viernes, 20 de diciembre de 2013

El gallo y las miserias que se impregnan con el coronel



Escribe Carlos Amador Marchant


Es precisamente la ascesis la que aflora en los momentos más desesperantes o desesperanzadores, cuando se aproxima algo que no estaba en tu libreto, cuando estás frente al precipicio; sencillamente cuando las puertas se cierran en tus narices mil veces y lo que se ve a la distancia no es más que barro, piedras, o sequedad de la sequedad, seca, y con mayúscula, en el mismo desierto.
No puedo creer que un libro escrito cuando yo apenas cumplía dos años de edad, fechado en Paris en 1957, y que he tenido en mi poder y hojeado por más de cinco veces, me vuelva a remecer hasta las vísceras.
Y es que esto tiene calidad de repetición. ¿Acaso la vida no es circunvolución?. Los padecimientos actuales del hombre han de ser, por cierto, los padecimientos del pasado, sin siquiera, incluso, guardar las proporciones. Hablamos del mismo tema, con el mismo lenguaje, porque la palabra real es la misma de siempre: “padecimiento”.
Permítanme, antes de continuar, entrar a una breve reflexión: “En estos momentos que Chile celebra su fiesta patria (sin s) con el llamado ahora bicentenario, a quienes no están o se sienten alejados del padecimiento de la cesantía, la hambruna y la usurpación, habrá que recordarles que hay otros que sí la están sufriendo y, por respeto a ellos, se deberá pensar que la verdadera “celebración” tendrá que ser cuando en este largo y angosto planeta chilensis se acabe, definitivamente, la hipocresía, el robo, la mentira”.
Vuelvo a mi redil temático.
Gabriel García Márquez cuando culminó “El coronel no tiene quien le escriba” estaba en Paris como corresponsal de prensa. Eran los años de penurias para el Nobel, el infortunio de ser rechazado primariamente en varias editoras. Pero hablar de él es llenar páginas y páginas. Ya todos quienes han seguido la obra de este prolífico autor colombiano, sabrán al mismo tiempo de sus logros a temprana edad y los miles y miles de libros vendidos una vez que logra el reconocimiento pleno.
Me preocupa, en cambio, el tema del gallo. Este gallo que viene siendo el símbolo más bien de la “esperanza” casi irreal y vergonzosa en la que caemos los hombres cuando vemos trancas y candados en todos los sitios. La imagen, esta misma, que al paso de muchos años, cuando ya han transitado demasiadas aguas por debajo de los puentes, se agiganta más y se analiza luego en su contexto.
Me interesa, repito, el tema del gallo.
García Márquez, vivió luego del matrimonio de sus padres, varios años junto a sus abuelos maternos. De ahí se fue gestando mucha influencia de vida, temas, costumbres, que irían fortaleciendo su trabajo creativo hasta hacerlo poderoso.
Pero he citado dos veces al gallo, y es precisamente a éste al que veo en todas las ocasiones en que he leído este libro, amarrada una de sus patas a los maderos de una silla. La pobreza asfixiante, la vejez que se mete a raudales en el cuerpo del coronel y de su mujer asmática. El no tener nada para alimentarse y vivir pensando en ilusiones vanas, esperando una carta, una miserable carta que anuncie el paso definitivo a una pensión prometida y pisoteada en el tiempo. Y los años que van pasando junto al deterioro de una casa humilde, el no tener ya nada que vender porque se ha vendido todo.
Hace unas semanas, dialogando con un poeta de la zona, le manifesté que, curiosamente, al margen de haber vivido muchas miserias junto a mi pueblo nortino, con sus banderas negras de cesantía en la segunda mitad del siglo veinte, donde en más de una ocasión usamos (todos) aquellos zapatos de plásticos negros que dejaban unas manchas horrendas en la piel, me cuesta hacer (le dije) narrativa respecto a este tema que no se traduzca, finalmente, en risotadas constantes. Le seguí comentando los pormenores donde en más de tres ocasiones me tocó atravesar el desierto con esos mismísimos zapatos, y que al caminar más de tres kilómetros sobre peñascos, piedrecillas, tierra seca y sol quemante, los endiablados se iban derritiendo haciendo incrustar las piedras a la planta de los pies. Maldije por largos años al inventor de esos calzados miserables que, además, dejaban un hedor inaguantable al sacárselos. Ni hablar de los profesores de la época que llegaban a sus salas de clases luciendo camisas arrugadas y cuellos casi rotos. El más pobre usaba pantalones de una tela que a leguas denotaba ser de pésima calidad, arrugados en los costados del trasero y con unas bolsas deplorables en la parte de los testículos. Por esos años era la moda o la imposición por la miseria, comprar un octavo de aceite, un paquetito más pequeño que una mano, de azúcar. Es decir, las monedas escasas no permitían las opulencias. Finalmente, con cara de interrogación, le dije al poeta (pícaramente) que si era normal reírse tardíamente de la miseria sufrida, o si realmente estaba volcado a lo psiquiátrico. El hombre me miró desde la distancia del comedor, no me dijo nada, pero lanzó una furibunda carcajada que al final compartimos.
García Márquez narra muy bien la pobreza, pero no sólo ésta, sino la que está unida al abandono, a la humillación.
El gallo, el famoso gallo, me sigue penando en esa ínfima obra.
En la televisión chilena vemos otro tipo de pobreza casi unida al estrago. Desde programas conducidos por abogadas y en donde las querellantes llegan hasta a agarrarse a combo limpio frente a los televidentes, con palabras y palabrotas inaguantables. Aquí vemos asuntos de herencias mínimas, indecorosas, mujeres con problemas de alcoholismo, otras metidas en el vicio de los juegos de dinero que pululan en los almacenes de barrios, jóvenes, jovencitas embarazadas en dos o tres ocasiones.
Hay otros espacios en la televisión donde muestran a policías uniformados haciendo redadas en las poblaciones. Imágenes patéticas de violencia entre vecinos de un mismo sector. Ayer veíamos a tres mujeres enfurecidas como tigres tratando de golpear a otra en plena calle. Nunca se sabe cuáles son los motivos, porque a veces no delatan. Pero me pregunto si esas mujeres, o esos hombres (cualquiera sea el caso), ¿pueden volver luego a sus sitios donde habitan, donde impera la ley del más fuerte?.
Gabriel García Márquez, en cambio, muestra esta otra miseria, la miseria pasiva, la hambruna pasiva, donde se confunde la desesperación del no tener nada para alimentarse, del no saber de dónde saldrá un misérrimo billete que permita comprar algo para el estómago, del tratar de vender algo, los trastos que te quedan en la casa y nadie compra. Donde se entrelaza el orgullo a que la gente no se percate que estás en ruina, donde los días no son días porque se escapan como agua de las manos, donde los años ya no son años, sino puñados de nada esperando un aviso de pensión que nunca llega.
Tenía dos años cuando lo escribió el Nobel colombiano. Sigo pensando que los creadores natos conocen de la vida y la transmiten con elocuencia a sus lectores. Yo veo, percibo acá la desesperación, la pasividad de una mujer capaz de esperar por más de tres lustros que se produzca un milagro, el milagro que nunca llega desde alguien que ya ha envejecido, que no tiene fuerzas para sortear la vida. Queda, entonces, nada más que aferrarse a la mentira piadosa o a un salvataje del santo padre que nunca aparece.
Pues bien, como la pensión es nebulosa, queda este otro milagro del gallo, de nuevo el gallo, el que podría ganar una pelea en un mes más, el que podría dar la posibilidad de alimentarse por tres años con el dinero de los apostadores. Y frente a este panorama, donde ya no se puede seguir pensando en que llegará la maldita carta, el gallo, el gallo, el pobre gallo, viene siendo la última esperanza. Pero la mujer, la aguantadora, la pasiva, la vehemente a veces, la que ve más allá de los allá, se levanta en el momento preciso para dejar las cosas claras sobre la mesa y pregunta:
”No se te ha ocurrido que el gallo pueda perder.
-Es un gallo que no puede perder.
-Pero suponte que pierda.
-Todavía faltan cuarenta y cinco días para empezar a pensar en eso- dijo el coronel.
La mujer se desesperó.
-Y mientras tanto qué comemos- preguntó y agarró al coronel por el cuello de franela. Lo sacudió con energía.
-Dime, qué comemos.
El coronel necesitó setenta y cinco años, los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto, para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:
-MIERDA. “

Veo, como dije anteriormente, la miseria aquí en todas sus formas. Pasarán muchos años, de nuevo, para volver a retomar esta obra y sentir lo mismo que siento hoy. Sólo que para ese tiempo nunca se sabe si uno seguirá estando en este mundo.

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