lunes, 30 de diciembre de 2013

Tres personajes imborrables






escribe Carlos Amador Marchant

Al paso del tiempo algunos personajes han pasado a ser parte de mis días antes de irse de este mundo. En circunstancias distintas cada uno, en su momento, han dejado un recuerdo que he ido madurando hasta hacerlo eterno. Quien más o quien menos, no fueron de grandes vivencias, ni estadas en restaurantes, ni bohemias estrepitosas, pero sí en la forma de haberme despedido sin tener en cuenta una despedida.
En crónica de fechas anteriores, cuando me refiero a la imagen y presencia de Mario Bahamonde en Antofagasta, hice alusión a que logré conocerlo y dialogar en su casa a meses que se nos fuera, en 1979, de este mundo. Era el Antofagasta semi nublado de esos años y donde la voz y el rostro del escritor alumbraban en medio de la penumbra. Bahamonde reía con sus invitados, pero en su interior una luz se apagaba y él lo sabía. Contaba chistes, anécdotas de bohemias con Andrés Sabella, crueles vivencias de la dictadura del sálvese quién pueda. Pero estaba triste, sus ojos lo reflejaban y nosotros nos habíamos percatado. Era el fin.
Al paso de los años, en 1983, en la Plaza Mulato Gil, en un lanzamiento de libro en Santiago, donde estaban entre otros Miguel Arteche, Pedro Olmos, Oreste Plath y muchos invitados, vi aparecer casi terminando la tarde al poeta Jorge Teillier. Su caminar era lento y se desplazó hasta el segundo piso donde se realizaba la ceremonia. Lo vi acercarse a la multitud y cómo una cantidad de bellas féminas lo abrazaban y le pedían autógrafos. Al día siguiente, alrededor de las 8 de la noche, fui a la sede de la Sociedad de Escritores de Chile, en Almirante Simpson, lugar que por esos años se llenaba de escritores y poetas de todas las edades. Tenía deseos de contactarme con algunos creadores de la capital e intercambiar experiencias de las actividades que se ejecutaban en la Primera Región. Mi sorpresa fue grande cuando veo a la entrada de la casona al mismo Teillier, pensativo, sin ganas parece de ingresar al salón, o bien esperando a alguien. Me acerqué y le entregué mi mano para saludarlo. La inexperiencia por esos años hizo sacar una voz casi temblorosa y le manifesté alegría por tener a mi lado a tan ilustre personaje. Le expresé que venía del norte y que por esos lados su nombre era muy apreciado. Me miró con ojos fijos, grandes, rojizos, desafiantes, amenazadores. Luego desde su boca saltó una voz irritada que me hizo retroceder: ¡No soy ningún personaje ilustre!”, disparó.
Cuando le entregué dos libros de mi autoría esbozó una sonrisa y agradeció el gesto. Luego guardó los textos en uno de los bolsillos de su paletó y me despedí para dejarlo tranquilo. Fui a recorrer unas salas y al volver ya no se encontraba en el sitio. Había desaparecido. Veinticuatro horas después volví a la casona de la Sech a terminar unos contactos y mi sorpresa fue mayor. A la misma hora y en el mismo lugar se encontraba Jorge ahora con un aspecto distinto. Sus cabellos se veían hirsutos, el paletó estaba arrugado y también los pantalones. Bamboleaba. Pasé cerca suyo y no me reconoció. Su mirada estaba perdida. Desde una distancia de cuatro metros lo observé de pie a cabeza. Mi sorpresa fue cuatro veces mayor. Con ese aspecto terrible que tenía, que daba a entender cualquier cosa, algo me sorprendió y quedó grabado para el resto de mi vida: “en el bolsillo de su paletó arrugado aún estaban los dos libros que le había obsequiado, tal vez sin ser leídos, pero estaban allí, intactos”.
Esto mismo me hace recordar un anecdotario escrito por Javier Campos y aparecido en 1996 en una web, donde se refiere a un encuentro en Temuco entre Jorge Teillier y otros camaradas. Había sido después de una lectura poética. Luego se refugiaron en una casa donde corrieron las empanadas y vino tinto. Entre esos contertulios se hallaba el poeta Oliver Welden, quien debía retornar a Santiago de urgencia. Alrededor de las ocho de la noche, cuando todos estaban contentos, fueron en grupo a dejarlo a la estación. Welden le había regalado a Teillier dos libros de su autoría: “Perro del Amor” (difícil de ubicar por estos días). Le había dicho: “Uno para ti Jorge y el otro para la biblioteca de Lautaro” (Welden era una persona que siempre gustó publicar libros de ínfimo tiraje, incluso una vez en el norte me expresó que un día publicaría una obra de 15 ejemplares, para que nadie las encuentre, me dijo, sólo algunos).
Cuando Oliver Welden se fue en un tren a la capital, el resto marchó presuroso a una de las casas donde suelen ir sólo los hombres. Cuenta Campos que al entrar a ella, las mujeres al ver al “poeta Teillier” se abalanzaron sobre él para saludarlo como si se tratara de un hermano o un tío. Estuvieron ahí alrededor de una hora bebiendo chicha de manzana, y cuando estaban por irse, en un gesto que quedó grabado en la mente de Campos, Teillier, mirando dulcemente a una muchacha hermosa y de rasgos asiáticos a quien apodaban “la vietnamita”, le obsequió un libro de Welden, el mismo que originalmente estaría destinado a la biblioteca pública de Lautaro. Al respecto, el mismo Campos expresa: “ Es por eso que ahora la biblioteca del pueblo quizás no cuente, entre sus libros, con la primera edición de ese hermoso poemario llamado “Perro del Amor”, porque debe ser parte de la biblioteca privada de la “vietnamita” “…Yo acoto: “Lo más probable es que mis libros, los que estaban en el bolsillo de su paletó, hayan terminado en el tacho de la basura”.
Otro caso que me quedó grabado es el del poeta popular Roberto Parra, hermano de Violeta y de Nicanor.
Tras hacer las primeras entrevistas de la mañana, volvía al matutino de Arica donde trabajaba a buscar unos documentos y luego me trasladaría al incipiente Departamento de Cultura Municipal de entonces. Al doblar la calle San marcos, a tres cuadras del Diario, un señor de edad, de caminar lento, imagen pura del pueblo, me detiene y consulta si sabía dónde se ubicaba el departamento de cultura municipal. Lo miré sorprendido y le contesté que curiosamente yo me dirigía al mismo sitio a entrevistar a Roberto Parra, que la información debía salir en primera plana encabezando la página de espectáculos, que me habían dado el dato que estaría en ese lugar a las 11 de la mañana y que aprovecharía de entrevistarlo en ese mismo momento si es que lo encontraba.
Por esos días ya circulaba en prensa la obra en décimas “La Negra Ester”, mujer que Parra conoce en la boite Luces del Puerto en San Antonio y con quien inicia un romance que inmortalizó y que inicialmente puso en escena con la Compañía Gran Circo-Teatro, dirigida por Andrés Pérez.
Era importante para mí entrevistar a Parra, quien tenía un historial artístico y “choro”, trabajador en tiempos de dictadura en distintos oficios como músico ambulante en la Vega Central en Santiago, en circos, cabarets y boliches sureños. Autor de varios libros en donde incorpora la cueca urbana o chora, irrumpía súbito para el grueso de la población que por esos años sólo manejaba poderosamente los nombres de sus hermanos Violeta Parra y Nicanor.
Pues bien, en la calle Sotomayor, me mira sorprendido al escuchar el nombre “Roberto Parra”. Me observa, me acerca su mano, me da un palmazo, y me dice: “Soy Roberto Parra, para servirle”. Como no lo conocía personalmente, mi sorpresa fue enorme. Lo abracé y juntos marchamos hacia el sitio común. Allá le haría la entrevista en medio de algunos reconocimientos que le entregaba la municipalidad nortina, y en medio, por cierto, de una sorpresa que para mí quedó eterna.
Un año más tarde su salud se complica y se le detecta un cáncer a la próstata. En abril de 1995, Roberto Parra muere a los 74 años rodeado de sus familiares y de todo el pueblo chileno.
Los tres personajes, por cierto, me dejaron un recuerdo imborrable. Por supuesto más que otros que logré conocer, por la forma de dialogar con ellos y porque luego ya no estarían más con nosotros.

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