Escribe Carlos Amador Marchant
De mucho tiempo, tal vez antes de nacer,
siempre estuve ligado al desierto. Era un amor silencioso que llevé muy
escondido con timidez y mirada lejana.
Me reconocían con el nombre “desierto”,
por mis silencios constantes, por las observaciones muy parecidas a piedras escondidas
entre eternidad.
Son tantos los sitios por donde se puede
caminar. Pero hay una particularidad: el desierto no entrega perennidad
material, sino a la inversa. Todo desaparece, se evapora, y al final queda
única y exclusivamente la piedra, el montículo, porque el sol se encarga de
“silenciar” la existencia.
En consecuencia, el silencio es lo que
más representa a esta geografía, un silencio que daña, que ruge para adentro,
que nos hace pensar, incluso, que esto es lo único que hay en lo que llamamos
vida.
Caleta Buena es todo o casi todo lo
recién expuesto, solo que aún no sé por qué se le bautizó con el nombre de
“buena”. Buena para poder darle tránsito al salitre en forma más expedita, para
evitar la lentitud de carretas con mulas. Es posible. Antes se le conoció, de
acuerdo con ciertas informaciones, como Caleta Rabo de Ballena. En la
época, por esas costas, se veían muchos cetáceos, expresión acuñada nada menos
que por Aristóteles (384-322 a.de C.).
Pero, ¿qué es Caleta Buena?. La tenemos en la mira, la veo con
los prismáticos desde lejanías de piedras y oleajes. Si nos situamos en el
presente hay que decir que se trata de algunas paredes y pilares en ruinas,
abandonados.
El pasado de ella es lo que me ha interesado sobremanera. La
Cordillera de la Costa en la Región de Tarapacá, Chile, tiene una altura
cercana a los mil metros y el mar casi lame la montaña por el escaso terreno
plano. Es aquí, precisamente, donde entra el grado de interés por este poblado,
ya que fue construido a ras de montaña y a ras de mar. ¿Qué se podía esperar
después de lo expuesto? Nada eterno, por cierto.
Me impacta lo que se habla de este sitio ahora casi inexistente.
Todos se fueron un día, pero dejaron otra ciudad levantada: el cementerio. Las
montañas recuperaron su territorio. El mar hizo lo propio.
Caleta Buena se transformó en una nebulosa. Donde caminaban
hombres, no deambulan ni las sombras. ¿Dónde están?
Lo que me sucedió en Valparaíso, por
allá, en 1995, tiene calidad de anecdotario sin patas ni colas. Mi
desorientación e incluso la lejanía del desierto como sitio de origen, me llevó
a seguir las huellas de un cementerio de disidentes. Quise dialogar allí con un
difunto frente a su lápida sin conocerlo. Su data de muerte informaba 1898.
Quería dejar de estar solo. Deseaba que
alguien me diera una señal de comunicación. Estuve en ese intento largos meses,
me atrevo a decir que fueron cuatro. Todos los días, días por medio, iba y me
encuclillaba frente a la lápida. Dialogaba con ella, frente a su nombre, me lo
imaginaba alto, pequeño, de pelo largo, de pelo corto, con un corte de
caballero, etc .
Nunca recibí una seña de aliento, una
palabra difusa que entrara en ese cerebro solitario de época. Entonces un día
desistí y caminé con miles de pensamientos, donde no quedó ausente mi duda
respecto a si existía la otra dimensión o si solo era una patraña inventada por
los propios hombres.
Con los cementerios de Caleta Buena me
ocurre lo mismo. Esos seres enterrados, olvidados, calcinados, ¿observarán en
silencio aquel entorno que ahora es peladero y abandono? La calle a orilla de
océano y a ras de montaña, donde por más de cuarenta años se tejieron amores y
donde el sudor y sangre de los obreros soportaron inclemencia del tiempo,
sequedad y espanto, ¿llorarán de noche en medio de la soledad?
Aunque el difunto del cementerio de
disidentes no haya dicho ni pío, sigo creyendo que los novecientos habitantes
que poblaron aquel recinto costero caminan aún en las noches por donde hubo
tanta vida.
El sitio portuario ubicado en el norte
de Chile, y que comenzó su labor a fines del siglo 19, ya por el comienzo del
20 tenía copado de almacenes y cuentan que logró albergar panaderías, boticas,
una escuela, posta de atención médica, bomberos, zapaterías, sastrería,
relojería y hasta una parroquia con cura y todo.
James Thomas Humberstone, quien había
nacido en Dover, Inglaterra el año 1850, llegó a Chile en 1875 portando el
título de ingeniero químico. Quería trabajar con ímpetu y junto a cierta
audacia logró controlar gran parte de la explotación del salitre. Se le
reconoce gestor de los primeros funiculares (1881) que bajaron el producto blanco
desde la alta montaña hacia el mar. Acción bastante peligrosa en sus inicios y que
costó la vida a muchas personas cuando descarrilaban y caían sobre la pequeña
ciudad. ¿Cómo lo hicieron? ¿quiénes osaron poner esos rieles entre la nada y el
sol candente?
Podríamos hacer miles de preguntas. Aunque
frente a la inexistente Caleta Buena, es mejor imaginar y, en ese escenario, me
considero casi avezado.
Lo
que vemos en la actualidad es lo que produjo el destino. Caleta Buena recibe un
primer incendio en 1897 y pronto, en 1929, el segundo que quemó al pueblo
entero. Si bien fue reconstruido con la tozudez de la época, es en 1936 cuando
comienzan a abandonarlo debido al cierre de faenas de la oficina Agua Santa,
principal motor de las actividades de exportación. Caleta Buena Alta, que era
la que se encontraba en la cúspide de la gran montaña y que, anexaba con la
Baja, es pisoteada con brusquedad en 1940 debido a un gran aluvión. El desierto
había sentenciado con su brazo implacable. Fuertes lluvias cordilleranas
hicieron explotar ríos que desembocaron precisamente en ese trayecto. Caleta
Buena Baja, muere aplastada por el barro y, en ese pequeño espacio entre el mar
y la pared montañosa, no queda más que el silencio y un cementerio que se
mantiene hasta la fecha. Cinco años más tarde el capítulo se cierra en forma
completa desconectando todos los rieles entre ambos poblados.
Si bien el salitre hizo circular mucho
dinero, capaz de levantar bastantes edificaciones en madera y cemento en ciudades
de Chile, algunos de estos personajes optaron por dejar sus huesos en pleno
desierto. Es el caso de James Thomas Humberstone (1939), quien junto a otros
importantes empresarios yacen en el cementerio inglés de Tiliviche, a 125
kilómetros de Iquique. El silencio y la sequedad de la zona les abrió un
espacio en el tiempo. Se trata de un lugar muy triste, y quienes deambulan por
ahí no pueden imaginar el bullicio que hubo en pleno siglo XIX, entre huelgas,
sufrimiento y una explotación sin límites.
4 de febrero de 2026.-
