lunes, 23 de diciembre de 2013

Muchachos del liceo



Escribe Carlos Amador Marchant

Casi como rozando las murallas de una costanera, o tal vez como si un silbido te aleteara las cejas, así me llegan, sorpresivas, las palabras de unos antiquísimos compañeros de estudios.
Y casi como aprenderse las tablas de multiplicar, que a la sazón no se olvidan nunca, veo rostros del liceo Nº 2 de Arica, como la antesala de un mundo extraño que nadie supo cómo se viviría en el futuro.
Me mandan fotos de rostros gastados por el tiempo y tú no sabes si son ellos, y al mismo tiempo te preguntas si luces igual. Hay algunos que no se parecen en nada a los muchachitos saltarines de la época, a los que corrían por los pasillos, por el patio del establecimiento, a los que ni siquiera pensaron en tantas atrofias que sufriría la sociedad chilena. Y sin embargo, son ellos. No hay lugar a dudas. El ser humano tiene eso, por muy viejo, siempre habrá algo que lo identifique de la etapa juvenil.
El liceo Nº 2 de Arica estaba (está) situado en la extensa Avenida Panamericana. Lo recuerdo de esta manera: a tres cuadras la comisaría principal de Carabineros. A otras tres o cuatro cuadras, el barrio rojo, con el mundo de la prostitución. Un poco más allá el puente del río San José. Era la época. Y aunque estaba el establecimiento a pasos también del centro comercial, todo era como común, como si se enmarañara bajo el manto de la normalidad.
Por esos años, recuerdo, leía a Jorge Luis Borges, ese extraño cuento “Hombre de la esquina rosada”. Y Arica era, tal vez, la ciudad más alegre que me tocó disfrutar en esos años.
Hay una foto que envían estos muchachos, una foto en blanco y negro. Ahí no aparezco yo, o tal vez no me identifico, pero son ellos, los de ese tiempo, con pantalones pata de elefantes y esos cabellos largos del setenta y tres.
No es triste ver esos rostros, es posible que lo más conmovedor sea entrelazar tanta vida que se hizo más allá de esas fronteras. Y entonces es como si te antepusieran la estrofa de una canción que no corresponde al momento de cantarla. Es como una estrofa que quedó suelta, que a lo mejor nunca se terminó de cantar.
Una compañera de estudios, a quien si no fuera por sus palabras, tal vez no podría identificar, me expresa que hacía mucho trataban de ubicarme.
Hay plantas acá que han crecido. En jardines, en maceteros, da lo mismo, pero han crecido. Me pregunto si el pasado quiere encontrarse con el presente una vez que éste empieza a ver las alamedas menos amplias y la bruma brota con más fuerza en los empedrados. Estoy casi seguro de eso.
“A Rosendo Juárez el Pegador….los mozos de la Villa le copiábamos hasta el modo de escupir…”, me viene de nuevo Borges.
Entonces con todo esto que nos traen las nuevas comunicaciones, me he propuesto ordenar los caminos. Me he puesto a borronear las cosas que no quise hacer en esta vida, y a limpiar, a la vez, las que quise hacer y nunca hice (Borges de nuevo).
Hay hombres y mujeres en esas fotos a quienes no he visto por más de treinta y ocho años: “Amigos míos, sólo me introduciré en esa gráfica para verme con el sol de esos días, y no preguntaré nada. A fin de cuentas cada vida corresponde al que la hace”.
Unos días atrás, tímidamente, me llega la información, sin corroborar aun, del fallecimiento de uno de esos jóvenes que aparecen en la foto. ¿Se muere ya mi generación?. De ser cierto, sería por su gordura.
Este muchacho, que al paso del tiempo se transformó en profesor de matemáticas, le decían “El osito”, y por lo que he visto en las redes sociales, era muy querido.
Al rescatar estas comunicaciones de los antiguos amigos de Arica, me pongo a pensar en el flujo de la vida y la rapidez de vivirla. Parece que todo fuera ayer, pero a la vuelta de la esquina. Nunca quise ser adulto, ser tratado de “señor” o “caballero” en los micros. Menos que me pasaran el asiento cuando el bus iba repleto. Sin embargo, estas fotos enseñan que a la vida hay que dejarla circular, y que en medio de las silbatinas, nuevas generaciones afloran en los jardines.
Las hojas de los libros comienzan a carcomerse y se ponen amarillas. Los que escribieron allí ya no están y los que están, sólo piensan en el momento en que dejarán de estar.
Me hubiera gustado que en los colegios, en los liceos, más allá de tanta enseñanza diversa, dictaran cursos, charlas, sobre la cultura de la muerte, sobré cómo se nace y sobre cómo habrá de morir un día. Es posible, que de esta manera, vivamos más acorde con las situaciones circundantes, y también con una mayor relación entre los humanos.
Es posible que pueda llenar páginas y páginas con estas divagaciones, que de tanto pensar deje de alimentarme durante el día, que la lluvia en el patio de mi casa entre abruptamente con ventarrones. Pero de una cosa no se puede escapar. No podemos escapar de las terribles sensaciones que entrega una foto antigua y los sentimientos que acarrea cuando golpean a tu puerta una cantidad de almas que, a la larga, dejaste de ver más allá de treinta y ocho años.
Y que, a fin de cuentas, en el frontis del liceo, nunca más reiremos como antes.

editor

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