sábado, 21 de diciembre de 2013

Los cordeles que atrapan a Valparaíso


Por Carlos Amador Marchant

Estaba mirándome en un video youtube donde aparezco bajando escalas de Valparaíso. No sé en qué momento se hizo esa grabación, pero no fue para verme a mí mismo, sino para esclarecer que en este puerto histórico de Chile las escalas son la imagen de una ciudad que tiene esa característica, para bien o para mal.
La alternativa es válida por la conformación del puerto, hecho a pulso y de músculos, y donde los hombres quisieron, al paso de los siglos, estampar su fiereza. O sea, se me comprenda o no, quienes se establecieron en estos lugares, lo hicieron pensando en ver el mar desde los cerros.
Y es así como esta ciudad se fue agigantando y destruyendo al mismo tiempo. Pero estas hormigas que somos los humanos quisieron quedarse acá para seguir viviendo las adversidades: “Pronto,/Valparaíso,/marinero,/te olvidas/de las lágrimas,/y vuelves/a colgar tus moradas,/a pintar puertas…” (Pablo Neruda).
No es que Valparaíso se haya destruido en su totalidad con las adversidades climáticas y volcánicas, porque hay más de un centenar de casas que aún se mantienen vivas en el tiempo y dejan lucir en sus frontis los momentos en que fueron construidas. Sin embargo no interesa sólo el tema de las construcciones, sino más bien lo que hay debajo o encima de la tierra, lo que ha dejado miles de hombres insignes en todos sus quehaceres y que hoy en día sigue flotando en el entorno del puerto. Es quizás esto lo más trascendente que tiene Valparaíso, la historia que está estampada en los libros, la que al paso de los días y los meses tratamos de recorrer hasta encontrarnos con la savia que está encima de la tierra.
Esto no es un artículo turístico para atraer a las millones de personas que aspiran subirse a un trasatlántico y llegar a estos lugares: NO. Más bien trato de mostrar esta tierra que visité el año 1995 por razones muy personales, y que a la larga se transformó en quedarme casi para un siempre de siempre.
Lo que acontece ahora es escudriñar cómo una persona venida del norte de Chile se pudo aclimatar a estas zonas distintas, de lluvias y de pulsaciones diferentes.
Aquí están las raíces de alguien que nunca supo que el destino estaba esperándolo a la vuelta de la esquina. Mi padre había nacido en este puerto y se trasladó al norte en su etapa de juventud para iniciar una vida nueva enclavada en el desierto: “Si el hombre pudiera decir lo que ama,/Si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo…” (Luis Cernuda).
Hay cientos y cientos de personas, pensadores, que han escrito o han dedicado su tiempo a construir palabras estampando los rincones de Valparaíso. Lo trascendente de esto está, como dije anteriormente, en los rincones de la tierra o en la superficie de ella misma. La historia nos persigue, gritó alguien por ahí, mientras por su boca se iba dibujando una especie de tristeza. El escritor Carlos León, si bien el artículo no está dedicado a este puerto histórico, grafica de manera genial los rasgos del recuerdo perentorio que embarga a quienes se van y luego retornan para observar los sitios donde vivieron: “El hombre miraba con serena desilusión una casa descascarada y ruinosa, ubicada en una viejísima calle de un puerto del norte. Por momentos su concentración era tan intensa, que entrecerraba los ojos, como si persiguiera, a lo lejos, una imagen fugitiva.”. En este mismo artículo aparecido en su libro “Algunos días..” de Ediciones Universitarias, explica que aquel hombre se decide a golpear la puerta de esa casa semiabandonada y con nuevos moradores. Veintiocho años se había alejado de su entorno y la mujer que lo recibe le permite entrar para que éste recorra sus rincones. Más tarde, luego de palpar cada sitio, repite palabras en silencio y pareciera arrancar de los espacios: “Era otro tiempo, prosiguió hablando consigo mismo. Otro tiempo, repitió en voz baja… Luego, cambiando de tono, le dio las gracias en forma efusiva y se alejó, como si huyera”.
El poeta Efraín Barquero, en su estada en el puerto los primeros años del año 2000, antes de viajar de retorno a Francia, habitó un pequeño departamento a la subida de la calle Yerbas Buenas. Si bien es cierto que desde ahí hasta llegar a la planicie del centro de Valparaíso, es de escasa distancia, él prefería subir hasta la Avenida Alemania mirando el impresionante océano y luego bajaba hacia distintos sitios. Barquero, por ese entonces de setenta y un años, gozaba de excelente estado físico.
Las escaleras, tema que nos convoca, tienen fiereza felina. Al mirarlas desde abajo, habrá que pensarlo dos veces para subirlas. Por el contrario, al observarlas desde arriba, se recomienda no bajarlas a prisa por lo empinadas.
Estamos hablando de un puerto que nos atrapa. Hace unos días, dialogando con un conocido que hace un tiempo comenzó a realizar trabajos editoriales en Venezuela, comentaba, curiosamente, que prefería retornar a Valparaíso porque no podía dejar de recordar sus calles y entornos. Otro conocido que estaba junto a nosotros le dijo que cómo era posible pensar eso, que las mujeres venezolanas son hermosas, que el clima, que el Caribe, etcétera. Y él respondió: “aunque no lo creas, prefiero las mujeres de estos lados, prefiero el clima de acá, y aunque el puerto ya me lo conozco al revés y al derecho, sus calles viejas, su hediondez, sus escaleras, hay algo que me atrapa en este lugar”.
Precisa y finalmente, en el tema de atrapes, el mismo Carlos León especifica por qué Valparaíso tiene ese cordel para amarrarnos de por vida: “Algunas calles, ciertas esquinas y establecimientos, adquieren en su presencia, una actitud pensativa, marinera, casi sinfónica; los cerros mismos, tan erguidos, tan sólidos, tan intensos los demás meses del año, bajo el imperio de la lluvia se esfuman y debilitan en una especie de acuarela sugestiva y dulce”.

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