miércoles, 4 de febrero de 2026

LA NULA VISIÓN DEL DESIERTO

 



Escribe Carlos Amador Marchant

De mucho tiempo, tal vez antes de nacer, siempre estuve ligado al desierto. Era un amor silencioso que llevé muy escondido con timidez y mirada lejana.

Me reconocían con el nombre “desierto”, por mis silencios constantes, por las observaciones muy parecidas a piedras escondidas entre eternidad.

Son tantos los sitios por donde se puede caminar. Pero hay una particularidad: el desierto no entrega perennidad material, sino a la inversa. Todo desaparece, se evapora, y al final queda única y exclusivamente la piedra, el montículo, porque el sol se encarga de “silenciar” la existencia.

En consecuencia, el silencio es lo que más representa a esta geografía, un silencio que daña, que ruge para adentro, que nos hace pensar, incluso, que esto es lo único que hay en lo que llamamos vida.

Caleta Buena es todo o casi todo lo recién expuesto, solo que aún no sé por qué se le bautizó con el nombre de “buena”. Buena para poder darle tránsito al salitre en forma más expedita, para evitar la lentitud de carretas con mulas. Es posible. Antes se le conoció, de acuerdo con ciertas informaciones, como Caleta Rabo de Ballena. En la época, por esas costas, se veían muchos cetáceos, expresión acuñada nada menos que por Aristóteles (384-322 a.de C.).

Pero, ¿qué es Caleta Buena?. La tenemos en la mira, la veo con los prismáticos desde lejanías de piedras y oleajes. Si nos situamos en el presente hay que decir que se trata de algunas paredes y pilares en ruinas, abandonados.

El pasado de ella es lo que me ha interesado sobremanera. La Cordillera de la Costa en la Región de Tarapacá, Chile, tiene una altura cercana a los mil metros y el mar casi lame la montaña por el escaso terreno plano. Es aquí, precisamente, donde entra el grado de interés por este poblado, ya que fue construido a ras de montaña y a ras de mar. ¿Qué se podía esperar después de lo expuesto? Nada eterno, por cierto.

Me impacta lo que se habla de este sitio ahora casi inexistente. Todos se fueron un día, pero dejaron otra ciudad levantada: el cementerio. Las montañas recuperaron su territorio. El mar hizo lo propio.

Caleta Buena se transformó en una nebulosa. Donde caminaban hombres, no deambulan ni las sombras. ¿Dónde están?

Lo que me sucedió en Valparaíso, por allá, en 1995, tiene calidad de anecdotario sin patas ni colas. Mi desorientación e incluso la lejanía del desierto como sitio de origen, me llevó a seguir las huellas de un cementerio de disidentes. Quise dialogar allí con un difunto frente a su lápida sin conocerlo. Su data de muerte informaba 1898.

Quería dejar de estar solo. Deseaba que alguien me diera una señal de comunicación. Estuve en ese intento largos meses, me atrevo a decir que fueron cuatro. Todos los días, días por medio, iba y me encuclillaba frente a la lápida. Dialogaba con ella, frente a su nombre, me lo imaginaba alto, pequeño, de pelo largo, de pelo corto, con un corte de caballero, etc .

Nunca recibí una seña de aliento, una palabra difusa que entrara en ese cerebro solitario de época. Entonces un día desistí y caminé con miles de pensamientos, donde no quedó ausente mi duda respecto a si existía la otra dimensión o si solo era una patraña inventada por los propios hombres.

Con los cementerios de Caleta Buena me ocurre lo mismo. Esos seres enterrados, olvidados, calcinados, ¿observarán en silencio aquel entorno que ahora es peladero y abandono? La calle a orilla de océano y a ras de montaña, donde por más de cuarenta años se tejieron amores y donde el sudor y sangre de los obreros soportaron inclemencia del tiempo, sequedad y espanto, ¿llorarán de noche en medio de la soledad?

Aunque el difunto del cementerio de disidentes no haya dicho ni pío, sigo creyendo que los novecientos habitantes que poblaron aquel recinto costero caminan aún en las noches por donde hubo tanta vida.

El sitio portuario ubicado en el norte de Chile, y que comenzó su labor a fines del siglo 19, ya por el comienzo del 20 tenía copado de almacenes y cuentan que logró albergar panaderías, boticas, una escuela, posta de atención médica, bomberos, zapaterías, sastrería, relojería y hasta una parroquia con cura y todo.

James Thomas Humberstone, quien había nacido en Dover, Inglaterra el año 1850, llegó a Chile en 1875 portando el título de ingeniero químico. Quería trabajar con ímpetu y junto a cierta audacia logró controlar gran parte de la explotación del salitre. Se le reconoce gestor de los primeros funiculares (1881) que bajaron el producto blanco desde la alta montaña hacia el mar. Acción bastante peligrosa en sus inicios y que costó la vida a muchas personas cuando descarrilaban y caían sobre la pequeña ciudad. ¿Cómo lo hicieron? ¿quiénes osaron poner esos rieles entre la nada y el sol candente?

Podríamos hacer miles de preguntas. Aunque frente a la inexistente Caleta Buena, es mejor imaginar y, en ese escenario, me considero casi avezado.

 Lo que vemos en la actualidad es lo que produjo el destino. Caleta Buena recibe un primer incendio en 1897 y pronto, en 1929, el segundo que quemó al pueblo entero. Si bien fue reconstruido con la tozudez de la época, es en 1936 cuando comienzan a abandonarlo debido al cierre de faenas de la oficina Agua Santa, principal motor de las actividades de exportación. Caleta Buena Alta, que era la que se encontraba en la cúspide de la gran montaña y que, anexaba con la Baja, es pisoteada con brusquedad en 1940 debido a un gran aluvión. El desierto había sentenciado con su brazo implacable. Fuertes lluvias cordilleranas hicieron explotar ríos que desembocaron precisamente en ese trayecto. Caleta Buena Baja, muere aplastada por el barro y, en ese pequeño espacio entre el mar y la pared montañosa, no queda más que el silencio y un cementerio que se mantiene hasta la fecha. Cinco años más tarde el capítulo se cierra en forma completa desconectando todos los rieles entre ambos poblados.

Si bien el salitre hizo circular mucho dinero, capaz de levantar bastantes edificaciones en madera y cemento en ciudades de Chile, algunos de estos personajes optaron por dejar sus huesos en pleno desierto. Es el caso de James Thomas Humberstone (1939), quien junto a otros importantes empresarios yacen en el cementerio inglés de Tiliviche, a 125 kilómetros de Iquique. El silencio y la sequedad de la zona les abrió un espacio en el tiempo. Se trata de un lugar muy triste, y quienes deambulan por ahí no pueden imaginar el bullicio que hubo en pleno siglo XIX, entre huelgas, sufrimiento y una explotación sin límites.

4 de febrero de 2026.-

WIKIPEDIA

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"El mundo que hicimos, el mundo que queda por hacer, no tienen el mismo valor o significado. Se hilvanan distintos ojos. Pero la vida es una sola, conocida o no, y la acción de amarnos con chip reales, tendrá que ser prioridad de los nuevos tiempos."

Carlos Amador Marchant.-

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El antiguo muelle de Iquique-Chile.

El antiguo muelle de Iquique-Chile.
Aunque radico en Valparaíso desde 1995, siempre recuerdo este muelle de Iquique, el muelle de mi niñez.

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