sábado, 21 de diciembre de 2013

EL TIEMPO JUNTO A LA QUEBRADA




Escribe: Carlos Amador Marchant


Hoy o hace unos días viajé a un lugar inimaginable. Caminé entre ese polvo, frente a las casas, las verdaderas casas del campo. Pensé si ahí, en el sitio, en esos sitios, cuando nunca antes carreteras asfaltadas, caballos y burros y jinetes, imaginarían llegar casi intactos a este siglo 21.
El polvo, en cambio, sigue siendo el mismo, me dije. Este espacio, es Quebrada Alvarado, me dijeron.
Al paso de minutos creí ver a los hombres antiguos de esta tierra, a los silenciosos.
Yo estuve esa tarde, ese sábado sin sol, degustando la tierra.
Quebrada Alvarado es un sitio donde llegó el turismo galopando a cien por hora. Sus montañas y las casas son merecedoras de esta turba por lo hermoso de sus rincones. Aquí parece que cada morador, cada campesino han puesto su mano de artista, los colores, los adornos, el silencio de sus calles de tierra, las cumbres cubiertas de vegetación.
Esa mañana había estado releyendo a García Márquez, a Tim O´Brien, a Greene. Y en medio de mis ojos lejanos tras la lectura, esta fortuita invitación de la familia a dejar la ciudad, la turbulencia de noticias, el terremoto en el sur de Chile y sus consecuencias, la llegada del Primero de Mayo y sus celebraciones y controversias, hicieron entregar una respuesta inmediata y afirmativa.
Sometido ya a ese territorio más allá de Olmué, a esa quebrada donde muchos han dejado su historia y pasos, fue como volver al pasado atrapado en muchos libros de campos. Salir abruptamente de la costa y sumergirse ahora en la espesura de la tierra, fue como un soplo repentino que golpeó el rostro.
Ese silencio de sus calles en donde los moradores parecen estar ausentes, es como si la historia se escondiera tras las paredes de una vida que nunca ha desaparecido, que más bien se mantiene agazapada.
Casi siempre cuando transito en bus por esos lugares comento respecto a retroceder en el tiempo, a ver todas esas casas, esas haciendas, esos pueblos escarpados y sumergidos en medio del silencio, sólo a huellas de carretas, sólo trasladándose a caballo. Y cuando observo a lo lejos viviendas que se mantienen aun más allá de un siglo, imagino a sus habitantes, las miles de vidas dejadas en la tierra, en las piedras.
Pero al paso de los años, más allá del siglo 20, la selva de cemento se ha adueñado de la vegetación, y las carreteras y los puentes relucen y brillan en cada espacio del territorio. Entonces, para instalarse de nuevo en lo natural de la vida, la misma dejada por nuestros antepasados, quedan las fotos, los libros apretujados en los rincones de la biblioteca, aquéllos que muchas veces parecen escondidos esperando un nuevo turno.
Aunque estoy hablando de la Quinta Región, Quebrada Alvarado me trajo las escrituras de Luis Vulliamy, los recónditos parajes entrelazados con aventuras de pueblos, de tierras y agresiones más al sur de Chile. El olor a frutas en los costados de todas las paredes de pueblos, y las andanzas también de un sin fin de aventureros de los comienzos del siglo 20 en nuestra patria. O Luis Durand almacenando episodios en su “Frontera”, con un estilo distinto al de Vulliamy, trasluciendo el primero ese siempre “Paraíso de los Malos”.
Pero no es esto lo que me convoca con Quebrada Alvarado, sino más bien traer el olor a la tierra, a sus animales, a los árboles, a las comidas.
Sin ser un sibarita junto a la familia nos adentramos en uno de los restaurantes más tradicionales del lugar. El sitio en cuestión, con todos los manjares campesinos, con la tradición impregnada en las paredes, con ese lujo campestre en donde ni un detalle escapa, ni siquiera el piso de tierra, me trajo la imagen de De Rokha.
Por los inmensos ventanales podíamos observar paltos, uvas, aceitunas. Y en medio de centenares de turistas ya parapetados y ubicados en sus mesas, los garzones buscando y trayendo un cuanto hay en comidas campestres:
“Y, ¿qué me dicen ustedes de un costillar de chancho con ajo, picantísimo,
asado en el asador de maqui, en junio, a las riberas del peumo o la patagua o el boldo que resumen la atmósfera dramática del atardecer lluvioso….”.
“Los pavos cebados, que huelen a verano y son otoños de nogal o de
castaño casi humano, los como en todo el país, y en Santiago os beso,
como a las tinajas en donde suspira la chicha como la niña más linda de
Curicó levantándose los vestidos debajo del manzano parroquial………”(Pablo De Rokha, Epopeya de las Comidas y las Bebidas de Chile).
En medio de la mesa larga, me pareció que este hombre de Licantén, este Carlos Díaz Loyola, este vendedor de libros, este poeta incansable que fue De Rokha, estaba sentado al lado de nosotros.
Entiendo que por esta razón, mientras el resto prefirió el lomo, lengua, el pastel de choclos, entrañas y filetes, yo me incliné por degustar un conejo de la zona.
Creo que todos miraban el plato, ese conejo de patas abiertas sobre la vajilla. Entonces opté por explicarles que mi padre fue un criador de este mamífero en el norte de Chile. Mi ahora anciano progenitor los crió al aire libre sobre el patio de la casa. Hacían cuevas interminables, se paseaban de un lado a otro. Eran negros, blancos, mestizos y de todos los tamaños. Y fue tal la proliferación, fueron tantas las cuevas, que la casa estuvo al borde del derrumbe. Ese fue el final de la crianza, la misma que nos había abastecido de alimento por largos años.
Pues bien, en Quebrada Alvarado, sentí el retorno de un pasado que debo tener impregnado como el mar. ¿De dónde soy?, me pregunté. Y en medio de caballos y campesinos que comenzaban a deambular a la hora de un término de día, me di cuenta que la vida que llevamos está llena de fantasmas, los mismo que se nos suben a la espalda en las horas de sueños.
Curiosamente, a lo lejos, sentí el patio de mi casa del norte de Chile. Y en medio, en los alrededores de un riachuelo casi seco, la familia recordaba haber estado allí hace tres lustros, reconociendo que ya no eran los mismos.
Quebrada Alvarado se alejaba ya de nosotros. Y nos dimos cuenta que Pablo De Rokha, seguía sentado en una de las mesas del restaurant.

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