sábado, 28 de diciembre de 2013

RECORDANDO A ALICIA GALAZ





Escribe: Carlos Amador Marchant

(Extraído de sus memorias en proceso)

Para hablar de Alicia Galaz Vivar hay que ampliarse en el tiempo.
Fue en 1972 que me animo un día cualquiera a cruzar la Avenida Santa María, cruzar el puente del Río San José, hasta alcanzar tímidamente el frontis de la ex Universidad de Chile, en Arica. Aquel edificio de cemento duro y frío, ubicado en la Avenida General Velásquez, construido con ciertos rasgos de arquitectura moderna, albergando en su patio central la efigie de Andrés Bello, siempre me produjo un respeto sin límites. Por ahí circulaban jóvenes que al paso del tiempo se transformaron en brillantes profesionales, en intelectuales que hoy viajan por el mundo.
Pero yo había llegado al claustro siguiendo mi olfato de incipiente poeta, de un muchacho que comenzaba a escribir en un cuaderno Colón con hojas verdes, y que se entrelazaba con las dudas del que recién comienza a elucubrar escritos.
Mis vagas investigaciones me habían hecho caminar hacia esa sede universitaria, luego de leer algunas páginas del desaparecido diario La Defensa de Arica, donde se informaba periódicamente sobre las actividades de un grupo denominado Tebaida y que funcionaba bajo el alero de una revista homónima.
Más tarde supe que junto a Arúspice y Trilce, Tebaida conformaba la trilogía de las ediciones literarias más importantes del Chile de la década del setenta. Más tarde, también, supe que era Alicia Galaz Vivar quien dirigía esta publicación. Más tarde, además, supe que era Oliver Welden quien hacía de redactor de la misma y que en sus páginas aparecían poetas que emergían como nuevas corrientes literarias post Barquero, Linh y otros.
Pensé que era bueno detenerme un poco, que a los dieciséis años me estaba apresurando demasiado, y que mis ideas de escribir poesía debían pasar por una reflexión y valentía tal, antes de ser mostradas a otras personas.
De esta manera, ya con el primer cuaderno Colón repleto de palabras que salían como de un hormiguero, compré el segundo que me sirvió para seguir creando. Escribía todo lo que se me viniera a la mente, hasta la ventana que tenía frente al patio de mi casa, hasta de las arañas que circulaban por los muros, de las lagartijas que me salían a saludar por las mañanas.
Una vez que empiezo a cursar el cuarto medio de enseñanza (comienzos de 1973), y luego de miles de reflexiones, de engañarme a regañadientes, de ser engañado por quienes me circundaban, tomo la determinación de volver a la sede universitaria, ahora con la firme decisión de dialogar con Alicia Galaz Vivar.
Era marzo de ese año y en Arica el sol y el aire marino saludaban mi estructura flacuchenta. Tras conocer y dialogar con el poeta Oliver Welden, quien ejercía labores en el Departamento de Extensión Cultural, con esa voz gruesa y su barba de vikingo, accede a que dialogue con la académica, que por esos días difundía su libro “Jaula Gruesa para el animal hembra”, que ya había tenido importantes comentarios y críticas de la época.
En ese instante en la ciudad gobernaban dos periódicos emblemáticos: “La Concordia” y “La Defensa” de Arica. Antiquísimos diarios hechos a pulso, a transpiración de la linotipia, a costa de manchas de tintas y que informaban a la ciudad sobre los acontecimientos del momento. Estos habían sido los diarios surgidos en la década del 50 y que les tocó vivir y recrear todo el acontecer de esa ciudad que vivió etapas de depresiones constantes hasta alcanzar definitivamente la calidad de Puerto Libre en 1953 en el gobierno de Carlos Ibáñez del Campo. Antes habían circulado periódicos como “El Pacífico”; “El Ferrocarril”; “La Época”, “El Morro de Arica”; “La Aurora”; “La Gaceta”, todos fundados en la primera década del siglo 20.

Debido a que Galaz se encontraba en clases, a eso de las 11 de la mañana me hacen un espacio para dialogar en un tiempo corto que no alcanzó a durar más de 15 minutos.
Había traspasado algunos poemas del cuaderno de hojas verdes a hojas de oficio, y con típica y antigua máquina de escribir logro llevar orgulloso mis primeros poemas para el muestrario público.
A ella la ubicaba por fotos. Por esa razón no me resultó difícil reconocerla a distancia. Mientras esperaba la observé caminar por los pasillos y luego ingresar a una sala, que era la oficina donde trabajaba Welden. Al cabo de unos minutos el propio Oliver me avisó que ella me estaba esperando para dialogar sobre poesía.
Cuando hago mi ingreso a ese lugar de amplios ventanales, rodeado de libros, de una máquina de escribir y un teléfono (en ese tiempo no existía el computador), sentí que mi arquitectura comenzaba a temblar, que la timidez de los tiempos del liceo de Iquique volvía a entrar en mis ropajes. Creo que Alicia se dio por enterada de eso y comenzó a hablar con su voz pausada y bajita, con ese rostro y esos ojos que parecían escudriñar a su interlocutor.
Su voz me dio confianza y comencé a responder todas sus preguntas. ¿Desde cuándo escribe?...¿Por qué escribe?..¿Gusta usted de la lectura?..¿Escribe todos los días?.
Debo confesar que la juventud trae amarrada la grandilocuencia, la mentirilla piadosa, los pecados de la carne nueva y la mente nueva, el deseo de sentirse grande sin serlo. Pero a Alicia Galaz, con su experiencia en el mundo de la literatura, no le pasaban gatos por liebre.
Con todo, debo decir que era una mujer simpática, de un trato afable que llamaba a la pasividad, a la reflexión, a compartir esa sabiduría y esa pasión que ella tenía por las letras.
Antes de cumplirse los quince minutos le entregué mis escritos. Ella recogió las hojas y me citó para la semana siguiente, momentos que aprovecharía para comentar mis poemas y hacer algunas críticas posteriores, sin antes poner sus ojos en mis primarias creaciones, pero guardando un profundo silencio. Ese mismo silencio me produjo un escalofrío eterno.
La nueva cita fue en la mañana y debo decir que me había preparado para lo peor. Establecí una coraza en mi cuerpo y en mi mente traté de interponer cemento grueso. Busqué fórmulas para no salir de esa oficina con las piernas temblando. Además, no lo ameritaba a esa edad. Los golpes de la vida vienen más adelante.
De esa reunión entendí muchas cosas. Primero, que no era llegar y escribir poesía por escribirla. Segundo, que escribir poesía puede ser bello, pero a la vez doloroso. Tercero, que la autenticidad viene envasada con la experiencia de vida. Y cuarto, que es mejor escribir un libro bueno antes que cien malos.
Precisamente Galaz me llevó por esta avenida antes de entrar a comentar mis poemas. En primera instancia, al referirse a uno de ellos que hablaba sobre casas pobres y humildes, me consultó: ¿ha estado usted en los sectores marginales de la ciudad?. Comprendí que la autenticidad temática en poesía debía estar circunscrita a los conocimientos de vida, a los parámetros de los días existenciales, al tacto de las cosas.
Mis escritos terminaron acompañados con la tinta de Alicia, donde no estuvo ajeno el consejo fundamental de la unidad temática en la creación.
Sus rayones, sus palabras escritas a tinta sobre mis poemas fueron conservados por largo tiempo, hasta que se extraviaron en los distintos caminos, en las distintas ciudades por donde anduve en los siguientes treinta años.
Con Oliver Welden inicié una amistad que se fue agigantando al paso de los meses. Nos juntábamos en cualquier momento en los pasillos de la universidad. Hablábamos con franqueza, de lo que podía pasar en esos instantes en que aparecían poetas jóvenes sin patrones definidos. En la descomposición de la mesa creativa nacional, en el éxodo de toda o casi toda la generación surgida en los años 60, y que luego pasara a llamarse Generación Dispersa. Fumábamos incontables cigarrillos en esos momentos en que los nervios ya no eran los de antes, pensando en que era posible que pasara cualquier cosa.
Tras el golpe militar, en medio de un ambiente distinto, me fui percatando que a Oliver lo iban marginando poco a poco del claustro. En su oficina ya no trabajaba solo. Le habían puesto un “sapo” pro militarista que lo mantenía enclaustrado todo el día laboral, sin poder expresarse a sus anchas, sin poder opinar como lo hacía antes. Por esta razón cada vez que lo iba a visitar optaba por conversar en los pasillos. El fascismo comenzaba rápidamente a apoderarse de todos los rincones. Ese mismo periodista que le pusieron a Welden como su escolta eterno, lo volví a ver ya anciano en las dependencias del diario donde me desempeñé posteriormente en periodismo llegado el nuevo período democrático en Chile, en 1990. Era el mismo, con sus ojos rabiosos y su mirada sucia de los que albergan una doctrina y no la dejan jamás, aún sabiendo de las corrupciones y asesinatos cometidos en el régimen.
Me quedaron grabadas por treinta años muchas palabras de Oliver. Pero en esos seis lustros sin gran tecnología, con incesantes cambios de domicilios, hicieron menos posible el contacto con el exterior, luego que partió junto a Alicia Galaz a los Estados Unidos.
Mi ingreso a la universidad fue con cierto dejo de alegría, pero al mismo tiempo con un aire húmedo que circundaba mi estructura. Por un lado estaba contento de ingresar a la carrera que me gustaba. Por el otro, presentía que algo sucedería al paso de los meses.
Por cierto mi ingreso al claustro no fue hermoso. Comencé a ver rostros nuevos por los pasillos, nuevos académicos que fueron reemplazando a los que se identificaron con el gobierno democrático. La dictadura fue limpiando al paso de los días la mesa universitaria.
En la biblioteca empezaron a verse menos libros. Los militares comenzaron a poner a sus representantes en las salas. Se posesionaban rápidamente de todos los rincones.
Frente a este panorama, Oliver Welden comenzó a verse disminuido en sus funciones, con menos horas funcionarias, con menos influencias y menos poder de decisión. De igual forma, su perseverante y recia personalidad, le hicieron desembocar en otros quehaceres. Lo vimos, lo escuchamos, en la lectura de noticias al mediodía en Radio Arica.
A Alicia Galaz me la encontraba diariamente a la entrada de la universidad, muy temprano, cuando llegaba apresurada a sus clases. Se detenía unos minutos para intercambiar palabras. Observaba lo que llevaba en mis manos. En una oportunidad vio que tenía “Enjambre” de Efraín Barquero y dijo ¡¡buen poeta...buen poeta..uno de los mejores¡¡¡…En otra ocasión divisó un libro de Oscar Castro: ¡¡Si no hubiese muerto tan joven, pudo ser uno de los grandes poetas chilenos…aunque muchos no lo crean¡¡…decía riendo y luego se alejaba a su oficina.
Con la edición del opúsculo “Poemas”, humilde publicación de la época, Alicia comenzó a aceptarme en sus filas. Incluso, junto a Oliver, tal vez pensando en ilusiones repentinas, buscaron fórmulas de aunar nuevamente a la gente dispersa de Tebaida, a los más jóvenes, a Faúndez y otros, a un poeta peruano de apellido Choque que trataba de acercarse a nosotros. Planificaron paseos, ilusionados paseos a la costa, a respirar un poco de aire y relajarse. Pero nunca se concretaron. El tiempo amenazaba.
A Galaz también comenzaron a reducirle sus horas de clases. Se inició la discriminación. El nuevo rector alineaba con las partituras de la dictadura. De académica destacada con un currículum sobresaliente pasó a ser académica del montón. Pisoteada por las nuevas hordas, tanto Oliver como Alicia ya planificaban su retirada de ese claustro que tantas satisfacciones había dado.
Comencé a ver el aire extraño en sus miradas. El alejamiento de optimismo, la pesadez de sus piernas. Llegó el momento en que Oliver ya no tenía oficina, deambulaba por todos lados, ambulaba. Alicia tampoco ya entraba a la sala de profesores. Y se acercaba el final.
Me lo habían dicho. Me lo habían confirmado una mañana casi en secreto. Ya no podían seguir allí. Viajarían a Estados Unidos.
Y una tarde de sol ardiente, una vez que habían retirado todas sus pertenencias, casi en la segunda mitad de 1975, nos despedimos en la universidad. Ayudé a subir algunos mínimos paquetes y ascendimos las tres escalinatas que nos llevarían al piso de entrada de la sede, es decir a la Avenida Velásquez. Antes, nos detuvimos. Oliver no quería que eso pasara a mayores o que la gente se percatara de las emociones. Casi al llegar a la explanada nos detuvimos. Abracé a Oliver. Él, profundamente emocionado me dijo: “Nunca más volveré a Arica, salvo, por algo de vida o muerte”. Alicia me abrazó y no pudo contener las lágrimas como pensando qué ocurriría en adelante con las letras, con ese desamparo, con esa soledad, con esas guillotinas impuestas por la dictadura. Oliver la incorporó a sus brazos y se despidieron para siempre, para ese siempre que duraría treinta años en el caso de él. Y en el caso de ella, para un siempre eterno, porque no pude verla nunca más. Falleció el 18 de octubre del 2003. Me informé de su muerte recién al comienzo del 2005.
En nuestro país como académica y ensayista se había destacado con sus estudios sobre Góngora y Argote, que a la larga, ya han pasado a ser clásicos y de consultas en diversas universidades del mundo.
Los que se instalaron en las aulas que ocuparon antes distintos destacados intelectuales de esa sede de la Universidad de Chile, nunca pensaron que la Galaz lograría gloria y majestad en el país del norte obteniendo un doctorado en letras en la Universidad de Alabama, como conferencista y de estudios doctorales en el Estado de Carolina del Norte, y además como catedrática titular en la Universidad del Estado de Tennessee, lugar donde, precisamente jubiló, con el rango de Profesor Emeritus.
En Arica, Oliver me había interiorizado sobre la nueva poesía y autores de la década del 60, y tuve en mis manos la tesis de título de Alicia. En ésta pude leer a los autores que establecían un nuevo patrón literario en el devenir nacional más allá de Neruda. De esta forma pude adentrarme en la poética de Omar Lara, Floridor Pérez, Waldo Rojas, Federico Schopf, Hernán Lavín Cerda, Jaime Quezada, Gonzalo Millán, Ariel Santibáñez, entre muchos otros.
Pero con la partida de ellos, la universidad terminó por quedar en la más absoluta soledad.
Esa misma tarde regresé a clases y comencé a mirar a la distancia, a la distancia marítima, y con ese pensamiento rebelde me quedé paralizado.

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Sobre Alicia Galaz Vivar y Oiver Welden:

"En su artículo de revista Trilce, Carlos Amador Marchant recuerda haberlos despedido el día de su partida. Escribe que si Alicia se hubiera quedado en Chile habría sido testigo incrédulo de la destrucción de toda iniciativa creativa".

Carlos Amador Marchant escribe blogs impresionantes.

Robert Cowser,

Profesor Emérito, Universidad de Tenesí (Estados Unidos).




Noviembre-Diciembre 2014.-





Carlos Amador Marchant es uno de los más importantes poetas de su generación. Su poesía refleja un tiempo histórico con hablantes desesperados que buscan una salida en diversos tipos de túneles, los del alma y aquellos que la historia tiene oculta en sus bibliotecas ancestrales, en lo más profundo de la memoria de nuestro pueblo.

Aristóteles España
Octubre de 2008
(sobre el libro "Hijo de Sastre")


Sobre ballenas y un libro:
"Estimado amigo Carlos Amador Marchant: agradezco emocionado la mención que haces de mi novela en tu bella y emocionante crónica. Un fuerte abrazo desde España".

Luis Sepúlveda (escritor)
24 de julio de 2010 15:03

Sobre ballenas y un libro: "Estimado Carlos: Gracias una vez más, por cierto, tu blog es uno de los pocos que merecen llamarse literarios. Es sencillamente muy bueno y tus crónicas son estupendas. ¿Las tienes reunidas en un libro de crónicas? Es un género que se pierde con el tiempo. Un fuerte abrazo desde Gijón, Asturias".

Luis Sepúlveda (escritor)
26-07-2010

Crónica "Dame de beber con tus zapatos". Luis Sepúlveda (escritor) dijo... Querido amigo, como siempre disfruto y me maravillo con tus crónicas. ¿Para cuando un libro? un abrazoLucho
(Gijón-España) 10 de julio de 2011 15:25

Sobre Ballenas y un libro: Fuertes imágenes de una historia y una matanza, y de un lugar, que sobrecogen. Con pocos elementos, pero muy contundentes, logras transmitir una sensación de horror y asco que no se olvidan. He estado en Quintay varias veces, y sé lo que se siente al recorrer las ruinas de la factoría; mientras uno se imagina los cientos de ballenas muertas infladas, flotando en la ensenada, en espera del momento de su descuartizamiento, antes de ser hervidas en calderos gigantescos e infernales, para extraer el aceite y el ámbar, tan apetecidos por la industria cosmética en el siglo XX , así como lo fue (el aceite) para el alumbrado callejero en el siglo XIX... Crónica muy bien lograda. Un abrazo.

Camilo Taufic
Santiago de Chile. 27-07-2010

Sobre "Los caballos y otros animales junto al hombre": Tus asnos, caballos, burros y vacas son otra cosa, por cierto, tan cercanos al hombre, tan del hombre. Te adjunto una vieja fotografía de dos palominos que tomé en las montañas de Apalachia, en Carolina del Norte, allá por el año 1983. Encuentro interesante y muy amena la manera en que hilvanas tus textos, siempre uniendo al tema alguna faceta literaria o cultural (en este caso, Delia del Carril, Virginia Vidal, Nemesio Antúnez, Santos Chavez). Hace tiempo te dije que no desistieras de tus crónicas, que van a quedar, y mis palabras fueron corroboradas recientemente por Lucho Sepúlveda cuando él te escribió a propósito de tu artículo Sobre ballenas y un libro: "Estimado Carlos: (...) Tu blog es uno de los pocos que merecen llamarse literarios. Es sencillamente muy bueno y tus crónicas son estupendas. ¿Las tienes reunida en un libro de crónicas? Es un género que se pierde con el tiempo. Un fuerte abrazo desde Gijón, Asturias. Lucho". Y eso digo yo también, que tus crónicas son estupendas. Te escribe desde Benalmádena, Málaga:

Oliver Welden (poeta)
21 de agosto de 2010


Sobre "El corcoveo de los apellidos..." ¡Notable, muy bueno! Escribir sobre la configuración de su nombre, con esa transparencia en el decir es algo que se agradece, precisamente en un pequeño universo donde lo que más pareciera importar es "el nombre". Además, esas referencias a los escritores nortinos siempre son bienvenidas, pareciera que no siempre ellas abundan en la crónica y crítica nacional.

Ernesto Guajardo
(Valparaíso-15 noviembre-2010)

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En torno a "La sombra de Adolfo Couve sobre Cartagena"

Gracias Carlos por el envío. Gesto muy noble recordarlo y dirigirnos a él, con su obra y vida... Adolfo no recibía el Amor, de cualquier manera hubiese sido feliz, era bello por dentro y por fuera... Su muerte me hirió mucho.

Saludos
Alicia Dauvin del Solar
(abril-9 de 2016)

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