lunes, 23 de diciembre de 2013

Perros de crónica y perros sincrónicos

Escribe Carlos Amador Marchant




Desde casi al mediar el año dos mil nueve me puse a pensar en anécdotas de perros. Y son tantas que, a veces, cuesta hilvanar los espacios. Perros de colores distintos: negros, blancos, plomizos, café. Y los tamaños también han sido disímiles, y sus colmillos, y sus ladridos. Pero me atrevo a decir que en cosas de pertenencia canina, no he tenido suerte. La mayoría de las veces, o se han muerto, o han sido atropellados, o por asuntos del ir y venir en este territorio, los he dejado con otros dueños.
Sin embargo, los perros se aferran a mí como los propios zapatos. Desde la niñez están latentes como las fotos. Tienen la calidez del amor y la fiereza de tormentas.
De niño recuerdo la ternura de éstos. Lengüetazos que se desplazaban por mi boca y subían hasta los ojos y se esparramaban por mejillas. Eran tiempos en que uno no sabía de infecciones o no nos importaba. Recuerdo mi rostro invadido por manchas blancas.
Más allá de la docilidad, también los veo, los siento, en momentos de terror.
Era de noche y en mi ciudad natal me habían mandado a comprar legumbres para el almuerzo del día siguiente. El almacén de destino quedaba a cuatro cuadras de distancia y debía atravesar una calle que no estaba iluminada. Tenía la certeza que en ese sitio se guarecían varios perros, pero también estaba seguro que nunca escaparían de sus casas.
Iba caminando en medio de la oscuridad con los pasos pequeñitos de la niñez y escucho un ladrido. Minutos después me veo corriendo y cuatro perros tras mi cuerpo. Estaban transformados en fieras. Fui salvado por la valentía de la patada lanzada al hocico de uno. El resto huyó tras el grito de dolor. Si bien odio la violencia hacia los animales, este caso era de vida o muerte.
Tengo un vago recuerdo de un hombre a orilla de playa. Era moreno y corpulento como los seres de la pampa. En el norte de mi país, antes de mi pubertad, gusté de acercarme a la costa hasta en los días de invierno. Las olas levantaban brazos irónicos y daban latigazos a las rocas. El ambiente era plomizo, invernal, frío. Aún así, el hombre acompañado de un perro de los llamados “policiales”, entraba y salía del agua y era un diestro nadador. En medio de la turbulencia oceánica observo la cabeza del mocetón diminuta entre olas salvajes. Desde los roqueríos el perro mira y ladra, ladra nervioso. Una vez que éste sale del mar y se acerca, el animal le lanza feroz mordisco en una de sus piernas. El dueño del canino se encuclilla sobre las rocas, luego se levanta. Un pedazo de carne le colgaba. Y era tanta la sangre y tanto el rugir de las olas. El corpulento pampino, curiosamente, no se desmayó. Su fortaleza le permitió coger el pedazo de carne y unirla al orificio. Después se encaminó al mar y hundió la pierna para que el agua salada lograra detener el líquido rojo. Salió cojeando y se sentó. Hizo pedazos una camiseta y se la amarró a la tremenda herida. Yo estaba cerca de él, pero mi presencia parecía no importarle. Lo veo alejarse sin decir palabras por la arena húmeda y se pierde a la distancia. El perro iba tras él, mudo.
Hace unos años fui invitado a una casa muy humilde en los cerros de Valparaíso. El puerto es conocido por la proliferación de estos animales, muchos de ellos sin dueños, y vagan y duermen en los más inimaginables escondrijos. Después de la comida salimos a recorrer el sector. El dueño de casa me había advertido de la proliferación de caninos. Nos aperamos de unos troncos por las dudas. Calculo no haber caminado más de tres minutos cuando saltan ruidos en medio de la oscuridad; luego ladridos temerosos. En medio de las alambradas y los cercos de maderas se mueven bultos. Luego más ladridos, luego gruñidos. De repente siento un grito espantoso. Era mi amigo que había sido alcanzado por los colmillos de un can. Le dije, le repliqué que fuéramos de inmediato a la asistencia pública, pero él prefirió alcanzar su casa. Rodeado de sangre se hizo unos lavados, y como hombre de pueblo, con unos ungüentos se amarró la herida. Al día siguiente sobrevivió al mordisco.
Hay un cuento que culminé y que está relacionado con un collie que me acechaba cuando pasaba frente a su casa. Mi deambular por ese frontis era dos veces al día. He llegado a la conclusión que mi presencia constante aburrió al animal. No tengo otra explicación para esos ladridos fieros acompañados de baba, saltos y ojos vidriosos. Al paso de varios meses comprendí, definitivamente, que el collie me tenía ganas. Un día, cuando por fin entendí que debí haber cambiado rumbo hace mucho tiempo, el inmenso perro me estaba esperando con la reja abierta. Emprendí feroz carrera, propia de mis tiempos universitarios, pero dos cuadras más allá el animal estaba frente a mí. Me detuve a esperar lo que sea, a esperar ser devorado por la bestia. Sin embargo, y curiosamente, el collie dio tres vueltas alrededor de mi cuerpo, me olfateó cinco veces, y luego levantó una de sus patas lanzando meado caliente sobre mis jean. Minutos después se perdió, tranquilo, en la inmensidad de las calles.
Los perros están en todas partes. No hay películas donde se aborden temas rurales sin un perro caminando. En los partidos de fútbol cada cierto tiempo siempre entra un can a la cancha, la atraviesa tranquilo, sin percatarse de las cuarenta mil personas en las graderías. Muchos poetas incorporan a estos animales en sus versos. Neruda, al referirse al tema de la muerte y cementerios, dice: “…Hay cadáveres, hay pies de pegajosa losa fría, hay la muerte en los huesos, como un sonido puro, como un ladrido de perro, saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas, creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia”.
Muy temprano, cuando el sol comienza recién a expandirse por los techos de las casas, veo mujeres salir con sus mascotas. Ellos son guiados por sus dueños que parecen escoltas. Y van erguidos como cualquier hombre de sociedad. Siempre a la misma hora, como una obligación perenne. “Es para que estiren las patas”, dicen con entusiasmo. Y siguen su rumbo en una escena que no se sabe si es la dueña la que guía al perro, o éste el que la arrastra como a un coche.
Más allá, en la misma mañana, veo otro tipo de canes. Son los que se desperezan de la inclemente noche, los que han dormido arrinconados bajo piedras y se despiertan sin saber dónde alcanzar un poco de alimento. Por ahí se acerca un quiltro de meses, con su pelaje gastado por la sarna, aprisionado en garrapatas. Lo observo cómo relee las callejuelas, tal vez pensando en qué le deparará el día, en medio de las sombras del tiempo.
Pero los perros están en todas partes. Parecen repartirse entre soles que brillan y las tormentas que azotan sus carnes. Porque lo que yo recuerdo de mi niñez es precisamente un ladrido, que venía de lejos, y sin embargo, estaba tan cerca.

en  


6 comentarios:

Astrid Fugellie dijo...
Gracias, un abrazo!, Astrid
Rosa Rojas Ramírez dijo...
"Muy buena! con tu permiso la imprimí para los alumnos de 7º y 8º...Gracias por compartir con nosotros tus crónicas."
Rosa Rojas Ramírez
Florencio Faúndez dijo...
Al parecer los perros son muy recordados por los amigos poetas ¿Serán también sus mejores amigos? Un abrazo."
Florencio Faúndez (Arica-Chile)
Norma fariña dijo...
jajaja, a mi tambien se me aferran los perros, tanto que 2 me han enterrado sus afilados colmillos.

Saludos
Norma
Gastón Herrera dijo...
Estimado Carlos,felicitaciones nuevamente por tus artículos.
gastón.
Wilma Borchers dijo...
Aprecio tus comentarios.Felicitaciones.
Wilma.

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Sobre Alicia Galaz Vivar y Oiver Welden:

"En su artículo de revista Trilce, Carlos Amador Marchant recuerda haberlos despedido el día de su partida. Escribe que si Alicia se hubiera quedado en Chile habría sido testigo incrédulo de la destrucción de toda iniciativa creativa".

Carlos Amador Marchant escribe blogs impresionantes.

Robert Cowser,

Profesor Emérito, Universidad de Tenesí (Estados Unidos).




Noviembre-Diciembre 2014.-





Carlos Amador Marchant es uno de los más importantes poetas de su generación. Su poesía refleja un tiempo histórico con hablantes desesperados que buscan una salida en diversos tipos de túneles, los del alma y aquellos que la historia tiene oculta en sus bibliotecas ancestrales, en lo más profundo de la memoria de nuestro pueblo.

Aristóteles España
Octubre de 2008
(sobre el libro "Hijo de Sastre")


Sobre ballenas y un libro:
"Estimado amigo Carlos Amador Marchant: agradezco emocionado la mención que haces de mi novela en tu bella y emocionante crónica. Un fuerte abrazo desde España".

Luis Sepúlveda (escritor)
24 de julio de 2010 15:03

Sobre ballenas y un libro: "Estimado Carlos: Gracias una vez más, por cierto, tu blog es uno de los pocos que merecen llamarse literarios. Es sencillamente muy bueno y tus crónicas son estupendas. ¿Las tienes reunidas en un libro de crónicas? Es un género que se pierde con el tiempo. Un fuerte abrazo desde Gijón, Asturias".

Luis Sepúlveda (escritor)
26-07-2010

Crónica "Dame de beber con tus zapatos". Luis Sepúlveda (escritor) dijo... Querido amigo, como siempre disfruto y me maravillo con tus crónicas. ¿Para cuando un libro? un abrazoLucho
(Gijón-España) 10 de julio de 2011 15:25

Sobre Ballenas y un libro: Fuertes imágenes de una historia y una matanza, y de un lugar, que sobrecogen. Con pocos elementos, pero muy contundentes, logras transmitir una sensación de horror y asco que no se olvidan. He estado en Quintay varias veces, y sé lo que se siente al recorrer las ruinas de la factoría; mientras uno se imagina los cientos de ballenas muertas infladas, flotando en la ensenada, en espera del momento de su descuartizamiento, antes de ser hervidas en calderos gigantescos e infernales, para extraer el aceite y el ámbar, tan apetecidos por la industria cosmética en el siglo XX , así como lo fue (el aceite) para el alumbrado callejero en el siglo XIX... Crónica muy bien lograda. Un abrazo.

Camilo Taufic
Santiago de Chile. 27-07-2010

Sobre "Los caballos y otros animales junto al hombre": Tus asnos, caballos, burros y vacas son otra cosa, por cierto, tan cercanos al hombre, tan del hombre. Te adjunto una vieja fotografía de dos palominos que tomé en las montañas de Apalachia, en Carolina del Norte, allá por el año 1983. Encuentro interesante y muy amena la manera en que hilvanas tus textos, siempre uniendo al tema alguna faceta literaria o cultural (en este caso, Delia del Carril, Virginia Vidal, Nemesio Antúnez, Santos Chavez). Hace tiempo te dije que no desistieras de tus crónicas, que van a quedar, y mis palabras fueron corroboradas recientemente por Lucho Sepúlveda cuando él te escribió a propósito de tu artículo Sobre ballenas y un libro: "Estimado Carlos: (...) Tu blog es uno de los pocos que merecen llamarse literarios. Es sencillamente muy bueno y tus crónicas son estupendas. ¿Las tienes reunida en un libro de crónicas? Es un género que se pierde con el tiempo. Un fuerte abrazo desde Gijón, Asturias. Lucho". Y eso digo yo también, que tus crónicas son estupendas. Te escribe desde Benalmádena, Málaga:

Oliver Welden (poeta)
21 de agosto de 2010


Sobre "El corcoveo de los apellidos..." ¡Notable, muy bueno! Escribir sobre la configuración de su nombre, con esa transparencia en el decir es algo que se agradece, precisamente en un pequeño universo donde lo que más pareciera importar es "el nombre". Además, esas referencias a los escritores nortinos siempre son bienvenidas, pareciera que no siempre ellas abundan en la crónica y crítica nacional.

Ernesto Guajardo
(Valparaíso-15 noviembre-2010)

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En torno a "La sombra de Adolfo Couve sobre Cartagena"

Gracias Carlos por el envío. Gesto muy noble recordarlo y dirigirnos a él, con su obra y vida... Adolfo no recibía el Amor, de cualquier manera hubiese sido feliz, era bello por dentro y por fuera... Su muerte me hirió mucho.

Saludos
Alicia Dauvin del Solar
(abril-9 de 2016)

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