miércoles, 19 de octubre de 2016

JUAN RADRIGÁN MURIÓ CUANDO LA LLUVIA EN EL PUERTO AZOTABA CALAMINAS….



Escribe Carlos Amador Marchant

Es curioso, como bien dije en ocasiones anteriores, en crónicas antiguas o no tan antiguas, me han ocurrido cosas extrañas con personajes que se han ido de este mundo, cosas sorpresivas, casi similares en forma, en actitud. Es decir, me los he encontrado en la calle sin que ellos hayan logrado percatarse que los estaba observando desde hacía buen rato.
Son varios los casos.
Y ahora se nos fue a los 79 años de edad el gran dramaturgo chileno Juan Radrigán (1937, oriundo de Antofagasta). Ocurrió en la tarde del domingo 16 de octubre de este 2016, cuando la lluvia en el puerto golpeaba calaminas, techos de fonolas, de zinc, de tejas ,y todo el océano parecía que se nos venía encima. Él había muerto en Santiago de Chile. El submundo, aquellos desposeídos, temblaron.
Juan cargó la mochila de los marginados, los trajo de la oscuridad hacia la luz, los hizo hablar y, fundamentalmente, lo hizo bien. El resultado de esto es el Premio Nacional de Artes Escénicas en el año 2011 y que se unió a otros galardones nacionales y en el exterior. Pero no sólo eso, también incursionó en la novela, el cuento y la poesía. El teatro fue su fuerte desde el año 1979 con la obra Testimonios de las muertes de Sabina y culmina en 2015 con “La tempestad “, alcanzando más de treinta trabajos puestos en escena. Es decir, desde el año 79, en plena dictadura militar, arremetió con esta veta sin claudicar. Hay libros publicados desde el año 1962, sin embargo, y se puede decir que desde ese año comienza Radrigán a mostrarse en el mundo de la literatura. Lo hace con una selección de cuentos denominados “Los vencidos no creen en Dios “. Esta caminata infatigable del autor , corresponderá ser ordenada por sus biógrafos.
A mí en lo personal me interesan otras cosas del dramaturgo, me interesan, por ejemplo, sus palabras, su sapiencia, ese mundo difícil de aquel que nace para escribir con ñeque. No fue fácil el camino de Radrigán hasta alcanzar la fama, pero se impuso la perseverancia, más bien la tozudez frente a un mundo extremadamente adverso. Tuvo que realizar, por esta razón, después de 1973, en la dictadura pinochetista, las más diversas labores para poder mantenerse con vida, para poder alimentarse.
El año 2001 conocí a Juan Radrigán, en una de las calles del puerto de Valparaíso, específicamente en la Avenida Alemania. Venía él a reclutar gente para desarrollar un proyecto que consistía en la edificación de una obra de teatro a partir de la improvisación de actores. Para tales efectos citó, por intermedio del poeta Juan Cameron, a varios autores que pudiesen hacer esta labor en la escritura. No recuerdo el mes, pero fue un sábado a las 5 de la tarde. Me fui caminando por dicha avenida para alcanzar la casa del poeta porteño, y al mirar hacia el frente, divisé al dramaturgo a quien sólo conocía por fotos. Le consulté si buscaba la casa de Cameron y me respondió afirmativamente. Caminamos juntos hasta dicho domicilio. Juan bordeaba los 65 años de edad y se veía bastante ágil.
En el comedor de Cameron comencé a conocer a Radrigán. Era hombre de pocas palabras y de observación minuciosa hacia el interlocutor. Para dar inicio al trabajo que buscaba se hicieron dos encuentros más en distintos sitios de la ciudad. Después de éstos comenzamos a juntarnos en el subterráneo de un edificio a cuatro cuadras de la Plaza Victoria. Tras una selección, quedé encargado de transcribir las improvisaciones que hacían en cada sección tres actrices de la zona. Para mí, ante la atenta mirada del maestro, había sido una experiencia nueva que al momento no dimensioné. Nos reunimos desde las 9 de la mañana hasta el mediodía en cuatro oportunidades, en medio de una seriedad abismal, pero al mismo tiempo con espacios donde la risa de Radrigán se dejaba sentir cuando esas improvisaciones tomaban vuelo humorístico. Entendí que el maestro me dejaba el trabajo de la transcripción con una confianza absoluta y cuando le presenté el borrador de la obra que después fue identificada como “Seis ojos en lipiria” (mi segundo escrito para dramaturgia), le dio su aprobación.
Juan Radrigán no era hombre fácil de penetrar, independiente que su simpatía lo hacía querendón con el mundanal. Él tenía que conocer el accionar de alguien antes de entregarse. No gustaba de aquéllos que sólo buscaban aprovecharse de su fama. Olfateaba a los oportunistas; tenía buen ojo. Era la lección que le habían dejado los caminos escarpados. Frente a este panorama me sentí halagado de trabajar junto a él. Al paso de los años uno se pregunta por qué tal deferencia, y creo debió ser por la puntualidad de mi llegada a esos encuentros y, además, por no haberme ausentado jamás. En Santiago, al paso de meses, tuvimos la ocasión de encontrarnos otras tres veces. Nos vimos en la Sech (2003) (Sociedad de Escritores de Chile) a raíz del lanzamiento de mi libro “Alone Again”. Juan Radrigán sabía de mi preferencia por el poeta chileno radicado en Francia, Efraín Barquero (Premio Nacional de Literatura 2008), y fue sorpresa regalarme el libro con las obras completas de éste. En otras instancias almorzamos y hablamos de diferentes temas relacionados con la dramaturgia nacional.
Para mí las lecciones de vida y los ilustres personajes que he tenido ocasión de conocer siempre han quedado como eso, como lecciones de vida. Al paso del tiempo y al paso de muchas otras situaciones los he perdido en medio de la selva. Y es precisamente en estos momentos cuando más se recuerdan las etapas pasadas, y es precisamente en estos momentos, en el momento crucial del paso de los años, cuando los hombres de letras ven sus escritos como legados infatigables. Por esta razón me estremecen las palabras finales dejadas por Juan Radrigán luego de recibir el Premio Nacional 2011, porque son palabras que salen de una pasividad agresiva, pero agresiva en el sentido de decir que todo lo que hacemos bien tendrá recompensa, aunque ésta llegue tarde y se transforme en una alegría triste: “El premio recientemente obtenido, “Premio de las Artes de la Representación” se llama, le cayó bien a mi ego y a mis arcas, eso es indiscutible. En lo que atañe a los pasos venideros lo siento un poco pesado, quizás algún tiempo atrás hubiese podido cargarlo más airosamente, ya ni los días ni los huesos son los de antes;  pero en todo caso no es nada que moleste al caminar, solo pasa que al correr de los años y al traspasar cierta edad se descubre que pesa mucho más lo que no se hizo que lo realizado, de ahí la agresividad y la irremediable melancolía de los viejos. Pero esa es otra historia. Tampoco es el caso, aunque ganas no faltan, de citar a Dios cuando dijo “Por lo que a mí respecta la creación está terminada” y se retiró a sus cuarteles de invierno dejándonos solos y perplejos, no es el caso, porque es justo que a veces nos regocijemos como si fuera posible el regocijo. Entonces , claro, no soñaba con el premio, porque soñar es la manera más triste de tener algo, eso lo aprendimos desde niños, pero cuando llegó le di una íntima, orgullosa bienvenida. Me hubiera gustado poder abrazar a Marta, Emilio y Miguel, a Justa, Luciana y Lucía, a Isabel, a Eva y al Huinca,  a Beckett, Godot  y a Victoria Torres Pantoja, me hubiera gustado, en fin, tomar el vino que no puedo en la cantina de los amores derrumbados y rezar lo que no sé junto a las asiladas del toro por las astas. Pero todos ellos, y los demás que no olvido, pero que son demasiados, andan por diferentes lugares inmersos en su épica de la insatisfacción. Que hacerle, toda victoria tiene ausencias”.
Después de la partida de Juan Radrigán, el mundo actoral ha manifestado sentirse huérfano. Yo siento una soledad muy parecida a tardes en el desierto chileno. Y este dramaturgo que nació en la pampa ardiente, sabe de este estado.



Escrito en 18 de octubre de 2016, en Valparaíso.










4 comentarios:

  1. Estimado Carlos: he leído con atención tu post y lo he compartido con gusto en la red. Quisiera, si me lo permites, hacerte una sugerencia: la letra está muy chica y dificulta su lectura. se podría remediar el pegado del texto?
    Saludos cariñosos hasta el puerto.

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  2. KAY EDITH STRANGE AURA
    Para Carlos Marchant oct 19 a las 10:32 PM

    Si, llovía, llovía en el Puerto, llovía en Santiago, porque ese día tenía que llorar el universo.

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  3. Estupenda crónica, como suelen ser las tuyas, ha sido interesante leer sobre el dramaturgo Juan Radrigán, sobre todo tu linda apreciación, descripción y narración de fragmentos de su vida, su obra, sus lecciones de vida, sus palabras, su sapiencia...
    Entusiasma esa entrega tuya, tu conocimiento profundo de personajes, más o menos ilustres, que luego conviertes en tus creaciones literarias, cautivas el interés por el personaje sobre el que escribes.. entusiasma tu inagotable amor por las letras...

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