lunes, 30 de diciembre de 2013

SÓLO RADRIGÁN



Escribe Carlos Amador Marchant


Soñé que había un mundo distinto donde se podía hablar y entender, donde las casas ya no tenían enrejados y las separaciones entre unas y otras se perdían en medio del viento. Sueño ineludible después de visitar algunas ciudades y pasar por suburbios, por aquellos sitios donde a veces nos desconocemos, como suele suceder en los animales, que en ocasiones no distinguen a sus cercanos y agreden.
Soñar con un mundo distinto es utópico. Muchos soñadores, muchos líderes, han muerto por querer llevar a la práctica sus ideas, ideas de prácticas impracticables en el mundo de hoy. La pregunta es si en algún momento lo utópico puede ser practicable y lo practicable deje de estar en los poros del hombre.
Miles creen que no hay otra vida después de la nuestra. Otros dicen que la hay y que todo vuelve en una constante repetición. Si nada se sabe, creo, es mejor no opinar con tanta firmeza.
Los suburbios, en consecuencia, donde se encuentran los desamparados, los que a veces no están ni siquiera en los esquemas y anales, es decir, los que representan a los seres CERO y que han venido al mundo a decir nada, es probable, sin embargo, que lo digan todo en momentos en que llegan al estado mental subyacente.
Asco produce ver a esos seres que duermen en las calles, que se fabrican camas malolientes, donde el sebo carcome los rincones, donde al verlos el mundo te parece visto a la inversa. En Valparaíso, al encaminarme al trabajo, muy temprano por las mañanas los veo salir como cuando los animales, como cuando en mis días de antaño, en las crianzas de conejos de mi padre, salieran de sus cuevas. Hay veces, incluso, que la fuerza pública no haya qué hacer con ellos, porque han ido tantas veces a los calabozos que ya no pueden.
Y son cientos, y son miles.
Pero qué ha pasado con ellos que no han cuajado en esta sociedad. Es una pregunta socio política, socio cultural, antropológica y hasta ontológica.
Estamos hablando de nosotros mismos, porque los millones de seres en este planeta somos uno solo. Estamos hablando de mirarnos minuciosamente en el entorno hasta decir cosas para afuera.
Por esta razón Eva y el Huinca, me trajeron a meditaciones que deben hacerse miles de personas en nuestra sociedad mundial.
Es probable que en la década de los ochenta, cuando en Chile dictadura militar, cuando en el mundo miserias similares, estos dos personajes, que en el dramaturgo chileno Juan Radrigán, emergían súbitos para reclamarle al mundo clemencia, nadie se fijó en sus presencias. Me atrevo a decir que ahora tampoco.
Pero Radrigán emergía (emerge) con sus personajes para hacernos, para hacernos, esa es la palabra, ni siquiera para meditar, sencillamente para hacernos.
Y ellos, esos locos, esos locos, que en medio de sus sueños querían transmitir al mundo algo nuevo, mientras el alcohol circulaba por las venas, mientras esos locos querían una casa, mientras se agazapaban, dándose bofetadas y palabras y palabras, que la coja, que el hediondo, que nadie te quiere, que anda a la calle y te pillan, que irás al calabozo, que los pacos, mientras el mundo seguía su curso, que quiero que me conozcan, que tengo antecedentes, que mire estos papeles mugrosos de lo que fui, que a fin de cuentas son mis papeles, pero mire, esto fui, esto y usted me cree ¿verdad?, que esto fui que esto soy, que nada me detendrá, que esto soy, que el mundo debe conocerme, pero ya no me conoce, que fui hijo de rico y ahora soy nada, que mire como estoy, que me pudro, que me pudro, que me pudro.
Terminalmente Eva y el Huinca se amaban. Tal vez esto nunca existió. Pero en el entorno quedan sus vidas, la miseria entrelazada, el no tener pan, sino el olor a alcohol y vicio como desahogo mundano. Yo no creo en eso.
Más bien, la verdad, he creído en Juan Radrigán.
Lo conocí el 2002, en momentos en que mi voz estaba exigua, interrumpida por el ruido de los poetas porteños, por sus noches, por sus palabras.
Radrigán desarrollaba en Valparaíso un proyecto que consistía en talleres con culminación de una obra teatral. Al evento, que duró más de un mes, asistieron cerca de una decena de hombres y mujeres repartidos entre actores y poetas. La idea central de esos encuentros fue la improvisación de algunos actores sobre el escenario, mientras el resto hacia anotaciones para dramaturgia. Al paso de los días, Juan revisó mis escritos y se interesó por aquella que sería mi segunda obra para teatro (inédita aún) denominada “Seis ojos en lipiria”.
Como sabía de mis preferencias barquerianas, un día me obsequió las obras completas del Premio Nacional Efraín Barquero. En Santiago nos encontramos dos veces más, en uno de esos viajes dialogamos junto a su hija Flavia, también dramaturga. Juan Radrigán es un hombre querendón, sencillo, que se entrega a quienes aprecia. Es sin duda, unos de los dramaturgos chilenos de gran altura.
“El loco y la triste”, estrenada hace treinta años, nos trae precisamente la vida de los marginados, los mismos que en Chile viven en casas abandonadas o debajo de puentes.
Ella, una prostituta a mal traer y llena de ilusiones. Él, un alcohólico a punto de reventar con su cirrosis. Radrigán sitúa a estos dos personajes en una sola escenografía, el interior de una casa en ruinas, en derrumbe, erradicada, y en donde afloran diálogos que tienen que ver con la vida de los desamparados, de los que no tienen más que esperar la muerte. El Huinca busca precisamente eso, un lugar donde morir, una calle donde entregarse al fin de sus días. Y hasta lo había elegido en sus momentos de sobriedad.
Ambos están muertos en vida. Con un pasado donde las calles ya no los reciben. La fetidez de él, la cojera de ella. Se insultan, garabatean, hacen de los minutos una masacre, más allá de la masacre de sus días. El Huinca le dice a ella que en la otra vida tendrá de todo, todo lo que no tuvo en ésta, le habla de cómo es la otra existencia, de la paz, de las casas distintas. Ella siempre lo escucha pero no le cree. Más tarde en medio de la depresión, del alcohol, terminan simulando un casamiento, se unen en medio de los muebles viejos, de las tablas, de la hediondez. Hacen de la cloaca algo bello. Parecen amarse en medio de la soledad. Este amor dura poco. Los camiones, las máquinas de demolición se acercan a la casa en ruinas. Entran, comienzan a escarbar, derrumban todo. Ellos están adentro y junto a las tablas y cachureos, son aplastados por las pesadas máquinas y el ruido. Los desamparados, sencillamente, partieron de esta vida sin dejar rastros.
Juan Radrigán expone estas existencias como propias. No hay detalle de esos seres que se le escapen, pareciera que él estuviese con ellos. Es la genialidad de este autor.
Al comienzo de esta crónica hice referencia a algunas visiones de Valparaíso, de gente que duerme a la intemperie en pleno centro de la ciudad. Malolientes seres que ya nadie los acepta, que caminan sin rumbos, que se exponen como los animales en desmedro. Y tienen nombres y tienen pasados. Saben, al mismo tiempo, que vinieron a este infierno con la misión de irse transformados en infierno.
Son la Eva y el Huinca, los personajes de Radrigán, los que emergen en cada espacio de este Chile, de este planeta. Y nadie sabe si vinieron al mundo. Sólo los carcome el silencio, las hojas de cuadernos sin registros.

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