lunes, 28 de noviembre de 2016

EL CASTRO QUE OBSERVÉ EN LA DÉCADA DEL 70



Escribe Carlos Amador Marchant


No es posible apartarse de algunas realidades ni menos entrar a falsear pasajes de la historia. Pero se hace. El hombre, en su afán de perfección, logra, a la larga, ser más imperfecto. Lo he dicho en otras ocasiones: tenemos incorporados al cerebro todos los chip negativos, aquéllos que hacen que no nos encontremos. En mi país, en Chile, existe la costumbre “enfermiza” de criticar a personajes mundiales sin diálogos de altura. Y lo peor es que dentro de todo el territorio hay un alejamiento completo del tema solidaridad con su propia gente, en un país donde se violan todos los derechos humanos desde el nacimiento del ser hasta, incluso, su muerte.
Fidel Castro, el hombre y el eje central de este escrito, el llamado Comandante, murió en la noche del 25 de noviembre de 2016, y al momento de su muerte, comenzaron a agilizarse las redes sociales con millones de seguidores y otras cifras de detractores. Sin embargo, me atrevo a decir que las tácticas del mal informar a la población mundial, unida a la ignorancia que aflora como enfermedad, logran el cometido de distorsionar la figura de ciertos grandes personajes de la historia universal.
No quiero hacerme partícipe de esas discusiones aberrantes que lo único que hacen es disminuir más al ser humano, enfrascado éste en esa “enfermedad terminal” a que lo han expuesto aquellos desalmados que juegan con la población a grado tal de manipularla como muñecos de trapo.
Esta no es una crónica que hable de la vida de Castro, más bien la intención es graficar el momento en que el revolucionario se sitúa a centímetros de mi estructura en etapa juvenil, y en un lugar pobrísimo del mundo, como lo fue el puerto de Iquique (Chile) en la década del 70.
Por aquel tiempo la figura Castro era como ver una estrella dibujada sobre el firmamento. Era el fenómeno latinoamericano, el valiente, el salvador de todo pueblo sufrido. Todos querían ser comunistas. Era como la moda. Los profesores querían ser comunistas. Los escritores también. Tal vez algunos ni siquiera tenían convicción, pero era la moda. La verdad, no se me ocurre otra descripción. Lo concreto es que se vivía un proceso de cambios profundos en todos los ámbitos. Sí, era casi como la moda. Pero OJO, ahora el debate no debe ser el mismo de siempre, es decir, lo que fue, lo que hizo, sino más bien lo que dejó como legado para la humanidad, la misma humanidad que hay que salvar ahora YA.
Por otro lado, debemos decirlo, tenía méritos de sobra para ser admirado a nivel macro. Muy joven, extremadamente joven (27) había ideado y participado en el asalto al Cuartel Moncada (1953). Y si bien este accionar fracasó con altos costos humanos, logra derrotar al dictador Fulgencio Batista, y entrar triunfante a La Habana, Cuba (1959, con un puñado de hombres), seis años después, cuando cumplía 33.
Unido a esto galopa el talante de este hombre, que es acompañado, además, por su metro noventa y uno de estatura y agilidad sorprendentes. Cuba es la pequeña isla situada al lado del gigante norteamericano. Es la hormiga que desafía al elefante del capitalismo, que lo incomoda y lo seguirá incomodando. En otras palabras, todo el mundo estuvo atento a ese espacio geográfico. Y Fidel Castro, era el hombre, era el líder.
Al año siguiente (1971) de haber asumido Salvador Allende, la presidencia de Chile, y tras restablecer relaciones diplomáticas con la isla cubana, Fidel Castro visita territorio chileno y recorre diversas ciudades de norte a sur. Al paso de muchos años siempre me pregunté sobre su gallardía para sortear la muerte en combates, en atentados por parte de un Estados Unidos que lo persiguió de por vida. En otras palabras, y usando jerga popular chilena: “eso es tener mucha cueva”.
Hubo toda una historia que siempre circuló por los diarios del mundo. Castro, frente a esas historias, era un ser admirado por las masas, y al mismo tiempo, temido.
Sin embargo, cuando ya está todo dicho, cuando, a la vez, se sigue estafando a la población mundial, pero, además, cuando ésta ya ha abierto los ojos muy abiertos, cuando los grandes capitales, es decir, los que mandan al mundo, no hacen otra cosa que repeler con mayor fuerza a los humanos (porque no les queda otra salida), Fidel Castro, muere.
Al usar la expresión “temido”, lo hago fundamentalmente porque al igual que los nazis crearon y recrearon una serie de juegos infantiles exaltando el odio a los judíos, los norteamericanos hacen lo propio contra los rusos en aquella llamada “guerra fría” que es grotesca, inhumana, por desmembrar dos palabras extremadamente “suaves”.
En mi etapa de juventud me vi invadido, como muchos, por propaganda norteamericana que llegaba envasada a las radioemisoras de entonces, poderosas comunicadoras de época. Recuerdo un radioteatro (año 1968) llamado “El capitán Silver”, cuya trama tenía que ver con una embarcación que surcaba los océanos del continente tratando de salvar a la humanidad de los asesinos, de los delincuentes, de los hampones, es decir, los rusos. Y estaban tan bien ejecutados, tan entretenidos, que uno terminaba creyendo que los buenos eran los yanquis y los malos los rusos. Pero: ¿a quién mierda interesaba este asunto de buenos y malos, este asunto de naciones en persecución constante?. Y, sin embargo, muchos ingenuos se creyeron el cuento.
En este escenario, cuando Fidel Castro pisa tierra iquiqueña, en noviembre del año 1971, muchos salieron a celebrarlo y otros muchos tiritaban de miedo, veían (por la propaganda anti castrista) masacre en las calles, veían tanques rusos atacando casas, veían a los guerrilleros cubanos con sus barbas hirsutas.
Emulando a Neruda: “Yo vivía en una casa de...” Iquique, que estaba ubicada frente a la Intendencia Regional, actual Palacio Astoreca del puerto histórico. En ese sitio estaban instalados los intendentes con sus familias sin más resguardo que un carabinero apostado en una de las esquinas, con amplios ventanales sin ninguna reja de protección (a diferencia de las casas de ahora).
Los contornos del inmenso palacio de madera estaban acordonados y la gente comenzaba a aglomerarse con banderitas chilenas y otras del partido comunista. Cerca del mediodía veo aparecer a Fidel Castro junto al Intendente Alejandro Soria. Más allá estaba la banda instrumental del ejército.
Castro era de una estatura impresionante, y corpulento. Vestía uniforme verde con botas negras. Alcanzo a tocarle el brazo. Me mira. Al momento de iniciar la marcha para hacer revisión de tropas, observo que el Intendente no se decide a dar el primer paso y es el representante cubano quien toma la iniciativa con agilidad.
En medio del griterío veo a ambos ingresar a la intendencia. Cuando retorno al edificio colectivo lynch, observo que en sus pisos hay hombres de civil con metrallas. Es decir, allí se había focalizado la vigilancia minuciosa, la misma que se extendió hasta altas horas de la noche. En su estada en el puerto, al margen de grandes discursos en plazas céntricas, nunca se supo su verdadero itinenario.
Años antes, el puerto histórico, el mismo sitio de la masacre de miles de obreros salitreros a comienzos del siglo veinte, había visto pasar camiones (1967) con guerrilleros bajando de la sierra boliviana, tras la muerte del Che Guevara. He de recordar aquellos camiones, como grandes vehículos impregnados de tierra y sal del desierto.
A mis quince años de entonces quise observar la historia como lo he hecho hasta estos días, a revisarla con cautela, a ver de cerca la verdad y la tergiversación. El personaje que fue y es Fidel Castro, tiene altura de apostolado aunque nunca quiso sentirse como tal. Frente a tanta historia adversa, muchas de ellas inventadas, no son muchos los hombres que llegan a esta vida a entregar ideas para compartirlas con la humanidad. Y, al mismo tiempo, como hombre, ninguno de nosotros está ajeno a errores. No somos perfectos.
Me sigue resultando sorprendente la vida extensa de Castro. Murió a los 90 años y tal vez pudo haber muerto a escasos minutos después del triunfo de la revolución. O tal vez en sus idas y venidas por distintos países del orbe. Y si bien es cierto luego de retirarse de la vida pública, y mientras el mundo siguió atento a su existencia, era momento de partir como bien lo dijo en más de alguna ocasión: “A todos nos llega la hora”.
Y comienza la hora del minucioso estudio sobre lo que entregó al mundo. Y ésta será recién ahora, ejecutada, por cierto, por aquéllos que estén al servicio de la preservación del planeta y la existencia humana. Porque según Castro: “Hablo en nombre de los niños que en el mundo no tienen un pedazo de pan, hablo en nombre de los enfermos que no tienen medicina, hablo en nombre de aquéllos a los que se le ha negado el derecho a la vida y la dignidad humana. Unos países poseen, en fin, abundantes recursos; otros no poseen nada: ¿cuál es el destino de éstos?, morirse de hambre, ser eternamente pobres. ¿Para qué sirve, entonces, la civilización?. ¿Para qué sirve la conciencia del hombre?. ¿Para qué sirven las Naciones Unidas?. ¿Para qué sirve el mundo?. No se puede hablar de paz en nombre de decenas de millones de seres humanos que mueren cada año de hambre o enfermedades curables en todo el mundo. No se puede hablar de paz en nombre de 900 millones de analfabetos. La explotación de los países pobres por los países ricos debe cesar….basta ya de palabras; hacen falta hechos..” (extracto discurso en la ONU en 1979).
Me atrevo a decir que Fidel Castro vino al mundo no sólo con el afán de salvar a una isla, sino a entregar un mensaje más global. Hay partidos políticos que ansían adueñarse de la figura Castro, y la verdad es que él es más que eso, fue y es la razón latinoamericana de hermanar pueblos, de eliminar fronteras, de encontrarse con la real esencia de la existencia humana. Pero en la tierra, como se ha escrito y reescrito a lo largo de siglos, no todos escuchan.


Escrito en 28 de noviembre de 2016-Valparaíso

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