lunes, 30 de diciembre de 2013

Sobre Nana Gutiérrez la antipoeta de Arica



Por Carlos Amador Marchant

Para recordar a la antipoeta Nana Gutiérrez debo situarme en la ex Universidad Técnica del Estado de la ciudad de Arica. La casona, potenciada a lo largo del gobierno de Allende, y con muchas sedes en el territorio nacional, estaba ubicada en la Avenida Santa María frente a la antigua Endesa (Empresa Nacional de Electricidad).
En esa edificación de madera que antaño había sido un galpón semi industrial, se establecieron salas de clases frente a una arquitectura pobre. En los próximos años estaba proyectada la construcción de una sede de tres pisos y de cemento. El golpe de Estado habría de cambiar todas las perspectivas de esa pequeña sede universitaria.
Con todo, la UTE funcionó hasta 1976 con la idea de poder entregar los títulos a los estudiantes antiguos que estaban por egresar. Ingresé a estudiar Control de Producción en 1974, sin poder culminar mis estudios.
En esas pequeñas aulas, en un pequeño anfiteatro de madera lograron antes de 1973 presentarse una serie de artistas famosos, entre éstos Víctor Jara. Charlas con los más destacados políticos.
A mi ingreso había desaparecido toda la euforia artística instalándose un nuevo rector pro militarista. Muchos estudiantes desaparecieron de la noche a la mañana sin saberse de sus destinos. Llegaron rostros nuevos a dictar clases, y la labor cultural no se observaba por ningún lado. Unido al deseo de hacer cosas y unido también a mis ímpetus juveniles, con unos pequeños ahorros entregados por mi padre, se me ocurre visitar la Imprenta Prado para editar mis primeros poemas. La imprenta Prado estaba ubicada en la calle Azola del puerto. El dinero no me alcanzó más que para las tapas de cartón grueso donde se podía leer “Poemas” y mi nombre. Las hojas interiores las hice a mimeógrafo, utilizando una máquina de la misma sede universitaria en una sala fétida que estaba instalada detrás de las oficinas administrativas.
Los nuevos profesores de esa universidad me vieron trabajar tardes enteras con ese rodillo, entintándome las manos, orgulloso de observar aquella humilde publicación que comenzaba a salir en los momentos más negros que vivía la patria.
Junto con esto se iniciaba un nuevo camino literario en la ciudad, salido del silencio, salido de la nada, de los escombros esparcidos. Por otra parte, la mínima edición de esos poemas sirvió para acercarme al diario La Defensa donde comencé escribir mis primeras crónicas. Tenía diecinueve años. Eran crónicas incipientes, enfermizas y de una falta de conocimientos de muerte.
Esto mismo dio origen a la formación del grupo literario “Desinencia”, que funcionó en los interiores de esa casona universitaria con no más de siete integrantes que lo único que querían era reflexionar y escribir poesía.
Nos reuníamos en una sala vieja y de piso de tierra, “regalo” otorgado por el rector militarista. Era un lugar frío y de paredes sucias que olía a meado de perros. Lo primero que hicimos fue crear unos afiches que fuimos pegando en las paredes de la entrada de la universidad. Nuestros poemas, escritos a máquina, comenzaban a tomar fuerza.
El aire, por esos días, al margen de la represión impuesta por el régimen, era un aire triste, de soledad apestosa. Pero los muchachos, incluso aquellos que llegaron de algunos liceos, atraídos por las crónicas aparecidas en el diario, querían participar en este grupo, sin antes llevarse la desilusión de saber que éramos pocos, pero que queríamos meter bulla en la ciudad.
Las crónicas que fueron apareciendo semana tras semana, sirvieron para que prendiera la mecha de la esperanza literaria en Arica. Y esto no se hizo esperar. Un día cualquiera me llama la antipoeta Nana Gutiérrez. Me llama al teléfono de la sede universitaria. Fue en la noche, y sus palabras irrumpieron con cierta docilidad pero impregnadas al mismo tiempo de un deseo de moderar el asunto.
¿Quiénes eran estos muchachos que firmaban como “Desinencia” y dentro de la UTE?.
Nana Gutiérrez, al margen de felicitarme por hacer sonar los bombos literarios, también me dijo otras cosas. Entre éstas, y como yo firmaba los artículos con el nombre completo, “director grupo literario Desinencia”, me señaló que el nombre era demasiado largo: ¡¡acórtalo, hombre, acórtalo¡¡.
Esto significó una larga conversación con ella. En medio de su locuacidad, personalidad que confirmó su cometer literario que hoy por hoy busca (trata) de salir de lo regional -aun cuando antes de morir trabajó el verso con algunos literatos latinoamericanos conocidos, entre éstos con el peruano Winston Orrillo y el argentino Marco Denevi, y hasta Parra y Neruda le dedicaron algunas palabras en la década del 70- me dio varias ideas: “eres un muchacho, me dijo, no sabes muchas cosas, pero te recomiendo que firmes de esta manera o bien de ésta otra…pero elimina un apellido siquiera, para que la gente, los escasos lectores que tenemos se acuerden de ti”.
De esta forma eliminé mi segundo apellido y la publicación “Poemas”, salió como ella dijo. Así firmo hasta estos días.
Al paso de las semanas los llamados de Nana se hicieron constantes. A medida que salían crónicas en el diario, más llamados llegaban. ¡¡¡Hagan algún recital, muchachos¡¡…nos gritaba. Y esto se hizo realidad a los pocos meses. Luego de varios diálogos con el Departamento de Extensión Cultural de la Universidad del Norte, realizamos un primer recital llevando a cuestas versos escritos a máquina y el reciente “Poemas”.
Por ese tiempo Nana Gutiérrez tenía 47 años y su arquitectura física estaba visiblemente desgastada por la enfermedad. Flaquísima, de huesos duros, alta, y de una cabellera rubia, hacía relucir sus voz extraña, casi salida de muy adentro de su garganta, como escondiéndose, como gimiendo. Era una voz extraña.
De personalidad, a veces, agresiva, no había que contrariarla. Antes del recital conversamos en varias ocasiones. Ella quería que nos viéramos las caras y estaba profundamente entusiasmada con la idea de conocer gente joven. Por esta razón ideó reuniones en una tiendita que tenía la actriz Manola Banchero en la calle 21 de Mayo, pleno centro de la ciudad.
Todas las veces que nos juntamos hacíamos simulacros de fama. Manola nos sacaba fotos en blanco y negro y Nana nos hacía imaginar que ésas serían fotografías para la posteridad, para los momentos en que la sociedad nos requiriera en la historia del norte literario. La Banchero, quien había realizado una vasta labor en el Teatro Experimental Arica, presentando obras en la sede de la ex Universidad de Chile, reuniendo a brillantes actores del tiempo de la democracia, mantenía una mirada triste y gastada, como pensando en las cosas que ya se habían ido, como pensando en un final sin retorno. Y pareciera que la presencia de Nana por esos años, le trajo, por lo menos, un aire de conformidad ante el desolado momento artístico que se vivía.
Creo que por esta razón jugueteaba con nosotros, nos seguía las risotadas, nos mostraba sus últimas alegrías, nos seguía el juego. Nana Gutiérrez, por otra parte, también hacía sus últimas apariciones en público, arriesgándose en la intemperie a renacer los ímpetus literarios de estos jóvenes que se atrevían a sacar sus escritos en esos momentos difíciles para la nación.
Con todo, Nana no fue de creación extensa. Sólo se le conocen cuatro libros: Por el rabo del ojo; Calendario (escrito mes a mes junto al poeta y periodista peruano, Premio Nacional de Cultura, Winston Orrillo); Correspondencia, con el escritor argentino Marco Denevi, Premio Nacional de Teatro y autor de una veintena de libros, entre éstos Rosaura a las Diez; Los Expedientes y uno de sus últimos El Amor es un Pájaro Rebelde. Denevi falleció a los 76 años el 12 de diciembre de 1998.
Nana editó su última obra denominada “Luna Llena”, en imprenta de la ex Universidad del Norte de Arica: “Luna llena…¿llena de qué?”, decían unos de sus versos. Por esos años, en 1974 en dicha ciudad no había librerías, y eran denominados así ciertos locales que se dedicaban a la venta de cuadernos y útiles escolares. Tímidamente comenzaban a instalarse algunas, pero éstas morían a los meses por asfixia económica. La obra de Nana Gutiérrez fue pobremente difundida, a tal extremo que es muy difícil hallar un libro de ella en las bibliotecas del país, y nada de raro que muchos de éstos estén arrinconados en algunas casas o en la misma universidad donde fue editada. En internet, comenzamos en estos últimos años recién a ver algunos acercamientos a ella, gracias a periódicos virtuales que se editan desde Arica.
Recuerdo que un día le consulté: Nana ¿cómo te ha ido con tu último libro?..Ella me contestó…¡¡bien, muy bien, se han enviado a diversas partes del mundo¡¡…Eran mentirillas dichas por personeros del régimen dictatorial, porque los libros estaban allí, y los pude ver en el más completo abandono y deterioro en una de las salas universitarias de aquel entonces. Más tarde, al paso de varios años comenzaron a ser enviados a algunas embajadas y consulados.
Concretamente pienso que a la antipoeta le nació las ansias de estar en sus últimos años con poetas jóvenes, con gente a quien poder guiar. Su eterna rivalidad con personas que llegaban de otros sitios de Chile, le hicieron alejarse de los caminos que imponía Tebaida, por ejemplo, porque ella quería estar representando a la ciudad de Arica, asumiendo cierto liderazgo que a la larga la fue consumiendo.
De igual forma hay que decir que dedicó su última fortaleza de vida, lo que le quedaba de fuerza en su cuerpo y alma, a estar con nosotros. Y de esto estamos profundamente agradecidos. En el primer recital poético que hicimos, ella no asistió, pero envió una paloma blanca de porcelana fina y unas palabras de aliento. Luego arremetía con su pluma en el diario La Defensa, con expresiones sorpresivas y que muchas veces nos llenaban de alegría. Era así.
Y así como fue sorpresiva con su primer llamado telefónico y sus comentarios breves en los diarios, también tuvo mal carácter. Si bien es cierto en uno de sus poemas de “Lunallena” hacía alarde de su soledad maldita, llamando a sus amigos a que marcaran su teléfono (en el poema daba el número), en varias ocasiones la llamé y la conversación no duró mucho, porque se aburría y cortaba. O bien cuando ella llamaba, sus palabras eran brevísimas y había que estar atento a que en cualquier momento colgara sin dar un motivo razonable. Pero la explicación era su delicado estado de salud, su cuerpo delgado, su arquitectura débil y sus dolencias del alma. Amén a su creatividad, todo lo entendimos.
La relación de la escritora con el grupo surgido en la ex Universidad Técnica del Estado, duró precisamente lo que tuvo de vida esta agrupación literaria: dos años.
Intuyo que ella presentía que algo así ocurriría. Luego decidió encerrarse en su casa y no supe más hasta el día de su muerte, 11 años después.
Muchas cosas ocurrieron mientras tanto. La ex UTE cerró sus puertas y tuve que dejar la carrera que había comenzado. Los integrantes de la agrupación marcharon por rumbos diferentes, algunos al sur de Chile. Uno de los liceanos que había ingresado con deseos de trabajar por el grupo, un joven mirista, se suicidó ad porta de fenecer Desinencia.
El joven poeta de apellido Fabbiani, dos días antes de tomar aquella determinación, había ido a mi casa tal vez a despedirse, tal vez a reflexionar sobre problemas políticos y existenciales. No me encontró. Sólo supe de él después de su muerte.
Con estos poetas nacientes nos reuníamos en las plazas ariqueñas. La idea era salir un día de nuestro país a respirar aire puro, a arrancar de la depresión que nos carcomía momento a momento. En un instante pensamos en España. Otros días ideamos salir a Argentina. Nunca se concretaron esas ideas y las horas pasaron y los meses y los años, y nos fuimos quedando aprisionados en las paredes de Chile, desde aquellos años que transcurrieron rápidos como las aguas fluviales.
Otro de los puntos que golpearon nuestra existencia primaria, fue la escasa comunicación con el mundo exterior ariqueño. No eran los tiempos de ahora, no eran los tiempos del internet. Eran los tiempos del correo común, de las cartas que demoraban semanas en llegar, de los telegramas, de los teléfonos antiguos que no todo el mundo tenía.
Queríamos conocer otros poetas, otros jóvenes que se atrevieran a lanzar ideas en la extensa geografía chilena. Nana Gutiérrez estuvo con nosotros en esos momentos tenebrosos. Al paso de veintitrés años después de su muerte, la recordamos. Y guardamos un profundo silencio, de respeto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Entrega tu comentario con objetividad.

Sígueme en Google+ Badge

Google+ seguidores

ARCHIVOS MÁS VISITADOS (EN LA SEMANA)