cabros me buscarían a mí y no al teléfono negro que mi padre había instalado en momentos en que en Iquique no se usaban esos aparatos, traté de concentrarme en los movimientos estudiantiles y dejé atrás los pensamientos negros que a veces se adueñaban de mi empalagosa personalidad.
No fue mucho el tiempo que tuve que esperar para que golpearan la puerta de calle.
Sorpresivamente aparece el Arnaldo Letelier con su estatura impresionante. Me pasa su mano y luego recibo un golpecito en el hombro. Detrás de él, Roberto Mamani, con cara de gandul e hirsuto por la jornada, me muestra sus dientes en una sonrisa limpia de amistad y tratando por todos los medios de aguantarse los flatos que siempre lo mantenían afligido.
Al observar de nuevo sus rostros y luego de ofrecerles asiento, me doy cuenta que ambos adoptaron una personalidad aseriada.
-Tenemos problemas, Pajarito- arremetió Letelier con voz ronca y denotando preocupación.
-¿Por qué?- respondo, mientras observo a Roberto Mamani que trata de taparse la boca para evitar los gases. Y puesto que lo que menos hubiese deseado es que el morocho me faltara el respeto, le dije:
-Mamani, si quieres lanzar un flato, ahí está el balcón, pero aquí no, ¿entiendes?-
-¡Bueno, no nos desconcentremos, muchachos!. Te estaba diciendo que tenemos problemas y te los voy a explicar. La concentración que acabamos de realizar fue un éxito. Pero tuvo este resultado porque nosotros impedimos que terminara en lo contrario. Y estoy preocupado por esto-.
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-¿Pero cuál es tú preocupación?- insistí.
-Escucha, yo le guardo un profundo respeto al Raúl Matus. Creo que es un líder de grandes condiciones, lo está demostrando en su manejo con los estudiantes, pero hay un grupo de cabros que está tratando por todos los medios de destruir la huelga. Te puedo contar que logramos detectar a los mismos que esta mañana fueron rebajados por insistir con la violencia. Yo pensé que con la acción de rechazo que le hicimos se iban a refugiar en sus casas, humillados, pero parece que no fue así.-
En ese momento el Mamani se levantó del asiento y corrió al balcón tapándose la boca, y en un estruendo que debe haberse escuchado a tres cuadras a la redonda, lanzó aquel flato que lo tenía a mal traer desde que hizo su ingreso al departamento. Los carabineros que estaban apostados al frente, en la Intendencia, pensando que se podría tratar de una bomba lanzada por estudiantes, alumbraron con sus poderosas linternas. Pero al darse cuenta que no había nadie en los caracoles, apagaron las luces.
Y Arnaldo Letelier continuó:
-Gracias al Velaslindo que alcanzó a verlos, logramos, entre cinco, reducirlos. Pero estaban a punto de lanzar piedras. Estos cabros están mal. Uno de ellos, el más grande, cuando lo cogí del cuello, me gritó: ¡comunista de mierda!. Y yo no sé que chucha es el comunismo, gueón. Creo que estamos pasando por un serio peligro. Es decir, si no logramos convencer a este gente, por la mala o por la buena, que deben alejarse de nuestras manifestaciones, seremos destruidos. Y digo esto, porque he visto que los pacos están saltones. Si analizamos la situación, podemos darnos cuenta que sólo en un día tenemos estudiantes heridos y treinta que fueron detenidos, aunque, afortunadamente, ya están libres-
-¿Cuál es la estrategia a seguir?- pregunté apencando en el tema.
-Bueno, también te lo venimos a preguntar a ti- respondió Letelier.
-¡Opina algo, puh, Pajarito!- sentenció el Roberto Mamani que hasta ese momento sólo se había expresado con sus gases, y quien ahora regoldaba despacito.
-Me parece que lo correcto sería tomar dos caminos. Usar la amenaza contra esa gentualla que, incluso, puede desembocar en una suerte de secuestro hasta que termine la huelga. Y por otro lado, llamar a los carabineros avisando que hemos detectado que cuatro estudiantes son los que comienzan los disturbios y los tenemos identificados- manifesté entre palurdo y cortés.
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-Yo venía pensando que el segundo es un camino que se puede ejecutar en lo inmediato, sin dejar de lado que la primera idea no es mala.- contestó Letelier.
El Roberto Mamani me solicitó el teléfono. En medio del frío de las noches de marzo, cuando las voces de los tristes pampinos rebotaban en las calles y la pestilencia de las pesqueras penetraba en las casas y se introducía al ropaje húmedo, los cururos iniciaron el contacto con los carabineros.
Mientras ellos hacían el llamado salí a mirar por el balcón del departamento. Cuando la hediondez de las pesquerías azotó mis narices, divisé en el cielo un helicóptero que iluminaba las calles del entristecido puerto. Eran pequeñas señales que había vigilancia por todos los alrededores de la ciudad. A esa hora también pasaba el vendedor de pan amasado, quien con voz reluciente, producto de su tacuaca arquitectura, hacía salir de sus casas a las mujeres amadrigadas por el tiempo soledoso.
Y entonces era el mar el que mantenía despierta a esa población que día a día envejecía como pueblo infértil. Ese océano que bañaba las orillas polvorientas desde el molo hasta la ballenera. Y dentro de las casas de calaminas, oxidadas por la humedad que golpeaba en las noches, se alimentaban de esperanzas que escuchaban a retartalillas en las calles.
Al no poder eludir el asfixiante olor a pescado podrido que minuto a minuto se hacía más intenso, ingreso de nuevo al living del departamento y me encuentro a los morochos en actitud meditabunda.
-¿Qué pasó con el llamado?- pregunté
-Lo hicimos. Cumplimos- respondió Letelier.
Y continuó:
-Nos contestaron que era bueno que hayamos identificado a los violentistas, pero nosotros teníamos que encargarnos de armar un grupo de seguridad estudiantil para detener estos arrebatos. Es decir, los pacos nos trataron de explicar que si se producen desmanes, ellos van a actuar como la ley se los permite. Y eso quiere decir que debemos andar con mucho cuidado. La verdad, Pajarito, no es que yo tenga miedo alguno, a mí me sobran cojones, pero me preocupan los que dan la cara en estas manifestaciones. Es decir, me preocupa el Matus, que es un buen líder, pero que todo lo pretende arreglar con palabras, y como es chico, mira los resultados que tuvimos, casi le revientan la cara junto al poeta Rojas.-
-¿Pero qué es del Matus, dónde está ahora?- consulté con cierta preocupación.
-No sabemos. Lo dejamos en la marcha, pero él está en todas partes, lo conoce medio mundo y siempre participa en las reuniones de los barrios, de los sindicatos- dijo Roberto Mamani, con una mano en la boca, socapando los gases.
-Lo que te quiero pedir, Pajarito, es que no dejes las comunicaciones botadas. Te necesitamos en este puesto. Creo que sin este teléfono no podremos hacer muchas cosas- manifestó el Arnaldo Letelier, tomándome por los hombros.
Y se despidieron.
Sitibundo por saber qué habrían necesitado los otros que me habían llamado, traté de leer nuevamente los papeles dejados por mi hermano, pero sólo encontré los nombres de aquéllos, sin mensajes, sin señas concretas.
El mar con su manto helado carraspeaba por los rincones del balcón de mi casa. Y en una especie de tracamundana marina, las olas golpeaban sus brazos en medio de la oscuridad. Sin entullecer las responsabilidades contraídas, seguí pensando en los dos Mister Chuño de la Santa María, quienes, ahora, las hacían de revolucionarios.

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Había transcurrido toda la mañana del miércoles y los llamados estaban ausentes. En la explanada de los dos edificios, donde los morochos jugaban a la pelota con la ira del vecindario, debido a que, cuando corrían de un lado a otro la polvareda se elevaba por el cielo y entraba a las habitaciones de los subterráneos, decenas de chiquillas con trajes de baños y baldes en las manos, seguían celebrando como si nada ocurriera en las planicies de Iquique, el carnaval. Y desde el quinto piso, el agua, escasa en esa zona, se desperdiciaba una vez al año en esa fiesta de la basura.
El griterío era el infierno mismo. Las mayorcitas, mojadas hasta el tuétano, corrían con terqueza para no volver a ser mojadas. Pero esto era la hipocresía misma. Lo cierto es que a las damitas les gustaba que los morochos las tocaran y entre tirones, sudor y agua, más de algunos se cerraban los ojitos.
En ese mismo edificio sonaba con la potencia de cuando en guerra se da alarma de ataque, la sirena de las doce. Y una vez que esto ocurría todos se cubrían las orejas y algunos se persignaban en franca señal de hiperdulía. Y como la sirena duraba dos minutos, los pequeños morochos corrían a buscar la protección de sus padres.
Los baldes quedaban botados y en ese lapso el carnaval parecía llegar a su fin. Sin embargo, cuando el ruido de la sirena que se alcanzaba a oír por los cuatro costados de la ciudad, culminaba, los arrancapinos volvían a las carreras y al bullicio en busca de más agua.
Juan Alberto Tenorio, quien había sufrido en carne propia los arrebatos de la fiesta y la ira del hembraje, decidió no salir de su casa hasta terminada la jornada. Lo único que se dejaba ver del rufián pampino, era su pelada brillante por entre ventanales.
Aunque Tenorio ya no era odiado por sus vecinos, fundamentalmente por las damitas que ahora lo veían con nuevos ojos, igual prefirió guardarse por si a alguna mente díscola le entraba de nuevo la discordia.
Con el carnaval la Plaza Brasil se limpiaba. Era tal la cantidad de agua lanzada por la gente a sus asfaltos que, como nunca antes, el sitio brillaba al ser observado. Por otra parte, en esos días de fiesta la Loca de los Gatos se esfumaba. Parece que el sólo olor a limpieza le penaba en su estructura de mala muerte.
Cuando el reloj marcó la una de la tarde, el teléfono sonó con la desesperación de los que tienen prisa. Desde la otra línea el Letelier, evitando retartalillas, y con la voz entrecortada lanzó sus primeros comunicados: “¡Te dije que habría problemas, Pajarito. Los mismos pelagatos de mierda lanzaron piedras a los pacos y hay heridos. Y están graves porque los uniformados lanzaron proyectiles. No puedo hablarte más!”. Y cortó.
Después de media hora transcurrida y cuando el sol del populoso puerto se escondía para dar paso a una neblina que no dejaba ver a la distancia, y mientras los despreocupados morochos dejaron de tirarse agua por el frío, súbito, dibujado, la imagen del padre Cristian en la puerta de mi casa, fue la misma aparición inesperada.
Me miró con ojos suaves y penetrantes y no me dijo nada.
Dos minutos después entró la Josefina Cortés, sin su refajo que había reemplazado por una falda larga, con el rostro amoratado y observándome con el mismo espanto en sus ojos. Tampoco me dijo nada.
Entonces como presagiando algo que me había dicho el mismo imbunche, salí corriendo por la puerta y bajé los caracoles del edificio y me encontré con la calle humedecida. En menos de tres minutos me hallé frente al liceo.
De las ventanas habían retirado todos los carteles. Las banderas negras no se hallaban en ningún sitio y las puertas del establecimiento estaban abiertas de par en par. Los profesores se habían incorporado a sus oficinas y un aire de desolación de cururos invadió mi esqueleto.
Nadie me decía nada.
El maestro Jacinto Céspedes, nervioso, resollando a la distancia, se acercó y habló:
-¿Escuchaste las noticias?-
-No- le respondí.
-Debes guardar calma, pero en la marcha de hoy, los pacos de mierda lanzaron proyectiles. Hubo dos muertos: El Matus y Rojitas-
Y el profesor de los barquitos de madera que luego se transformaban en ceniceros rompió en llanto y me abrazó con fuerza.
Me solté de sus brazos y me hice a la calle corriendo.
Retorné al departamento con la velocidad del viento. En los sillones, sentados y cabizbajos, el cura Cristian y La Roededora, me miraron en silencio.
En las inmediaciones de la Intendencia sirenas de vehículos policiales rodearon el edificio.
El padre Cristian rompió el silencio: “Supongo que ya lo sabes”, dijo con voz limpia.
No le respondí.
Y en medio de aquella triste tarde del ahora más soledoso escenario del puerto de la hambruna, transpirado de pie a cabeza grité con la fuerza de los huracanes: “¡Usted cura, usted, me dijo un día que eliminara las palabras lanzadas hacia los liceanos. Me dijo que sacara de mi mente: “¡Los Malos Los Malditos Los Maldecidos!”. Pues ahora he de gritar: “¡Los Santos Los Santos Los Santísimos Cururos!”.
Y me eché a llorar tirado en el suelo, con un alarido que traspasó todos los límites de Iquique, de ese puerto que no quería ser caleta y que había matado a sus más jóvenes defensores.
Mi casa estaba helada y un ambiente nebuloso se apoderó de las paredes. Los rostros del cura y la profesora parecían estatuas. Las sillas del comedor adoptaron un color opaco. El cielo de la ciudad se oscureció repentino.
Revisé otra vez mis bolsillos y encontré los tres mensajes dejados por mi hermano.
Raúl Matus había llamado.


Yo, inocente, desobedecí sus órdenes.

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EL TIEMPO EN VALPARAÍSO

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