sábado, 28 de diciembre de 2013

Río Negro Hornopirén, la Carretera Austral y la historia tapada por el cemento



Escribe Carlos Amador Marchant

Estaba parado una mañana en ese espacio extraño. A pasos, a centímetros, las inmensas montañas. Más allá el volcán Hornopirén rodeado de selva virgen. Al lado de mis pies, la ensenada impresionante. Y a metros una vetusta cantidad de casas opacas, acorraladas por el musgo y la humedad de la zona. Era Río Negro, el pueblo fantasma hundido entre millones de ramales y la abrupta vegetación de la Décima Región de Chile. Era la cordillera selvática y también la bruma.
En el tiempo, los hombres se dejaron llevar por carretas y luego bajaron a caminos desconocidos. Fue mi caso. Me había dejado transportar con los ojos cerrados, en un tren antiguo que salió desde Santiago y detuvo su armatoste de fierros en la estación Puerto Montt. Hace veinticinco años crucé por el estuario de Reloncaví. No tenía idea dónde iba a llegar. Y un día, desde el pueblo de Contao, mis pasos se encontraron, tras otro largo viaje, con la humedad tenebrosa de Hornopirén. El día que pisé el poblado todo era oscuro a las once de la mañana. Jamás había visto un lugar como ése. Me pareció estar al fin del mundo, donde no veía seres humanos transitar, donde las casas mínimas parecían aprisionadas por la selva. Entendí que los zapatos de ciudad morirían en unas horas, tronchados en esos caminos de barros, pozas y piedrecillas.
Me pregunté tres veces qué hacía en ese sitio. Y me respondí mirando contornos, el encanto negro de la selva que nunca había visto, tal vez el volcán a cuatro pasos de mis pasos.
Instalado en esos territorios inhóspitos comprendí que la vida no es ni larga ni mínima, sino más bien el cúmulo de situaciones que entran y salen sin tiempos.
Aprendí a observar a los colonos y junto a ellos me situé en mi otra colonización; en la propia. Ellos ya habían construido sus chozas y tenían animales repartidos. Yo había llegado a un pueblo lejano y perdido, pero ya encontrado por otros.
En Río Negro Hornopirén, en una noche de cinco grados bajo cero, escribí varios versos extraños. No sé dónde están aquéllos. Es probable que estén escondidos tras esta crónica sin saberlo.
Aquel pueblo no tenía la imagen de pueblo. Era negro como su nombre, con casas repletas de musgos y donde el silencio de las montañas provocaba unas terribles sensaciones de piedad y miedo.
En 1986, recién cargando treinta y un años a los hombros, caminé kilómetros y kilómetros por senderos de piedrecillas. Mis cavilaciones hacían perder el rumbo. Un día me hallé alejado a veinte mil metros del poblado, sin tener la certeza que por los alrededores merodeaban pumas. Me rescató una camioneta destartalada. El chofer, un hombre de aspecto cadavérico, miró al cielo vociferando sobre mi suerte de no haber sido atacado por las fieras.
Por esos años habían construido los tramos de la carretera austral desde Contao hasta Río Negro, y a mi llegada, tímidamente, entraban camiones tolvas, tractores, retroexcavadoras, para continuar la unificación de los poblados hasta los Fiordos de Quintupeu. Tras el silencio de pobladores, me fui acostumbrando a ver a la distancia camiones atestados de obreros. Con palas y picotas, vestidos de trajes amarillos para capear los temporales y las lluvias, iban todos como cabizbajos, acarreando su juventud y un destino incierto.
Al integrarme a la vida diaria de la provincia de Hualaihué, mi cuerpo se fue transformando en uno más de esos territorios. Ahora ya no vestía como los hombres de la ciudad, sino con botas de agua, bototos, guantes y gorros de lana gruesa. Mi aspecto había cambiado. También comenzaba a cambiar mi visión del entorno. Ahora veía perros, hombres grises que saludaban esquivos. Observé jóvenes mujeres, hermosas mujeres cordilleranas de esa extraña fusión entre alemanes y huilliches. Aunque el poblado seguía siendo gris, divisé humo saliendo de los caños confundiéndose con la niebla constante.
Y era tanta la lluvia, días enteros, semanas completas; y el viento huracanado que entraba como ráfaga desde el océano y la cordillera. Comencé a ver la ensenada con sus profundas aguas marinas que se replegaban a las cuatro de la tarde y dejaba a la vista mariscos y peces saltando en la arena. Y luego su reingreso lento, después de dos horas, como un leve tsunami. Las casas del villorrio estaban situadas a pasos del mar. Hasta estos días me sorprende la gallardía de esos habitantes, o esa confiabilidad extrema hacia el océano. Porque estoy hablando de un villorrio hundido en la hermosa espesura, hundido en medio de montañas, hundido entre océano y ríos cuyos torrentes alcanzan más de cien kilómetros por hora.
Ese era el pueblo, en consecuencia, del fin del mundo. Me pregunté en más de una ocasión si mis huesos los dejaría allí. Luego, al mirar esa bruma eterna, la fría tarde, la lluvia y el barro, desistí de tales pensamientos.
El poblado, de repente, se estremeció con detonaciones. En las inmensas montañas se observaban hombres escalando como pájaros carpinteros. Y más tarde fueron ruidos más constantes, más camiones, más gritos. Comenzaban a romper los erizados montes, a perforar la tierra húmeda para dar cabida a puentes que lograran soportar la braveza fluvial.
A mi llegada a esa zona ya había cruces diversas debajo de los riscos. Jóvenes trabajadores que habían muerto por detonaciones o caídas de peñascos desde alturas escarpadas.
En esos villorrios sin leyes, sólo sobrevivía el más fuerte. Estábamos sin democracia y las faenas se entremezclaban entre muchachos que querían palear el hambre y otros que arrancaban de la ciudad, indocumentados, para camuflarse en la selva.
En el sitio había una escuelita humilde, una municipalidad, un retén de carabineros sin personal de servicio y una parroquia donde se veían circular algunas religiosas españolas. Recién comenzaba a instalarse una industria salmonera con dueños provenientes de Noruega.
Los campamentos de la empresa que construía el nuevo tramo de la carretera austral, eran barracas miserables donde la sarna y la humedad se apoderaban de los rincones. Eran piezas de maderas y latones. Ahí se hacinaban los camineros.
Ningún pueblo cercano tenía agua potable ni luz eléctrica. En sitios como ésos, que ni siquiera estaban en el mapa oficial, la gente debía sacar agua de ríos congelados y alumbrarse con velas en las noches. Muy pocos contaban con radios a pilas, es decir, el contacto con la civilización era nulo.
En una fiesta de despedida de un ingeniero de caminos, en el campamento de Mariquita, en medio de la oscuridad más oscura de las noches australes, presencié la muerte de un caminero y junto a ésta, la muerte más miserable de la vida.
El vino había corrido de boca en boca y la risa de los obreros retumbaba a orillas de océano. Una vez finalizada la fiesta, los jóvenes camineros fueron subidos a un camión tolva. Iban todos hacinados. Esa misma noche debían regresar al campamento Cholgo para continuar las faenas del día posterior. De repente vi a alguien que salió volando desde la parte alta del camión y cayó a la arena. El pesado vehículo retrocedió y se sintió un ruido similar a cuando una sandía se revienta en el suelo. Minutos después todos bajaron a ver. Uno de los obreros había muerto con la cabeza reventada bajo las ruedas. Esa noche todos los camineros rodearon el cadáver, encendieron antorchas, gritaron, no permitieron que nadie se acercara al difunto. Era la ley de estos hombres. Al paso de los días muchos dijeron que el obrero se había caído. Los más cercanos al hombre aseguraron que se trató de una venganza entre pares. Nunca supe qué hicieron con el cadáver, si lo habrían enterrado o lo tiraron al mar. Era el sitio donde las leyes se escribían en los mismos caminos.
La construcción de la carretera austral continuaba. Los derrumbes de las montañas eran constantes y el aislamiento de muchas personas fue solucionado mediante el transporte ejecutado por una diminuta goleta.
A medida que avanzaban tramos en construcción los campamentos eran desarmados por los mismos camineros. Cuando comenzaba esta faena cientos de guarenes con sus pelajes negros y colmillos afilados, se internaban mar adentro estructurando una mancha oscura como el petróleo.
La empresa de caminos sólo tenía un paramédico a disposición de los trabajadores. A este hombre lo vi ejecutar las más diversas operaciones en medio de la miseria, hasta coserle, sin anestesia, unos dedos al infeliz que se había volado los miembros en una explosión.
Río Negro fue el villorrio que guardó silencio. En medio del barro y la inclemencia de las lluvias, del frío eterno de la zona, parecía agazaparse entre la soledad y el desamparo.
Hace 25 años que no he regresado a esa zona. No sé si en los angostos caminos australes estarán erguidas las cruces en homenaje a los obreros que padecieron la miseria sin nombre.
Un día me alejé de esos sitios, y cuando lo hice, comenzaban a aparecer las primeras banderitas del turismo. Banderitas multicolores. La cordillera me dio la despedida de una manera perversa. Fuertes ventarrones rompieron los vidrios de las ventanas de mi casa a medio construir. Comenzó a entrar agua por la puerta, manguerazos de agua y las pozas se fueron levantando como pequeñas lagunas en las afueras. La construcción quedó abandonada.
Las fotos que he observado por Internet dan cuenta, ahora, de un pueblo con sus calles asfaltadas. En el bello y paradisiaco lugar se ven extendidos de energía eléctrica y agua potable. Autos circulan por distintos sitios. Atrás, eso sí, el imponente volcán Hornopirén, incólume.
Veo turistas por todos los rincones, turistas con sus trajes de galanuras. Y turismo carretera y yates y hasta una radioemisora instalada con orgullo.
Todo lo que he narrado acá, en veinticinco años, fue tapado por el cemento. Pero aún me veo caminando por el barro. Sólo que las voces de ahora parecen borrarlo todo.

en  


3 comentarios:

Rosa Rojas Ramírez dijo...
"Muy buena!...impresionante lo que cuentas. Estas vivencias son únicas!. Un fuerte abrazo."

Rosa Rojas Ramírez
Hono Vern dijo...
Excelente relato, se describe muy bien el sincronismo de la vida en el sur de Chile. Una mirada de la época con los pioneros de hoy.
Ulises Varsovia dijo...
Estimado Carlos Amador,

un abrazo desde Suiza. He estado largo tiempo leyendo tus artículos. Las amarras /cordeles de Valparaíso me conmovió : si soy de ese puerto, si me conoce cada uno de sus cerros y de sus calles.
Te saluda con afecto.
Ulises Varsovia

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