sábado, 21 de diciembre de 2013

Herb Alpert en la plaza



Escribe Carlos Amador Marchant

Llamaron profundamente la atención unos sonidos lejanos. Me pareció que se trataba de un trombón y una trompeta. Fue porque una mañana calurosa del año pasado me detuve a descansar en los rincones de una plaza de Valparaíso.
En medio de la turba del mediodía me hice guiar por el olfato como cuando un perro sigue el olor de la comida. Pero en este caso no fue la nariz, sino el oído el que me transportaba como ave haciéndome deslizar por los ínfimos caminos de la plaza. Divisé a lo lejos, sobre una tarima, a dos hombres que acomodaban cantidades de cds en una pequeña mesa de madera y carcomida. Abajo caminaba una mujer bella de una cierta gordura que impresionaba.
En los momentos en que me encontré a diez metros de los tres, el sonido de la música se había acallado. ¿Qué hacían ahí?. La respuesta me la dieron cinco minutos más tarde cuando reiniciaron ritmos sutiles de Tijuana Brass, la legendaria.
El trombón y la trompeta, en labios de esos hombres entrados en edad, me dieron la imagen de tardes idas, cercanas a la costa, a los años primarios que desaparecen en medio de la limpieza o suciedad del tiempo.
El ritmo medianamente bien elaborado emergía entre el aire con una música envasada que hacía de fondo. De inmediato me di cuenta que estaban comercializando los cds, porque la mujer de rostro bello y pasada de anchuras se acercó con un ejemplar ofreciéndolo. En la carátula aparecían los dos músicos correctamente vestidos. El cd era humilde, denotaba haber sido producido por ellos mismos en un momento en que se dijeron, con la boca sonriente, que la idea de tocar en la calle les serviría, sin duda, para comer un buen asado ese fin de semana.
Lo concreto es que la turba circulaba por otros lados y algunos observaban desde lejos y seguían caminando. Esto mismo me trajo el recuerdo de mis escasos 23 años cuando se me ocurre salir a comercializar en una feria de las pulgas mi segundo libro recién impreso. Había pensado en ese momento que la estrategia era genial en un lugar donde casi ningún poeta se había atrevido a vender sus propias creaciones. Dispuse de dos cajones para instalar los libros y un quitasol para protegerme del calor asfixiante del desierto. Una vez instalados los textos me di cuenta que se veían hermosos, que sus carátulas relucían. Sin embargo, pasaron siete horas y nadie compraba. La gente pasaba, miraban, y luego seguían su camino. De repente, un niño hizo detener a su madre. Con sus ojos parecía insinuarle que esos dibujitos que aparecían en la tapa le habían impresionado. La señora se detiene y con audacia coge un libro y lo abre. Luego movió su boca con desgano y dijo: ¡¡¡ahhhh…es poesía…vamos niño, vamos¡¡¡. Con ese desaire culminó mi “negocio redondo”, y eché a andar por los caminos ya oscuros de la ciudad hasta perderme en la desilusión.
El trombón ahora emerge de nuevo y la dama anchurosa trata de perseguir a los transeúntes. Yo le compré un cd acordándome de experiencias pasadas. Debe haberme costado mil pesos. Los hombres seguían tocando, trayendo la primera etapa de Herb Alpert, la etapa de la década del 60, de quien hasta bordear la segunda mitad del siglo veinte ya había vendido más de setenta millones de álbumes, sólo superado por Presley, Sinatra y los Beatles. Ahí estaba Alpert en la plaza, abandonado de espectadores como nunca imaginó este hombre exitoso, recordado por dos músicos de avanzada edad que se atrevían a sacar un cd con sus manos, emulando, mal emulando, contradiciendo la creación, creyéndose el cuento de reunir a multitudes, de remecer a los apáticos habitantes de este largo y angosto planeta llamado Chile.
Miro detenidamente el cd forrado con nylon barato y en cuya parte trasera aparecen los nombres de algunos temas emblemáticos de la Tijuana Brass. Las letras están borrosas, denotan haber sido escritas con una tinta por extinguirse de la impresora.
Entonces me pregunto sobre estos músicos viejos. Me pregunto de sus vidas sin mucho destino, de los años de sueños transcurridos como un silbido, de los sueños que tuvieron un día, sin pensar jamás en culminar la existencia tocando en una plaza vacía, vendiendo una grabación artesanal y precaria. Y parafraseando la desgracia se quedan en mis ojos los versos de Efraín Barquero: “Como en el día original del mundo,/el sol no acaba de pasar por este cielo”.
Y es que parece que este sol no llega nunca para muchos artistas. Y es que parece que se escondiera desde antes del nacimiento de quienes se dedican al arte, de muchos que ven atrofiadas sus vidas, sin perspectivas, viviendo de sueños inútiles. Como ese señor que expresa semana tras semanas que será millonario comprando juegos de lotería. Así dicen, dijeron, dirán muchos:”espérate, que ya me vendrá la fama” .Y pienso entonces en estos dos caballeros del trombón y la trompeta, en si habrán dicho estas frases, si habrán repetido estas sílabas en sus tiempos de juventud, si las traen a su mente ahora que están tocando en esta plaza desolada de público. Y vuelve Barquero a embadurnarme: “La tierra tiene sed con este sol pegado a su follaje”.
Y entonces viene a mí Herb Alpert, el original, el exitoso, el hombre que hoy en día alberga sus setenta y cinco años de vida, el que está estampado en el Salón de la Fama de Hollywood, en el Boulevard Hollywood 6929. Y siento en la mente su música, mirando al mar, frente al océano del norte centro y sur de Chile. Y me contraigo, estremezco ensoñando situaciones de antaño. Acompañado de un vino tinto o un coñac con la música de Alpert.
Pero regreso a la casa con este cd humilde, hecho a mano, con trompeta y trombón de dos hombres envejecidos cuyo émulo no es el más exacto. Y me siento a escucharlo, porque a fin de cuentas me costó una luca, y estos seres anónimos merecen ser oídos.

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Sobre Alicia Galaz Vivar y Oiver Welden:

"En su artículo de revista Trilce, Carlos Amador Marchant recuerda haberlos despedido el día de su partida. Escribe que si Alicia se hubiera quedado en Chile habría sido testigo incrédulo de la destrucción de toda iniciativa creativa".

Carlos Amador Marchant escribe blogs impresionantes.

Robert Cowser,

Profesor Emérito, Universidad de Tenesí (Estados Unidos).




Noviembre-Diciembre 2014.-





Carlos Amador Marchant es uno de los más importantes poetas de su generación. Su poesía refleja un tiempo histórico con hablantes desesperados que buscan una salida en diversos tipos de túneles, los del alma y aquellos que la historia tiene oculta en sus bibliotecas ancestrales, en lo más profundo de la memoria de nuestro pueblo.

Aristóteles España
Octubre de 2008
(sobre el libro "Hijo de Sastre")


Sobre ballenas y un libro:
"Estimado amigo Carlos Amador Marchant: agradezco emocionado la mención que haces de mi novela en tu bella y emocionante crónica. Un fuerte abrazo desde España".

Luis Sepúlveda (escritor)
24 de julio de 2010 15:03

Sobre ballenas y un libro: "Estimado Carlos: Gracias una vez más, por cierto, tu blog es uno de los pocos que merecen llamarse literarios. Es sencillamente muy bueno y tus crónicas son estupendas. ¿Las tienes reunidas en un libro de crónicas? Es un género que se pierde con el tiempo. Un fuerte abrazo desde Gijón, Asturias".

Luis Sepúlveda (escritor)
26-07-2010

Crónica "Dame de beber con tus zapatos". Luis Sepúlveda (escritor) dijo... Querido amigo, como siempre disfruto y me maravillo con tus crónicas. ¿Para cuando un libro? un abrazoLucho
(Gijón-España) 10 de julio de 2011 15:25

Sobre Ballenas y un libro: Fuertes imágenes de una historia y una matanza, y de un lugar, que sobrecogen. Con pocos elementos, pero muy contundentes, logras transmitir una sensación de horror y asco que no se olvidan. He estado en Quintay varias veces, y sé lo que se siente al recorrer las ruinas de la factoría; mientras uno se imagina los cientos de ballenas muertas infladas, flotando en la ensenada, en espera del momento de su descuartizamiento, antes de ser hervidas en calderos gigantescos e infernales, para extraer el aceite y el ámbar, tan apetecidos por la industria cosmética en el siglo XX , así como lo fue (el aceite) para el alumbrado callejero en el siglo XIX... Crónica muy bien lograda. Un abrazo.

Camilo Taufic
Santiago de Chile. 27-07-2010

Sobre "Los caballos y otros animales junto al hombre": Tus asnos, caballos, burros y vacas son otra cosa, por cierto, tan cercanos al hombre, tan del hombre. Te adjunto una vieja fotografía de dos palominos que tomé en las montañas de Apalachia, en Carolina del Norte, allá por el año 1983. Encuentro interesante y muy amena la manera en que hilvanas tus textos, siempre uniendo al tema alguna faceta literaria o cultural (en este caso, Delia del Carril, Virginia Vidal, Nemesio Antúnez, Santos Chavez). Hace tiempo te dije que no desistieras de tus crónicas, que van a quedar, y mis palabras fueron corroboradas recientemente por Lucho Sepúlveda cuando él te escribió a propósito de tu artículo Sobre ballenas y un libro: "Estimado Carlos: (...) Tu blog es uno de los pocos que merecen llamarse literarios. Es sencillamente muy bueno y tus crónicas son estupendas. ¿Las tienes reunida en un libro de crónicas? Es un género que se pierde con el tiempo. Un fuerte abrazo desde Gijón, Asturias. Lucho". Y eso digo yo también, que tus crónicas son estupendas. Te escribe desde Benalmádena, Málaga:

Oliver Welden (poeta)
21 de agosto de 2010


Sobre "El corcoveo de los apellidos..." ¡Notable, muy bueno! Escribir sobre la configuración de su nombre, con esa transparencia en el decir es algo que se agradece, precisamente en un pequeño universo donde lo que más pareciera importar es "el nombre". Además, esas referencias a los escritores nortinos siempre son bienvenidas, pareciera que no siempre ellas abundan en la crónica y crítica nacional.

Ernesto Guajardo
(Valparaíso-15 noviembre-2010)

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En torno a "La sombra de Adolfo Couve sobre Cartagena"

Gracias Carlos por el envío. Gesto muy noble recordarlo y dirigirnos a él, con su obra y vida... Adolfo no recibía el Amor, de cualquier manera hubiese sido feliz, era bello por dentro y por fuera... Su muerte me hirió mucho.

Saludos
Alicia Dauvin del Solar
(abril-9 de 2016)

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