sábado, 21 de diciembre de 2013

Gabriel García Márquez: La Mamá Grande y los poderosos del mundo




Escribe Carlos Amador Marchant


Ese día impensado siempre llega, tardío tal vez, pero nos entrega por lo menos el diagnóstico de una vida sin tener información exacta del por qué la vivimos, bajo qué patrones, bajo qué segmentos.
La tierra tiene dueños y éstos preservan el poder por siglos. La información exacta señala que son personas subterráneas, invisibles, que hacen reuniones secretas y delegan su poder por generaciones. No se conocen rostros, y este poder está centrado en dominar todo lo delimitado como comarca, pueblo o nación.
¿Somos dueños de algo siquiera?. Esta inocente consulta tiene como respuesta una negación.
Un país, supuestamente, nace desde el tiempo de su independencia. El “supuestamente” lo he agregado para dar un punto de inicio al tema, mejor dicho, para situarlo dentro de un contexto.
Una de las imágenes más perfectas, aunque siempre en su estilo mágico, lo expone, lo expuso, Gabriel García Márquez en la década del 60. La repartición de la tierra, por no decir “repartija”, desde tiempos inmemoriales. Este mismo olvido de épocas, unido al estruendoso carraspear de la historia diseñada al compás de las conveniencias, hacen un entorno de “vacío infructuoso”. No así, por cierto, para los que continúan, en silencio, administrando los territorios.
Cuando el Nobel de Literatura habla de “Los funerales de Mamá Grande”, está hablando de este poder. Nos sitúa en aquel mundo de grandilocuencia diseñado por una sola persona (o por un grupo pequeño) donde todo trascurre bajo reglas minuciosamente edificadas para la preservación de su poderío.
En este escenario, los habitantes viven ataviados como verdaderos títeres pagando impuestos hasta por defecar. Todos los derechos son arremetidos bajo reglas minuciosas. Y hasta los gobernantes, los llamados gobernantes, se mueven a ras de suelo, sin poder profundizar ni tomar reales determinaciones.
Generación tras generación desde el tiempo de las encomiendas, repartiendo terrenos a diestra y siniestra, pero siempre con las cláusulas de letras chicas: “Aquí mando yo”.
Bajo el mandato de lo subterráneo, levantando leyes a conveniencias, deslindes, derecho a voto con fraudes legalizados, creando fuerzas de represión, aparatos legislativos domeñables, agrupaciones sociales encargadas de quebrar a todo aquel que se subleve, en fin.
Las Mamás Grandes se han lucrado con la influencia y la fuerza de los comienzos de todo, de los que siempre han sabido vivir a costa de la debilidad del desgraciado.
Me deleito, en el buen sentido de la palabra, es decir, me ironizo cada vez que releo la extraordinaria visión de nuestro Nobel colombiano.
Me trae, al mismo tiempo, etapas de mi país más otros muchos de latinoamérica, donde los líderes han terminado muertos por sus ideas. ¿Pero cómo vivir ante tanto poder?. Y entonces veo gritar a viva voz, pero esta voz termina siendo acallada, derrumbada, pisoteada.
Porque a fin de cuentas las mamás grandes no sólo son dueñas de un territorio llamado nación, sino del globo entero. Ejemplo de esto hay muchos. Uno es que misérrimos del orbe se han sublevado frente al sometimiento hasta llegar a hacer revoluciones. Pero las otras mamás grandes, las que están desperdigadas por el mundo, se encargan de aislar a los revolucionarios hasta hacerlos sucumbir al paso de las décadas.
Pareciera que estos poderosos han cambiado de rostros, de apellidos, y sin embargo son los mismos. Son los mismos que han gobernado el planeta tras milenios. Viven, como dije anteriormente, en lo subterráneo, no se dejan ver, pero se encargan que todo marche a la perfección.
Visto todo desde esta perspectiva: ¿En caso de sucumbir el planeta quiénes son los que se salvarán?..¡Ellos!. A no ser que las cosas cambien y se escapen de las escrituras.
En tiempos en que la tecnología de hoy no existía, el común de la gente creía que estas águilas eran inmortales. García Márquez lo plantea en “Los funerales de la Mamá Grande”. Aquí se puede percibir la desilusión de ver a alguien que comienza a pudrirse como todos los mortales. Incluso hasta los jotes y todos los carroñeros, en sus funerales, siguen el cortejo.
Es probable que el Nobel haya querido darle un respiro final a su cuento, un respiro de aliento. Sin embargo con la muerte de la Mamá Grande no se acaba el sometimiento para pasar a otra etapa de la historia, sino más bien es un mero dar vuelta la página para recomenzar el mismo subyugo con otros seres similares que continúan su tarea.
La muerte de la Mamá Grande hace que todo el pueblo de Macondo se movilice. Llegan a él los más altos dignatarios, entre éstos el presidente de la República y hasta el Papa. Había muerto el poder terra y subterra. Se respira un aire distinto, parecía que todo se renovaba en la tierra. Las nuevas generaciones comenzarían a tomar lección y escarmiento sobre el pasado.
Pero los poderosos del mundo quedan aferrados como garrapatas, aunque la Mamá Grande haya muerto y de acuerdo a lo que expresa Gabriel García Márquez al final de su cuento: “mañana vendrán los barrenderos y barrerán la basura de sus funerales, por todos los siglos de los siglos”.

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