lunes, 30 de diciembre de 2013

TELEVISIÓN NACIONAL DE CHILE Y SUS CUARENTA AÑOS DE RECUERDOS IN PÚRIBUS


Escribe Carlos Amador Marchant




Una cantidad de imágenes de índoles distintas, de gritos, de ritos antiguos, me nacen, me llegan, cuando la TV Nacional celebra sus 40 años de existencia. Debe ser, tal vez, por el traslado de la pobreza de un pasado, a la tecnología de un presente dudoso.
Lo que ha estado haciendo TVN es recordar lo que vivieron los chilenos que hoy por hoy circulan por los 60 años de edad. ¡Qué manera de recordar¡
Esta lógica tiene que ver con un análisis de nuestra idiosincrasia, y traslada al mismo tiempo a una situación en donde ni yo sé quien fui o usted sabe qué vivió. Paradoja.
Por esta u otras razones, me he quedado con los ojos abiertos como hipnotizado, masticando una serie de cereales, pasando por los maníes, almendras, nueces. Cada uno de éstos, en cambio, me saben a poco. Son tantas cosas que se han vivido y son tan pocos, en cambio, los cereales.
Estamos hablando de haber vivido.
TVN nos hace vivir de nuevo hacia atrás.
En el tema de recuerdos tuerzo en ira y me pongo triste.
Tanta barbaridad digo yo, dicen ustedes, dice el viento. Televisión en blanco y negro hasta antes de 1978.
Si bien la televisión se estableció en Chile con canales universitarios desde 1962, ésta empieza a nivel de país desde 1969, acartonada, con un Chile distinto a los nuevos tiempos, una televisión de esfuerzos, de mínimos recursos.
En 1978 llegó a la TV el color. Meses, años antes, una tropa de comerciantes inventivos, como siempre han existido, se las arregló para recorrer el territorio vendiendo pantallas de tres colores, diciéndole a medio mundo que ésa traía el verdadero color a la TV. Miles le compraron, se lucraron. Resultado. Todos pudimos ver los rostros verdes, los cabellos amarillos, las pestañas coloradas, la boca amoratada. Sencillamente queríamos que esa “caja mágica” dejara de verse en negro y blanco. Queríamos ver el color, y esos “genios” nos las vendieron. Yo les compré. Desde ese momento, aprendí a ver los caballos de color rosado. Muchos niños de la época sin conocer a los verdaderos potros, pensaron que estos animales eran de ese color. Pequeños empresarios de fuste, en todo caso, nos dieron esa opción, de imaginar las cosas distintas más allá del tradicional negro y blanco.
Comiendo esos cereales con la cara de ingenuo, me he pasado viendo estos archivos de la historia de nuestro país. ¿Éramos tan pequeños?.
Esta expresión viene después de un sueño incesante, de una tarde.
¿Pero de qué tarde hablo?
Me da escalofríos cuando TVN muestra archivos que fueron sólo de ayer, como de la mañana de ayer o de la tarde de ayer, de un conteo de dedos recientes, y sin embargo, el cutis se nos ha envejecido: De vita et moribus.
Estoy viendo a la Angélica María, a esa mexicana que nos hacía delirar en los años setenta, haciendo de italiana, de la muchacha que venía a casarse a nuestro continente. Veo a los muchachos y muchachas de Música Libre, a las lolas que nos volvían locos con sus movimientos y que al paso de los años nos damos cuenta que no bailaban mucho, que no tenían mucha elasticidad, pero nos volvíamos locos por ver esos programas. Otros envasados nos llegaban de Estados Unidos, entregando los adelantos del momento, las comedias, los pianistas, el bello mundo que parecía renacer.
Desde el lejano Iquique, con tremendas antenas que alcanzaban los diez metros desde el techo lográbamos ver con miles de rayas el Post Data de Raúl Matas, donde en precarias condiciones, hacinados entre vecinos, entre gente que cobraba entradas para ver algunas escenas deformes, veíamos a un jovencito Joan Manuel Serrat cantando “Penélope”, o a los “Ángeles Negros” vestidos de capas. Era la incipiente televisión que nos mantenía desde la hora de salir de clases, arrancando del liceo para sentarnos en el sofá junto al grupo familiar, todos parapetados tomando té con leche y pan con mortadela.
Más escalofríos me da cuando vamos recordando acontecimientos policiales, el periodismo de entonces, donde los profesionales salían a entrevistar gente alargando precariamente los cables del micrófono, sin poder alejarse mucho de la cámara, sin poder correr, en fin.
El escritor y periodista Guillermo Blanco, quien fuera uno de los que le tocó estar en los inicios de TVN, en su libro “Recuerdos no siempre cuerdos”, al referirse al tema de evitar los avisos comerciales expresa: “La televisión llegó a Chile en 1962, durante el gobierno de Jorge Alessandri. Para evitar que su nivel cultural cayera demasiado bajo, se estableció que sólo podrían manejar canales las universidades (eran cinco en todo Chile). Debían financiar la operación sin vender espacios a entidades ajenas ni “poner avisos”. Tampoco se permitían auspicios comerciales a los programas. La idea era garantizar la autonomía del nuevo medio y preservarlo del mercantilismo que lo dominaba en otros países.
Estas y otras precauciones no bastaron.
Bien pronto, los canales descubrieron y usaron resquicios legales para esquivar las normas cuando y como podían. Cada aviso era un gol. No empezaron ganando por goleada. Se usó cierto decoro formal. Por ejemplo: un entrevistador exhibía sobre su mesa dos tazas de seudo café, más la típica lata con el nombre del producto en primer plano. El periodista no mencionaba la marca ni alababa la presunta calidad. Habría sido ir muy lejos. Pero cada tantos minutos hacía un aro y:
-¿se sirve un cafecito?- ofrecía sonriente, mientras en pantalla se veía, inconfundible, la etiqueta del tarro”
Este fue el comienzo de la explosión comercial que existe a la fecha, donde a veces se debe esperar hasta quince minutos de comerciales para poder continuar con alguna programación. Los más valientes son los que se atreven a cambiar de sintonía, los otros prefieren esperar hasta que se acabe el último comercial que, por desgracia, en ocasiones lo repiten tres veces.
Volviendo al tema de los recuerdos entregados por el canal en sus cuarenta años, es preciso expresar y dar gracias a que se han conservado gran cantidad de archivos que fueron protegidos a manotazos durante la dictadura militar, muchos de ellos, por cierto, debieron salir al extranjero para luego ser reproducidos y retornados. De esta forma hemos logrado revivir la barbarie de esos años. Las opiniones atolondradas de ciertos personajes de la televisión, animadores, cantantes, y algunos artistas identificados con el régimen depredador. Esto último, por cierto, produce pánico.
Pero de tanta vida y de tanta desgracia, creo que los chilenos debemos aprender a cuidar nuestra tierra, a alejarnos de los excesos y rivalidades, y ojalá conformar un nuevo país que se engrandezca con sabiduría y lealtad.
Televisión Nacional ha estado mostrando un ciclo programático que nos lleva a recordar, nos retrotrae, nos deja perplejos. Yo camino por las calles a veces cabizbajo, casi como encontrándome con el pasado reciente, casi como alargando una mano tras la otra, pero siempre buscando alguna explicación de la vida.

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