viernes, 20 de diciembre de 2013

El legado de Mario Bahamonde.


Escribe Carlos Amador Marchant

Escribir sobre Mario Bahamonde no es nada fácil, más aun si pensamos que este hombre nacido en Taltal el 17 de abril de 1910, y quien de alguna manera inauguró la narrativa salitrera del norte de Chile con valiosos temas y personajes, hoy por hoy cuesta ubicarlo en sitios macros donde podamos saber algo más sobre su vida.
Bahamonde es la misma presencia del desierto, la imagen del salitre saliendo por sus poros, el ojo bizarro de cada rincón de la pampa.
Lo conocí, o lo alcancé a conocer en los últimos meses de su vida. Fue por allá, por 1979 a raíz de un premio de poesía. Me junté a recibir esos galardones junto a la escritora Alicia Henríquez y al poeta Juan Mihovilovic. Por Antofagasta paseamos, conocimos lugares hermosos de ese puerto, dialogamos con Andrés Sabella y desembocamos en la casa de Mario Bahamonde, quien por esos días ya estaba enfermo. Unos meses después se nos fue definitivamente de este mundo. Eran tiempos difíciles y a Bahamonde la presencia del régimen militar lo había golpeado duro.
Aún así dialogamos, hubo bromas y todos rieron de esas anécdotas que fluyeron como el mismo calor del desierto. Después de una botella de vino que apareció súbita, nos regaló “Derroteros y Cangalla” y el “Diccionario de Voces del Norte de Chile”, libros que habían aparecido un año antes. Nunca imaginé, y nunca imaginó él tampoco, que veinte años después caería a mis manos la edición original de “Pampa Volcada” (Ediciones Cultura de Nicomedez Guzmán, 1945), donde aparecen sus cuentos El Viejo Experiencia; El Cara e’ Picante y El Milagro del Viejo Avelino. Este libro lo cuido y está en un lugar especial, aunque el polvillo aleja relecturas.
La temática de Mario Bahamonde, por cierto, está relacionada con la picardía del hombre del salitre, sus vidas apegadas a la tierra y el sufrimiento de esas tardes de fuego y piedras.
Precisamente en El Viejo Experiencia, ya comienza a mostrar el rostro férreo de la pampa, cuando un joven estudiante de minas regresa a la oficina Prosperidad y se da cuenta que su cartón de técnico era nada frente a ese panorama duro, desolador, del desierto. Nicomedes Guzmán dice: “La pampa es en él elemento vivo, recio, admirable. Sus hombres, chilenos y pampinos a carta cabal, encuentran en Bahamonde al artista extraordinario cuya maestría narrativa les interpreta en alma y cuerpo enteros. Una de las más sobresalientes cualidades de Bahamonde es, precisamente, su agudeza para fijar en su obra el semblante anímico del hombre nuestro. No podríamos alejar la personalidad anchurosa del roto -en un sentido esencialmente racial- de los pampinos que nos ofrece nuestro autor”.
Lo que interesa destacar, al mismo tiempo, es lo que afirman los editores de Cultura respecto a la presencia de Bahamonde y al surgimiento de su nueva narrativa (tenía 35 años en 1945). Ellos expresan que antes de Bahamonde el ambiente respecto a estas temáticas aún era huidizo, y no bastó “La Pampa Trágica” de Víctor Domingo Silva, ni “Norte Grande” de Andrés Sabella, ni “Tamarugal” de Eduardo Barrios para completar una visión más anchurosa, comparando “Pampa Volcada” sólo con “Hombres de la Pampa” de Homero Bascuñán.
No cabe duda que nuestro comentado fue o es un hombre de grandes méritos, recordado en el norte, en Antofagasta, sobre todo, donde ejerció la docencia, pero será conveniente releerlo y dar a su obra más crédito a nivel nacional. Me parece mezquino, incluso, encontrarme con recordatorios mínimos aparecidos en algunas web del norte.
Si Hernán Rivera Letelier logró condensar el éxito con su estilo y la temática del pampino, Mario Bahamonde puso la primera piedra, y fue una piedra grande.
Los pueblos de Bahamonde, los pueblos fantasmas ahora, sus hombres, están vivos y siguen caminando por la pampa. Su cuento “El Calladito”, por ejemplo, derivado de un hombre que supuestamente había tenido pacto con el diablo en la salitrera de Gatico y que por ser un pampino de pocas palabras había recibido tal apelativo. O los personajes como Emerenciana Ríos, fallecida en la soledad de ese sitio abandonado, de sólo nueve habitantes. O Encarnación Rojas. O doña Ascania. O Roberto Chilla. O el mismo Tirso Dengue, el bandido que tenía muchas muertes a sus cuentas, echado a punta de un colt por El Calladito, dan, por supuesto, una visión del valioso aporte de Bahamonde a la narrativa contemporánea.
Bahamonde falleció en 1979 a los 69 años en Antofagasta. Lo recordamos quienes estuvimos con él en sus últimos meses. Siendo poeta, cuentista, novelista, ensayista y crítico literario, publicó, entre otros libros: “De cuan lejos viene el tiempo” (1951); “Ala Viva” (1956); “Antología de la poesía y cuentos marinos” (1966);”El caudillo de Copiapó” (1977); “Derroteros y Cangalla” (1978); “Diccionario de voces del norte de Chile” (1978), además de “Gabriela Mistral en Antofagasta”, “Años de forja y valentía”, “Ruta panamericana” y “Gente de greda o los ceremoniales del tiempo” (1980).

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