sábado, 21 de diciembre de 2013

EL ÚLTIMO ECLIPSE SOLAR DEL SIGLO 20 (Putre)



Escribe Carlos Amador Marchant


Se hablaba, se propagaba no recuerdo de cuántos meses antes. Y estaban todos atentos, expectantes sin dimensionar lo que ocurriría en el momento preciso.
Se hablaba de lo espectacular de este eclipse solar, de la cantidad de científicos que llegaría a la zona.
Dos meses antes, por cierto, la capacidad hotelera estaba copada. Pero esto era en algunas ciudades del norte. Otra cosa sería en el lugar seleccionado (investigado) por el mundo científico, para observarlo con más nitidez, es decir, en Putre, provincia de Parinacota.
Me encontraba por ese tiempo trabajando en el diario “La Estrella “ de Arica, contratado como periodista desde hacía tres años. Un tanto especializado en temas del altiplano chileno y sus poblados, fui enviado a la localidad enclavada a tres mil quinientos metros sobre el nivel del mar, junto a un reportero gráfico. Era una semana antes del evento científico mundial.
El pueblo se mantenía vacío, desmanchado de seres humanos, donde sólo el aire seco, ese aire extraño del altiplano, se adueñaba de las casas de adobe. Los días anticipados los aprovecharíamos para informar a la ciudad de Arica sobre los preparativos en los desolados territorios cordilleranos.
En los contornos sólo se veía circular algunos parroquianos, camionetas viejas arrumbadas de cajas, verduras de la zona, y los almacenes llevaban el mismo ritmo de todos los días, símbolo de soledad entremezclada con el polvo y las calles de piedras.
Sin embargo, al interior de algunas viviendas, del colegio del pueblo, de la municipalidad, de la sede social, de la iglesia, de la gobernación, del regimiento, la realidad era otra.
Nos percatamos, entonces, de la preparación de una feria andina en la plaza principal. Ahí, los artesanos, los pobladores, mostrarían su arte, su cultura. En la escuela adiestraban a los estudiantes para cantar y bailar mostrando los instrumentos autóctonos de la zona. Preparaban, por otra parte, albergues para las visitas que llegarían de todas partes del mundo.
El eclipse en cuestión, estaba focalizado para un día después del 1 de noviembre. Es decir, fecha más que decidora para quienes creen en el “Día de todos los santos” o “Día de los muertos”. El planeta moriría súbito, se oscurecería por unos minutos.
Nosotros estábamos casi solos, aún no llegaban periodistas de otros medios informativos, y entonces parecía que el pueblo era exclusivo para esta dupla que había sido enviada precisamente para eso, para captar a los habitantes y sus contornos, el accionar de la fauna y saber por sobre todo qué pensaba el poblador común, el de la rutina diaria, el acostumbrado a salir temprano con sus camélidos en busca de alimentos.
Mientras deambulaba por esos caseríos, Mario Benedetti se me venía a la mente: “Están cambiando los tiempos/para bien o para mal/para mal o para bien/nada va a quedar igual”.
Debo decir que en ese momento fuimos los únicos que lanzábamos informaciones antes del eclipse histórico. La ciudad costera lograba entremezclarse con lo que ocurría en el altiplano. Parecía que todo se estremecía, iba tomando fuerza, a medida que la pluma se erigía y se plasmaba en el matutino. Estábamos tan lejos, nos empapábamos de tierra seca y helada, pero estábamos cumpliendo nuestra misión de entregar antecedentes previos al acontecimiento.
Tres días antes comenzaron a llegar las primeras delegaciones de científicos. Recuerdo haber ido de noche al regimiento de Putre a entrevistar a estudiosos japoneses que estaban recién instalando sus equipos de observación. Era muy de noche, en medio de ese cielo oscuro, pero al mismo tiempo pleno de estrellas.
No nos dimos cuenta del momento en que el pueblo comenzó a poblarse de extranjeros. Entraban de noche por las carreteras, parece que éstas lo ocultaban, parece que éstas querían que todo fuera privado.
Frente a ese panorama, de la noche a la mañana, fuimos acorralados por centenares de periodistas de otros medios nacionales y mundiales. Ya no estábamos solos, las calles ahora se veían repletas de seres humanos. De la libertad que teníamos para transitar por las estrechas callejuelas del poblado, ahora se complicaba incluso ocupar los baños públicos.
El miércoles 1 de noviembre de 1994 ya estaba instalada la Feria Andina en la plaza principal de Putre. En el regimiento se encontraban pernoctando diversas delegaciones de científicos, en la Gobernación Provincial se inflaba un gran globo con los más diversos avances espaciales, en Zapahuira, que en aimara se puede leer como “río solitario”, científicos norteamericanos con modernos telescopios levantaron campamentos con carpas de diversos tamaños. Estaba todo listo. Pero el entorno se traducía en un caos. Personeros provenientes del National Optical Astronomy Observatories de Tololo, otros del Charles Hayden Planetarium, de Boston, Massachusetts, invadían las calles.
Desde el martes nos enteramos que alrededor de 11 buses diarios repletos, abrían sus puertas para dejar a los turistas que llegaban desde distintos lugares del territorio. Si Putre en ese momento contaba con una población de no más de dos mil habitantes, fueron diez mil las personas que se instalaron hacinadas para ver el fenómeno de la naturaleza.
Por esas horas ya se hacía un verdadero demonio enviar informaciones al diario de Arica. No existía el notebook, aunque sí los computadores en las reparticiones de la cadena mercurial, en un circuito cerrado. En consecuencia, había que recurrir a los fax enviados desde la Gobernación o la Municipalidad de Putre. Pero era tanta la gente, eran tantos los periodistas, que esas reparticiones ya no dieron abasto. De esta forma debimos recurrir al teléfono público (no existían los celulares) que también permanecían ocupados y había que hacer colas para usarlo. Fueron los días más terribles de despachos periodísticos. Había que leerlos y desde la ciudad la otra persona tenía que escribir la noticia en forma más que neurótica.
En la Feria Andina el ruido era ensordecedor. Grupos aimaras con zampoñas, quenas, bombos, guitarras, se presentaban en un improvisado escenario. El coro y el grupo folklórico de la Universidad de Tarapacá pusieron la nota especial en esos tres mil quinientos metros de altura sobre el nivel del mar.
Y la fiesta, porque era una fiesta, se repartía por todos los lugares del poblado. Los restaurantes estaban hacinados y sacaban las mesas y sillas a la calle. Los stands en la feria se repletaban de turistas y mostraban las artesanías de la zona. Las aimaras y los aimaras, con sus ropajes autóctonos se hacían notar por las calles de piedras.
Todos hablaban de este fenómeno y lo esperaban con ansias. Este fenómeno, el mismo, que se demora cerca de cien años para volver a ser visto en Putre, había que estrujarlo, vivirlo a concho. Había que amanecerse, había que buscar sitios. Hippies de todo el mundo se refugiaron en carpas en las afueras del pueblo, aguantando temperaturas de 10 grados bajo cero, haciendo fogatas en las noches, cantando, bebiendo, fumando, cantando más fuerte.
Televisión Nacional y Canal Trece también se adueñaron de un espacio para informar a todo el mundo. Putre era el lugar señalado. Putre era el sitio donde todo el orbe puso su ojo.
A esas alturas yo, junto a mi reportero gráfico estábamos perdidos entre ese mar de gente. Nadie sabía de nadie. No existía el celular.
En la sede social se repartieron más de dos mil visores especiales para poder ver cómo la tierra se oscurecía en el día. La gente se preparaba, la gente estaba preparada para lo que vendría el día 2 de noviembre. Todo sería a partir de las nueve de la mañana. Pero nadie estaba seguro de lo que ocurriría, nadie estaba seguro de los acontecimientos que se avecinaban. Lo único claro, es que sería el último eclipse solar del siglo 20.
Más allá, a ciento cuarenta y cinco kilómetros de distancia, Arica vivía otra realidad
Entonces Benedetti volvió a asomar por mis oídos: ““Están cambiando los tiempos/para bien o para mal/para mal o para bien/nada va a quedar igual”.
Muchos no durmieron en toda la noche.
Y llegó el día esperado. Era el 2 de noviembre de 1994. Como nunca antes, más de diez mil personas, en un pueblo tan pequeño, estaban situados desde las 7 de la mañana en todos los recovecos. Desde las alturas, Putre se veía rodeado por un manchón de verdaderas hormigas.
Parlantes se hicieron vívidos. Voces de autoridades, cánticos del coro de la UTA. Y nerviosismo, mucho nerviosismo después de todo.
A las nueve de la mañana, hora señalada para el comienzo del fenómeno, todos estaban con sus visores instalados en sus ojos. La luz solar era la de una mañana cualquiera. El aire estaba fresco.
El grupo folklórico de la UTA empieza con sus sones. Eran las nueve de la mañana. De repente comienza a correr un aire inusual por las calles, un viento suave que empieza a elevar papeles y polvo. Pidieron que la música se acallara. Y luego se produce un murmullo tenue, y más tarde un silencio total. El planeta comienza a oscurecerse levemente. El aire comenzaba a intensificarse.
Yo me había instalado al lado de la Feria Andina. Cerca mío estaba el reportero gráfico en silencio. Más allá los carabineros montados a caballo. Quise situarme a centímetros de las artesanas aimaras, quería ver qué decían ellas, cuál iba a ser la reacción de esa gente de poblados lejanos.
A las 9 de la mañana con 18 minutos Putre se oscurece en su totalidad. Y comienzan los gritos. Veo a una mujer, con sus atuendos autóctonos, correr, desesperada. Gritaba “diosito lindo, no me lleves, no pecaré más, pero no quiero morir”. Botó todas las artesanías y se escondió debajo de una mesa. Lloraba. Otras cinco imitaban las acciones de la primera. Por los cerros, caravanas de aimaras bajaban gritando, lanzaban rituales del fin del mundo. Hacía frío. Los caballos de los carabineros comienzan a cerrar sus ojos, dando a entender que estábamos de noche. Era una noche sorpresiva. Querían encuclillarse. Las parinas del Lago Chungará volaron a refugiarse en sus escondrijos, porque para ellas el día había finalizado. Y los gritos, y los desmayos, y los gritos pidiendo salvación. El aire frío se intensificaba, el aire frío y la noche abrupta.
A las nueve y treinta comienza a aparecer lentamente la luz solar, y se inician los cánticos, los bombos, los brindis, los petardos.
Los caballos de los carabineros comienzan a desperezarse y las parinas vuelven al lago.
Yo me quedé cerca de las aimaras que no querían salir debajo de las mesas hasta que el sol volvió en su totalidad.
Había sido una experiencia casi de fin del mundo como le llaman algunos.
Curiosamente Benedetti ya no estaba en mis oídos. Sólo escuchaba ahora el rumor de las mujeres aimaras, sus voces que parecían venir de otro planeta y que demostraban el amor a la vida.

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Sobre Alicia Galaz Vivar y Oiver Welden:

"En su artículo de revista Trilce, Carlos Amador Marchant recuerda haberlos despedido el día de su partida. Escribe que si Alicia se hubiera quedado en Chile habría sido testigo incrédulo de la destrucción de toda iniciativa creativa".

Carlos Amador Marchant escribe blogs impresionantes.

Robert Cowser,

Profesor Emérito, Universidad de Tenesí (Estados Unidos).




Noviembre-Diciembre 2014.-





Carlos Amador Marchant es uno de los más importantes poetas de su generación. Su poesía refleja un tiempo histórico con hablantes desesperados que buscan una salida en diversos tipos de túneles, los del alma y aquellos que la historia tiene oculta en sus bibliotecas ancestrales, en lo más profundo de la memoria de nuestro pueblo.

Aristóteles España
Octubre de 2008
(sobre el libro "Hijo de Sastre")


Sobre ballenas y un libro:
"Estimado amigo Carlos Amador Marchant: agradezco emocionado la mención que haces de mi novela en tu bella y emocionante crónica. Un fuerte abrazo desde España".

Luis Sepúlveda (escritor)
24 de julio de 2010 15:03

Sobre ballenas y un libro: "Estimado Carlos: Gracias una vez más, por cierto, tu blog es uno de los pocos que merecen llamarse literarios. Es sencillamente muy bueno y tus crónicas son estupendas. ¿Las tienes reunidas en un libro de crónicas? Es un género que se pierde con el tiempo. Un fuerte abrazo desde Gijón, Asturias".

Luis Sepúlveda (escritor)
26-07-2010

Crónica "Dame de beber con tus zapatos". Luis Sepúlveda (escritor) dijo... Querido amigo, como siempre disfruto y me maravillo con tus crónicas. ¿Para cuando un libro? un abrazoLucho
(Gijón-España) 10 de julio de 2011 15:25

Sobre Ballenas y un libro: Fuertes imágenes de una historia y una matanza, y de un lugar, que sobrecogen. Con pocos elementos, pero muy contundentes, logras transmitir una sensación de horror y asco que no se olvidan. He estado en Quintay varias veces, y sé lo que se siente al recorrer las ruinas de la factoría; mientras uno se imagina los cientos de ballenas muertas infladas, flotando en la ensenada, en espera del momento de su descuartizamiento, antes de ser hervidas en calderos gigantescos e infernales, para extraer el aceite y el ámbar, tan apetecidos por la industria cosmética en el siglo XX , así como lo fue (el aceite) para el alumbrado callejero en el siglo XIX... Crónica muy bien lograda. Un abrazo.

Camilo Taufic
Santiago de Chile. 27-07-2010

Sobre "Los caballos y otros animales junto al hombre": Tus asnos, caballos, burros y vacas son otra cosa, por cierto, tan cercanos al hombre, tan del hombre. Te adjunto una vieja fotografía de dos palominos que tomé en las montañas de Apalachia, en Carolina del Norte, allá por el año 1983. Encuentro interesante y muy amena la manera en que hilvanas tus textos, siempre uniendo al tema alguna faceta literaria o cultural (en este caso, Delia del Carril, Virginia Vidal, Nemesio Antúnez, Santos Chavez). Hace tiempo te dije que no desistieras de tus crónicas, que van a quedar, y mis palabras fueron corroboradas recientemente por Lucho Sepúlveda cuando él te escribió a propósito de tu artículo Sobre ballenas y un libro: "Estimado Carlos: (...) Tu blog es uno de los pocos que merecen llamarse literarios. Es sencillamente muy bueno y tus crónicas son estupendas. ¿Las tienes reunida en un libro de crónicas? Es un género que se pierde con el tiempo. Un fuerte abrazo desde Gijón, Asturias. Lucho". Y eso digo yo también, que tus crónicas son estupendas. Te escribe desde Benalmádena, Málaga:

Oliver Welden (poeta)
21 de agosto de 2010


Sobre "El corcoveo de los apellidos..." ¡Notable, muy bueno! Escribir sobre la configuración de su nombre, con esa transparencia en el decir es algo que se agradece, precisamente en un pequeño universo donde lo que más pareciera importar es "el nombre". Además, esas referencias a los escritores nortinos siempre son bienvenidas, pareciera que no siempre ellas abundan en la crónica y crítica nacional.

Ernesto Guajardo
(Valparaíso-15 noviembre-2010)

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En torno a "La sombra de Adolfo Couve sobre Cartagena"

Gracias Carlos por el envío. Gesto muy noble recordarlo y dirigirnos a él, con su obra y vida... Adolfo no recibía el Amor, de cualquier manera hubiese sido feliz, era bello por dentro y por fuera... Su muerte me hirió mucho.

Saludos
Alicia Dauvin del Solar
(abril-9 de 2016)

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